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La Madre que Fue Enterrada Viva con su Hija por Amar a Cristo

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 30 jun
  • 4 Min. de lectura
Fueron enterradas vivas. No gritaron, no huyeron, no renegaron de su fe. Santa Magdalena y su hija María murieron abrazadas, sellando con tierra y lágrimas un testimonio que desafía al tiempo y al terror. La fe las hizo invencibles.
Santas chinas
Madre e hija, abrazadas bajo tierra. Santa Magdalena Du Fengju y su hija María Du Tianshi fueron enterradas vivas por no renunciar a Cristo en la China imperial. Su fe, más fuerte que el miedo, iluminó la oscuridad del martirio.

En la vasta tierra de China, donde los emperadores eran tratados como dioses y la cruz era vista como traición, florecieron cristianos cuyo único delito fue amar a Cristo con todo el corazón. Y entre todos ellos, dos mujeres humildes –una madre y su hija adolescente– sellaron su fe de la manera más brutal… y más gloriosa.


Magdalena Du Fengju era una campesina viuda. Había perdido a su esposo joven, y con su hija María Du Tianshi formaban una familia pobre, silenciosa, pero profundamente cristiana. No buscaban nada del mundo: solo vivir la fe católica que habían heredado de sus padres, en una China donde eso equivalía a firmar su sentencia de muerte.


Vivían en la diócesis de Zhengding, Hebei, al norte de China. Allí, el catolicismo se había extendido con fuerza gracias a los misioneros europeos. Pero también allí se gestaba una de las persecuciones más despiadadas contra los fieles, en medio de la brutal represión de la rebelión Boxer a finales del siglo XIX y principios del XX.







LA DENUNCIA: UNA FE PROHIBIDA

Fue un vecino quien las delató. Dijo que rezaban. Que tenían una imagen de la Virgen María. Que no rendían culto a los ancestros según la tradición. Eso bastó.


La orden fue clara: renuncien a Cristo o mueran. Las dos fueron arrestadas y llevadas ante los jueces del pueblo. Les ofrecieron vivir… pero al precio de negar a Jesús.

—¡Sólo deben escupir una cruz y arrodillarse ante el retrato del Emperador! — gritaron los soldados.


Pero Magdalena apretó con fuerza la mano de su hija. No dijo una palabra. Sólo miró al cielo.

Entonces vino la sentencia más macabra jamás dictada.

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EL INFIERNO DE LA TIERRA

El 28 de junio de 1900, las autoridades locales cavaron una fosa. A plena luz del día, con testigos del pueblo mirando, arrojaron a Magdalena y a su hija dentro. No hubo juicio. No hubo látigos ni hoguera. Solo tierra. Mucha tierra.


Mientras paladas y paladas caían sobre sus cuerpos, una oración se elevaba. Magdalena abrazó a María. Ambas cerraron los ojos. Y allí, en medio de ese infierno terrenal, experimentaron el cielo.


Fueron enterradas vivas por no negar a Cristo. Madre e hija. Unidas en la vida, unidas en la muerte… y unidas en la gloria.


Santas chinas
No gritaron. No huyeron. Solo se abrazaron. Y en medio del polvo y la muerte, eligieron el Cielo.
LA VOZ QUE NO PUDO SER SILENCIADA

Lo que pretendía ser un escarmiento se convirtió en un testimonio que sacudió a la Iglesia universal. La noticia corrió como un incendio por las diócesis subterráneas de China. Los misioneros escondidos comenzaron a hablar en voz baja de “las dos santas”. Y la devoción popular las canonizó mucho antes que Roma.


Pero la Iglesia no olvidó. El 1 de octubre del año 2000, san Juan Pablo II canonizó a Magdalena Du Fengju y María Du Tianshi junto a otros 118 mártires chinos. No por una cuestión política, sino porque su martirio fue el sello de una fe que ni el terror ni la muerte lograron extinguir.

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EL MARTIRIO DE LA TERNURA

Es difícil imaginar un martirio sin espadas. Pero es aún más difícil imaginar a una madre abrazando a su hija en una tumba abierta mientras la tierra las asfixia. Es el martirio de la ternura. El de la entrega absoluta. El que no se grita, sino que se vive con una fortaleza sobrenatural.


En una época donde se confunde libertad con capricho, y fe con superstición, el testimonio de Magdalena y María resuena como una campana en medio del silencio: ser cristiano puede costarte todo… pero también puede darte la vida eterna.


Santas chinas
En el instante más oscuro, la luz descendió. No fue el fin. Fue el comienzo de su eternidad.
MENSAJE PROFÉTICO PARA NUESTROS DÍAS

Muchos creen que los mártires son figuras del pasado. Pero en China, Nigeria, Corea del Norte, y tantos otros lugares del mundo, ser cristiano aún significa caminar con una cruz a cuestas.


La historia de Magdalena y su hija no es solo un relato conmovedor. Es un grito. Un desafío. ¿Qué estaríamos dispuestos a perder por Cristo? ¿Seríamos capaces de amar a Dios más que a nuestra propia vida?


La Iglesia celebra a estos mártires no como víctimas, sino como héroes de la fe. No murieron por fanatismo. Murieron por fidelidad. Murieron libres. Y su historia no se entierra: resucita.

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PEREGRINACIÓN A LA TIERRA DEL SILENCIO

Hoy, muchas comunidades católicas chinas celebran en secreto a las santas Magdalena y María. No hay grandes catedrales dedicadas a ellas, ni vitrales famosos. Pero hay corazones que las invocan. Hay niños que crecen oyendo su historia. Hay familias enteras que se consagran con su ejemplo.


Cada 28 de junio, se encienden velas. Se rezan rosarios en voz baja. Y, desde Roma hasta Pekín, su nombre comienza a grabarse en los altares de quienes entienden que la verdadera fe no muere bajo tierra… porque siempre resucita.


Santas chinas
Cuando el mundo las obligaba a callar, ellas hablaban con Dios. Sus oraciones aún arden en la memoria del cristianismo.
UN FINAL QUE ES SOLO EL PRINCIPIO

Santa Magdalena Du Fengju. Santa María Du Tianshi. Dos mujeres sin armas, sin escudos, sin ejércitos. Solo una fe. Solo un amor. Solo una decisión que cambió su historia… y la nuestra.


Enterradas vivas, sí. Pero no vencidas. Porque ni la tierra pudo silenciar lo que Dios había sellado en sus almas. Hoy, desde el cielo, nos miran y nos invitan. A creer con coraje. A amar con locura. A morir, si hace falta, abrazados al Evangelio.


Porque el infierno podrá cavar muchas fosas… pero el cielo siempre tendrá la última palabra.



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