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NO TODOS PUEDEN LEER EN LA MISA: LA ADVERTENCIA QUE MUCHOS IGNORAN Y PUEDE DEBILITAR LA PALABRA DE DIOS

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 2 horas
  • 5 Min. de lectura
La Iglesia advierte que ciertas actitudes, errores y estados interiores pueden debilitar la fuerza de la Palabra de Dios. Una advertencia incómoda que abre debate y obliga a revisar una costumbre muy extendida
Todos estan preparados para leer la lectura
Desde el ambón, la Palabra es proclamada en silencio y solemnidad: no es solo una lectura, es el instante en que Dios busca una voz dispuesta a hablarle al corazón de su pueblo.

Hay gestos que parecen pequeños, casi rutinarios, pero que en la vida de la Iglesia tienen un peso espiritual inmenso. Uno de ellos ocurre cada domingo, frente al ambón, cuando una persona toma el micrófono y comienza a proclamar la Palabra. Muchos creen que leer en la misa es solo “saber leer bien”. Sin embargo, la tradición de la Iglesia Católica advierte algo inquietante: no todo lector está realmente preparado para ese momento.


Y no se trata de títulos, estudios universitarios ni de una voz agradable. Se trata de algo mucho más profundo.









Un error que se volvió costumbre

En muchas parroquias, el lector se elige por disponibilidad: “¿Quién puede leer hoy?”. A veces es el que llegó temprano. O el que tiene buena dicción. O el que se anima. Así, casi sin darnos cuenta, la proclamación de la Palabra se volvió una tarea funcional, similar a acomodar las sillas o pasar la colecta.


Pero la liturgia nunca pensó así este ministerio. Desde los primeros siglos, la Iglesia entendió que la Palabra de Dios no se “lee”: se proclama. Y proclamar no es simplemente vocalizar un texto. Es prestarle la voz a Dios mismo delante de su pueblo.


Ahí empieza el problema.


Pedro Kriskovich

Cuando la Palabra pierde fuerza (y nadie sabe por qué)

Muchos fieles salen de misa con la sensación de que “algo no llegó”. El Evangelio fue leído, pero no tocó el corazón. Las lecturas pasaron sin dejar huella. Se escuchó, pero no se recibió.


La reacción inmediata suele ser culpar al texto: “era una lectura difícil”, “no se entendía”, “era larga”. Rara vez se piensa en el modo en que fue proclamada.


Sin embargo, la Iglesia es clara: cuando la Palabra se proclama sin fe, sin preparación interior o sin conciencia del misterio que se está realizando, pierde fuerza espiritual. No porque la Palabra deje de ser poderosa, sino porque encuentra un canal debilitado.



El lector no es un presentador

Uno de los errores más comunes es transformar la lectura bíblica en una especie de lectura escolar o radial. Voz neutra. Ritmo apurado. Entonación plana. O, en el extremo opuesto, una teatralización excesiva que convierte el ambón en escenario.


El lector no actúa ni informa. Tampoco “hace lucir” el texto. Su misión es desaparecer para que la Palabra aparezca.


Por eso, la tradición litúrgica insiste en que el lector debe tener una actitud interior acorde: recogimiento, fe viva, respeto profundo. No basta con “leer bien”. Hay que creer lo que se proclama.









El estado interior también importa

Aquí aparece una de las advertencias más incómodas —y menos mencionadas—: no todo estado espiritual es indiferente a la hora de proclamar la Palabra.


La Iglesia nunca enseñó que el lector deba ser perfecto. Pero sí recordó siempre que quien proclama públicamente la Palabra de Dios está ejerciendo un ministerio litúrgico, no una tarea neutra. Eso exige coherencia de vida, al menos un deseo sincero de vivir según el Evangelio.


Cuando la lectura se hace desde la indiferencia, la burla interior o la contradicción consciente con lo que se proclama, algo se resiente. No se ve. No se mide. Pero se percibe.


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Preparar la voz… y el alma

Otro error frecuente es llegar al ambón sin haber rezado previamente el texto. Muchos lectores conocen la lectura recién cuando la escuchan en la misa. La Palabra los sorprende igual que a los fieles.


Pero la Iglesia pide algo distinto: que el lector se deje atravesar primero por el texto. Que lo lea antes. Que lo medite. Que se pregunte qué dice Dios ahí. Solo así puede prestarle la voz con verdad.


No es casual que los documentos litúrgicos posteriores al Concilio Vaticano II insistan tanto en la formación de los lectores. No solo técnica, sino espiritual.


casa betania

El ambón no es cualquier lugar

Hay otro detalle que muchos pasan por alto: el ambón no es un atril más. Es el lugar desde donde Dios habla a su pueblo. Por eso comparte dignidad con el altar.


Subir allí distraído, apurado, conversando, masticando chicle o improvisando es una señal clara de que se perdió el sentido de lo sagrado. Y cuando se pierde el sentido de lo sagrado, la liturgia se vacía.


La misa no es un acto social. Es un misterio. Y la Palabra proclamada es parte esencial de ese misterio.



Cuando leer se vuelve protagonismo

También existe un peligro menos evidente: el del protagonismo espiritual. El lector que busca destacarse, que quiere “hacerlo bien”, que disfruta ser visto, que se apropia del momento.


La liturgia no es un espacio de lucimiento personal. Cuando el lector se convierte en el centro, la Palabra queda desplazada. Y eso, aunque no se diga, se nota.


El verdadero lector es aquel que, al terminar, deja en los fieles la sensación de haber escuchado algo más grande que él.


Gin

¿Entonces, quién puede leer?

La Iglesia no da una lista cerrada. Y ese es el punto clave. No se trata de excluir, sino de comprender la grandeza del ministerio. Leer en la misa no es un derecho automático ni una tarea menor. Es una responsabilidad espiritual.


Por eso, más que preguntarnos “¿quién puede leer?”, la pregunta correcta sería otra:¿estamos cuidando la Palabra como merece?



Una advertencia que interpela a todos

Este tema incomoda porque nos obliga a revisar costumbres muy arraigadas. A lectores, sacerdotes, equipos litúrgicos y comunidades enteras. Pero también abre una oportunidad: devolverle a la Palabra el lugar central que le corresponde.


Cuando la Palabra se proclama con fe, preparación y humildad, algo cambia. El silencio se vuelve más profundo. El corazón se abre. Y Dios habla.


Tal vez por eso esta advertencia genera tanto debate. Porque no apunta a los demás. Nos apunta a todos. Y deja flotando una pregunta que nadie puede esquivar fácilmente:¿estamos leyendo… o estamos proclamando a Dios?

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