Vivía entre placeres, dinero y mujeres… hasta que una frase lo destruyó por dentro
- Canal Vida

- hace 23 horas
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Fue militar, aristócrata y vivió entre placeres y excesos. Perdió la fe y lo tenía todo… hasta que una frase lo atravesó por dentro y lo obligó a elegir. La historia real de Charles de Foucauld incomoda y conmueve.

Charles de Foucauld (1858-1916) nació en una familia aristocrática francesa. Huérfano desde niño, heredó una fortuna considerable y recibió una educación privilegiada. Inteligente, brillante y rebelde, ingresó en la academia militar de Saint-Cyr.
Pero su vida pronto se volvió un escándalo.
Abandonó la práctica religiosa en la adolescencia. En sus propias memorias reconocería que dejó de creer en Dios. Vivía entre fiestas, gastos desmedidos y relaciones sentimentales que escandalizaban a su entorno. Fue expulsado de la escuela militar por indisciplina y conducta inmoral. Más tarde, mientras era oficial, convivió públicamente con una mujer fuera del matrimonio.
Tenía dinero. Tenía posición social. Tenía libertad absoluta.
Pero estaba vacío.
EL VIAJE QUE EMPEZÓ A ROMPERLO
En 1883 emprendió una peligrosa expedición científica por Marruecos. Allí ocurrió algo inesperado.
No fue un milagro. No fue una aparición. Fue el testimonio de fe de los musulmanes.
Foucauld quedó impactado por hombres que organizaban su día alrededor de la oración. No compartía su religión, pero la presencia constante de Dios en la vida cotidiana de aquel pueblo sembró una inquietud.
Años después escribiría que ese contacto lo hizo preguntarse por primera vez si Dios realmente existía.

“DIOS MÍO, SI EXISTES…”
De regreso a Francia comenzó a repetir una oración sencilla: “Dios mío, si existes, haz que te conozca”.
No era fe todavía. Era búsqueda.
El momento decisivo llegó en 1886, cuando acudió a la iglesia de Saint-Augustin, en París, y se encontró con el sacerdote Henri Huvelin.
Foucauld buscaba respuestas intelectuales. El presbítero le pidió algo mucho más radical: que se confesara. Charles obedeció. Y en ese acto interior se quebró todo su mundo.
Más tarde escribiría una frase que resume su conversión: “Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir solo para Él”.
Esa certeza lo destruyó por dentro. No emocionalmente. Existencialmente.
DEL LUJO A LA POBREZA ABSOLUTA
Vendió su fortuna. Renunció a su carrera militar. Ingresó en la Trapa como monje trapense. Pero incluso esa vida le parecía todavía cómoda.
Buscaba algo más radical: se instaló en Tierra Santa como humilde trabajador y luego se trasladó al Sahara argelino, donde decidió vivir entre los tuareg como “hermano universal”.
No llegó como conquistador espiritual. Llegó como servidor. Aprendió su lengua. Tradujo textos. Practicó una hospitalidad extrema. Pasaba horas en adoración eucarística.
No fundó congregaciones en vida. No vio conversiones masivas. No tuvo “éxito” visible.
Vivió en silencio.

UNA MUERTE APARENTE SIN FRUTO
En 1916, en medio de tensiones tribales durante la Primera Guerra Mundial, fue asesinado frente a su pequeña ermita en Tamanrasset.
Murió solo.
Parecía una vida desperdiciada. Pero su espiritualidad comenzó a dar fruto después de su muerte. Inspiró a múltiples comunidades religiosas, como los Hermanitos y Hermanitas de Jesús.
Fue beatificado en 2005 y canonizado en 2022.
LA FRASE QUE LO CAMBIÓ TODO
A 110 años de la partida a la Casa del Padre de Charles de Foucauld, observamos que su conversión no fue un cambio moral superficial. Fue una lógica devastadora: Si Dios existe, no puedo vivir como si no existiera.
Esa frase fue más fuerte que el dinero. Más fuerte que el placer. Más fuerte que el orgullo.
Y sigue siendo incómoda hoy.
Porque no habla de perfección. Habla de coherencia. Y la coherencia —cuando se toma en serio— puede cambiarlo todo.
Vivía entre placeres, dinero y mujeres… hasta que una frase lo destruyó por dentro
Vivía entre placeres, dinero y mujeres… hasta que una frase lo destruyó por dentro









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