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EL VERDADERO SAN VALENTÍN NO REGALABA FLORES… REGALABA VIDA

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 4 horas
  • 4 Min. de lectura
El 14 de febrero no nació entre flores ni cenas románticas. Nació en la persecución, en el amor clandestino y en la sangre de un mártir que desafió al Imperio. La historia real de san Valentín cambia todo lo que creemos celebrar.
En la penumbra de las catacumbas, el amor era un acto de rebeldía y fe. Mientras el Imperio perseguía, san Valentín unía en secreto a quienes querían jurarse fidelidad ante Dios, aun sabiendo que ese gesto lo conduciría al martirio.
En la penumbra de las catacumbas, el amor era un acto de rebeldía y fe. Mientras el Imperio perseguía, san Valentín unía en secreto a quienes querían jurarse fidelidad ante Dios, aun sabiendo que ese gesto lo conduciría al martirio.

Cada 14 de febrero el mundo se tiñe de rojo. Corazones de plástico, chocolates, cenas románticas, promesas que a veces duran menos que el postre. Pero detrás de esa fecha convertida en negocio hay una historia que incomoda, que sangra y que no tiene nada de superficial.


El verdadero san Valentín no repartía rosas. Repartía sacramentos. Y por eso lo mataron.









AMOR PROHIBIDO BAJO EL IMPERIO

Estamos en el siglo III. Roma arde entre guerras y persecuciones. El emperador Claudio II, apodado “el Gótico”, necesitaba soldados fuertes y disponibles. Según una tradición muy difundida desde la antigüedad cristiana, creía que los hombres solteros combatían mejor que los casados. ¿La solución? Prohibir el matrimonio para los jóvenes.


En ese contexto aparece un sacerdote —o, según otras fuentes, un obispo— llamado Valentín. No aceptó que el amor fuera criminalizado. No aceptó que el Estado decidiera quién podía entregarse para siempre a otra persona.


Y comenzó a casar en secreto a los soldados cristianos. En casas escondidas. En catacumbas. En la noche. Con testigos silenciosos y miedo constante. No era romanticismo de novela. Era fidelidad bajo amenaza de muerte.


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CASAR ERA UN ACTO DE REBELIÓN

Para los primeros cristianos, el matrimonio no era un trámite social: era un signo del amor de Cristo por su Iglesia. Un vínculo sagrado, indisoluble. Casar a una pareja era proclamar que el amor verdadero no depende del permiso del poder.


Valentín lo sabía. Y lo pagó caro.


Fue descubierto, arrestado y llevado ante las autoridades romanas. Allí no se le pidió que dejara de regalar flores. Se le pidió que renunciara a Cristo. No lo hizo.


Las actas más antiguas y las tradiciones posteriores coinciden en que fue martirizado el 14 de febrero, probablemente alrededor del año 269 o 270. Algunas versiones hablan de flagelación; otras, de decapitación. Lo cierto es que murió por defender la fe… y por defender el matrimonio.









LA SANGRE QUE SELLÓ EL AMOR

Mientras hoy se intercambian tarjetas con corazones, el verdadero origen de la fecha está marcado por la sangre de un sacerdote que creyó que amar valía más que obedecer una ley injusta.


No fue un héroe romántico de comedia. Fue un mártir.


La Iglesia, que siempre custodia la memoria de quienes entregaron la vida por el Evangelio, promovió su culto desde muy temprano. En Roma se levantó una basílica en su honor. Durante siglos, el 14 de febrero fue recordado como la memoria de un testigo radical del amor cristiano.


Con el paso del tiempo, la figura del santo se entrelazó con tradiciones populares vinculadas al amor y a la fertilidad. La cultura moderna terminó reduciendo la fecha a un festival comercial. Pero debajo de la capa de marketing sigue latiendo la historia de un hombre que no aceptó que el amor fuera negociable.


Pedro Kriskovich

¿QUÉ CELEBRAMOS REALMENTE EL 14 DE FEBRERO?

La pregunta es incómoda.


¿Celebramos un sentimiento pasajero o un compromiso hasta la muerte? ¿Celebramos la emoción del momento o la decisión de permanecer? ¿Celebramos flores… o fidelidad?


San Valentín no defendió el “amor libre” entendido como capricho. Defendió el amor libre en el sentido más profundo: libre para entregarse, libre para comprometerse, libre incluso para morir antes que traicionarse.


En un tiempo donde el matrimonio es descartable y las promesas se rompen con la misma facilidad con que se escriben, la figura de este mártir se vuelve sorprendentemente actual. Su gesto clandestino era un acto profético: recordar que el amor auténtico no es comodidad, sino alianza.



EL AMOR QUE VALE UNA VIDA

No hay documentos exhaustivos sobre cada detalle de su vida —como sucede con muchos mártires de los primeros siglos—, pero la tradición constante que la Iglesia transmitió es clara: Valentín fue ejecutado por su fidelidad a Cristo y por su defensa del matrimonio cristiano.


Y eso basta para comprender la fuerza de su legado.


Este 14 de febrero, mientras las vitrinas se llenan de ofertas, quizás convenga volver a esa imagen incómoda: un sacerdote celebrando en secreto un sacramento prohibido, sabiendo que cada “sí” pronunciado por una pareja podía acercarlo a su propia sentencia.


Ese es el verdadero San Valentín.


No vendía ilusiones. No decoraba escaparates. No buscaba likes.


Regalaba vida. Regalaba compromiso .Regalaba eternidad. Y por eso, lo mataron.

EL VERDADERO SAN VALENTÍN NO REGALABA FLORES… REGALABA VIDA

EL VERDADERO SAN VALENTÍN NO REGALABA FLORES… REGALABA VIDA

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