El SANTO QUE HABLABA CON LAS ALMAS DEL PURGATORIO, Y NADIE SE ATREVÍA A QUEDARSE SOLO CON ÉL
- Canal Vida
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Golpes en la noche, incendios sin causa y confesiones que cambiaban destinos eternos. San Juan María Vianney enfrentó un combate invisible que quedó documentado en el siglo XIX. Lo que ocurría en Ars no era leyenda… y todavía inquieta.

Ars, Francia. Siglo XIX. La pequeña aldea dormía en silencio, pero en la casa parroquial ocurrían cosas que muchos preferían no presenciar.
San Juan María Vianney, conocido como el Cura de Ars, no era un sacerdote común. Miles viajaban kilómetros para confesarse con él. Pasaba hasta 16 horas diarias en el confesionario. Pero lo que más impresionaba a los testigos no era solo su capacidad para leer conciencias.

Era lo que sucedía por las noches. Numerosos testimonios recogidos durante su proceso de canonización describen fenómenos inexplicables en su habitación: golpes violentos en las paredes, sacudidas en la cama, ruidos como muebles arrastrándose, e incluso incendios misteriosos que no dejaban rastro.
El propio santo hablaba de “le Grappin”, nombre con el que se refería al demonio. Sin embargo, había otro fenómeno que generaba aún más temor entre quienes convivían con él.
En varias ocasiones, el Cura de Ars relató conversaciones con almas del purgatorio. No lo hacía con espectacularidad ni para impresionar. Lo mencionaba con naturalidad pastoral.
Según consta en testimonios de fieles y en biografías autorizadas, Vianney afirmaba recibir visitas espirituales de almas que pedían oraciones, misas y penitencias.
Algunos penitentes acudían a él preguntando por familiares fallecidos. Y en más de una ocasión, el santo describió detalles que nadie le había contado: pecados ocultos, actos de caridad ignorados, o la necesidad urgente de sufragios.
Uno de los casos más conocidos es el de una mujer que consultó por su esposo fallecido. El Cura de Ars le respondió que el alma estaba en el purgatorio, pero que había sido salvada gracias a un acto de caridad realizado en secreto poco antes de morir. La mujer quedó paralizada: ese gesto era desconocido públicamente.

Estos relatos no nacen de rumores modernos. Están documentados en investigaciones eclesiásticas del siglo XIX.
Pero lo que más impresionaba a los testigos era el ambiente. Quienes dormían en la casa parroquial relataron que nadie quería quedarse solo cerca de su habitación. Los ruidos nocturnos eran frecuentes. El mismo santo decía que cuando las manifestaciones eran más intensas, era señal de que una gran conversión estaba por suceder al día siguiente.
Y, efectivamente, muchas veces después de noches agitadas llegaban penitentes endurecidos que terminaban llorando en el confesionario. Vianney no buscaba lo sobrenatural. Lo soportaba.
Nunca promovió curiosidad morbosa por el purgatorio. Más bien insistía en algo mucho más concreto: rezar por los difuntos, ofrecer misas y vivir en gracia.
Para él, el purgatorio no era un espectáculo. Era una realidad de purificación. En sus sermones advertía sobre la necesidad de no jugar con el pecado. Pero también repetía una verdad que estremecía tanto como consolaba: “Nada es tan hermoso como una alma pura”.
El misterio no estaba en los ruidos. El misterio estaba en la misericordia.
El Cura de Ars enseñaba que muchas almas se salvaban en el último instante, pero necesitaban purificación. Y que las oraciones de los vivos podían ayudarlas.
Su vida estuvo marcada por fenómenos místicos reconocidos por la Iglesia, pero su santidad no se apoya en lo extraordinario, sino en la fidelidad heroica, la penitencia y la caridad pastoral.
Murió en 1859. Más de un millón de personas visitan Ars cada año. Y aunque hoy la casa parroquial es lugar de peregrinación tranquila, los relatos de aquellas noches siguen formando parte de su historia documentada.
No como leyenda. Sino como testimonio de una espiritualidad que tomaba en serio el combate invisible.
San Juan María Vianney no hablaba del purgatorio para asustar. Hablaba para despertar.
Porque, como repetía en el confesionario, el drama no es que existan almas que necesiten purificación.
El verdadero drama sería vivir como si el alma no importara. Y esa es la parte que todavía incomoda.
El SANTO QUE HABLABA CON LAS ALMAS DEL PURGATORIO, Y NADIE SE ATREVÍA A QUEDARSE SOLO CON ÉL
El SANTO QUE HABLABA CON LAS ALMAS DEL PURGATORIO, Y NADIE SE ATREVÍA A QUEDARSE SOLO CON ÉL





