RENUNCIAR A LAS PALABRAS QUE MATAN
- Canal Vida

- hace 17 horas
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En su mensaje para la Cuaresma, León XIV lanzó un desafío inesperado: ayunar también de las palabras que hieren. Una propuesta incómoda que toca el corazón de nuestras familias, redes sociales y debates públicos.

En un mundo donde las palabras se disparan como balas en redes sociales, debates políticos y discusiones familiares, León XIV lanzó un llamado que incomoda, interpela y sacude: ayunar también de las palabras hirientes.
En su Mensaje para la Cuaresma, propone una conversión concreta y urgente: aprender a escuchar y renunciar al lenguaje que hiere.
No es una metáfora. Es una decisión radical.
ESCUCHAR ANTES DE HABLAR
El Pontífice tituló su mensaje con dos verbos poderosos: “Escuchar y ayunar”. Para él, toda conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra de Dios. Pero esa escucha no es pasiva. Es una disposición interior que transforma.
“El primer signo de quien quiere entrar en relación con el otro es la disposición a escuchar”, señala. Y recuerda que Dios mismo “ha oído el clamor” de su pueblo oprimido, según el libro del Éxodo.
La Cuaresma, entonces, no es solo tiempo de sacrificios externos. Es tiempo de afinar el oído: a Dios, al sufrimiento de los pobres, al grito de la tierra, a la injusticia que atraviesa nuestras sociedades.
En medio del ruido constante, escuchar se vuelve un acto de resistencia espiritual.

EL AYUNO QUE NADIE QUIERE HACER
Pero el mensaje no se queda en lo teórico. El Santo Padre va más lejos.
Invita a practicar una forma de abstinencia “muy concreta y a menudo poco apreciada”: abstenerse de palabras que afectan y lastiman.
“Empecemos a desarmar el lenguaje”, propone. Renunciar al juicio inmediato. Evitar hablar mal de quienes no están presentes. Abandonar la calumnia. Medir las palabras.
En una cultura donde el insulto se vuelve espectáculo y la agresión genera clics, plantea un ayuno incómodo: callar cuando la lengua quiere herir.
El Pontífice es claro: este ayuno no es debilidad, sino fuerza. No es censura, sino purificación del deseo. Porque lo que decimos revela de qué tenemos hambre.
San Agustín, citado en el mensaje, recuerda que el hombre vive con hambre de justicia. El ayuno educa ese deseo, lo ordena, lo expande hacia Dios.
DESARMAR EL ODIO
El Papa advierte que muchas palabras de odio pueden transformarse en palabras de esperanza y paz. Pero eso exige humildad.
El ayuno verdadero —recuerda— no puede inflar el orgullo. Debe estar arraigado en la comunión con el Señor. “No ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”, señala.
Renunciar a la palabra hiriente no es simplemente mejorar la convivencia. Es una decisión espiritual que toca el corazón.
Significa elegir no destruir al otro con una frase. Significa dejar espacio a la voz de quien sufre. Significa frenar el impulso de responder con violencia.
En tiempos de polarización y tensión social —también en América Latina— este llamado adquiere una dimensión urgente.

UNA CUARESMA COMUNITARIA
El Obispo de Roma insiste en que la conversión no es solo individual. La Cuaresma tiene una dimensión comunitaria.
Así como el pueblo de Israel se reunió para escuchar la Ley y ayunar juntos, hoy parroquias, familias y comunidades están llamadas a recorrer este camino compartido.
El Papa pide que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida. Donde la escucha genere caminos de liberación.
No es una espiritualidad aislada. Es una transformación del estilo de las relaciones. Del diálogo. De la forma en que nos tratamos.
LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR
El mensaje culmina con una invitación concreta: pedir la gracia de una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Y comprometerse a edificar lo que el Papa llama “la civilización del amor”.
Esa civilización comienza por algo aparentemente pequeño: la lengua. Porque una palabra puede herir profundamente. Pero también puede sanar. Puede dividir. O reconciliar.
En esta Cuaresma —que inicia el miércoles 18 de febrero— León XIV no propone solo renunciar a ciertos alimentos. Propone algo más desafiante: renunciar a la violencia verbal que corroe vínculos y comunidades. Escuchar más. Hablar mejor. Amar con el lenguaje.
Quizás ahí comience la verdadera conversión.
RENUNCIAR A LAS PALABRAS QUE MATAN
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