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¿Por Qué la Iglesia Habla de Luz Justo Ahora?

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 2 horas
  • 3 Min. de lectura
En pleno invierno espiritual del mundo, la Iglesia vuelve a hablar de luz. No como costumbre, sino como mensaje. En la víspera de la Candelaria, una pregunta incómoda atraviesa la liturgia y pone en jaque nuestra forma de mirar la oscuridad.
Candelaria
En el silencio del templo, una sola llama rompe la penumbra. La Iglesia vuelve a hablar de luz cuando el mundo parece acostumbrarse a la oscuridad, recordando que incluso en la noche más larga, una señal basta para orientar el corazón.

No es casual. No es folklore. No es una costumbre piadosa que se repite por inercia. Cada año, en los primeros días de febrero, cuando el mundo aún transita el invierno —externo y espiritual—, la Iglesia vuelve a pronunciar una palabra antigua y poderosa: luz.


En la víspera de la Candelaria, los templos se llenan de cirios, bendiciones y silencios densos. Afuera, el mundo parece ir en otra dirección: violencia, ansiedad, cansancio, desorientación. Y, sin embargo, la liturgia insiste. Como si supiera algo que muchos prefieren no escuchar.









El calendario litúrgico no improvisa

Para la fe cristiana, el tiempo no es neutro. El calendario litúrgico no organiza fechas: revela sentido. Cada celebración llega cuando debe llegar, como una respuesta a una necesidad profunda.


Hablar de luz a comienzos de febrero no es ingenuo. Es provocador. Es una afirmación contracultural en un tiempo marcado por sombras visibles e invisibles.


La Iglesia no dice que todo está bien. Dice algo más inquietante: la luz sigue encendida, aun cuando muchos ya no la buscan.



La Candelaria: una fiesta que no se entiende sin misterio

El 2 de febrero, la Iglesia celebrará la Presentación del Señor y a Virgen de la Candelaria, una advocación profundamente ligada a la luz. No a cualquier luz, sino a la que no deslumbra ni quema, pero orienta.


María entra al templo con un Niño en brazos. No hay milagros visibles. No hay prodigios espectaculares. Sólo una anciana y un anciano —Ana y Simeón— que reconocen lo que otros pasan por alto: una luz para alumbrar a las naciones.


El mensaje es claro y perturbador: la luz no siempre grita. A veces espera ser reconocida.


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Una luz que aparece cuando el mundo se cansa

La Iglesia habla de luz justo ahora porque el mundo está agotado. No sólo económicamente o políticamente. Espiritualmente.


Se multiplican las pantallas, pero crece la oscuridad interior. Se amplifican las voces, pero escasea el sentido. Se promete felicidad inmediata, pero aumenta la frustración silenciosa.


En este contexto, la liturgia no propone evasión. Propone discernimiento. No invita a negar la noche, sino a atravesarla con una llama encendida.



¿Tradición antigua o advertencia actual?

Muchos reducen la Candelaria a una postal pintoresca: velas, procesiones, imágenes. Pero la pregunta es más profunda: ¿Por qué la Iglesia insiste en encender luz cuando el mundo insiste en acostumbrarse a la oscuridad?


Porque la fe cristiana no nació para brillar cuando todo va bien. Nació para resistir en la noche. Para recordar que la historia no termina en la penumbra.










La luz como juicio silencioso

Hablar de luz también es hablar de juicio. No de condena, sino de revelación. La luz muestra lo que estaba oculto. Deja en evidencia las sombras.


Por eso incomoda. Por eso muchos prefieren llamarla tradición y no mensaje. Porque aceptar la luz implica preguntarse qué zonas de la vida quedaron a oscuras.


La Candelaria no consuela sin antes interpelar.



Una Iglesia que no se adapta a la noche

Mientras muchos discursos se acomodan a la confusión del tiempo, la Iglesia insiste con símbolos antiguos. No por nostalgia, sino por fidelidad.


Encender una vela no es un gesto romántico. Es una declaración silenciosa: la noche no tiene la última palabra.


En tiempos de relativismo, la luz afirma que existe una verdad. En tiempos de desesperanza, anuncia que la historia sigue abierta.


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La pregunta que precede a la fiesta

En la víspera de la Candelaria, la liturgia parece detenernos antes del gesto. Antes de encender la vela. Antes de cantar. Antes de avanzar.


Y nos deja una pregunta suspendida, incómoda, urgente: ¿Seguimos buscando la luz… o ya aprendimos a convivir con la oscuridad?


Porque la Iglesia no habla de luz por costumbre. Habla de luz porque sabe que, incluso hoy, todavía hay algo —Alguien— que puede iluminarlo todo. Y cuando esa luz aparece, nada vuelve a ser igual.

¿Por Qué la Iglesia Habla de Luz Justo Ahora?

¿Por Qué la Iglesia Habla de Luz Justo Ahora?


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