LOS REMEDIOS CONTRA LA IMPACIENCIA Y LA IRA SILENCIOSA: SAN FRANCISCO DE ASÍS ENSEÑÓ A VENCER LA VIOLENCIA INTERIOR
- Canal Vida
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Muchos viven con una furia silenciosa que no se ve, pero destruye por dentro. San Francisco de Asís conoció esa lucha y dejó remedios concretos para vencer la impaciencia, dominar la ira interior y recuperar la paz del corazón.

Hay una furia que no grita. No rompe cosas. No se desborda en insultos ni en golpes.
Es una ira silenciosa, educada, socialmente correcta… pero que por dentro quema como un incendio sin humo.
La llevan muchos hombres y mujeres de hoy: trabajan, cumplen, sonríen, responden con cortesía… pero en el fondo viven tensos, irritables, agotados. Se enojan por todo, aunque no lo digan. Acumulan bronca, frustración, impaciencia. Y esa violencia interior termina estallando en casa, en el trabajo o contra ellos mismos.
Lo sorprendente es que este problema, tan moderno, ya tenía remedio en el siglo XIII. Y el que lo enseñó fue un santo que muchos reducen a una estampita simpática con pajaritos: Francisco de Asís.
Pero el Poverello no fue un personaje dulce por naturaleza. Fue un joven orgulloso, impulsivo, ambicioso y sediento de gloria. Soñaba con la guerra, con la fama, con ser un caballero reconocido. Tenía carácter fuerte, caprichos y un temperamento encendido.
Su transformación no fue romántica. Fue dolorosa. Fue una batalla interior.
EL FUEGO QUE ARDE SIN QUE NADIE LO NOTE
El santo de Asís entendió algo que muchos todavía no comprenden: la violencia más peligrosa no es la que se ve, sino la que se esconde.
Es la irritación constante. El desprecio silencioso. El juicio interior que se vuelve ácido. La intolerancia disfrazada de exigencia.
Ese enojo no expresado va endureciendo el corazón. Y lo peor: quien lo sufre muchas veces ni siquiera lo reconoce. Cree que solo está “cansado”, “estresado” o “harto de la gente”.
El fundador de la Orden de los Hermanos Menores pasó por eso. Y descubrió que la raíz de esa violencia estaba en el orgullo herido y en el deseo de controlarlo todo.

EL PRIMER REMEDIO: ACEPTAR LA HUMILLACIÓN
Uno de los remedios más fuertes que enseñó fue algo que hoy suena casi imposible: aceptar la humillación sin defenderse.
En una de sus enseñanzas más conocidas, explicó lo que llamaba la “perfecta alegría”. No era cantar ni saltar de entusiasmo. Era algo mucho más radical. Decía que la verdadera alegría no estaba en predicar bien, ni en hacer milagros, ni en tener seguidores. La perfecta alegría era ser rechazado, insultado o maltratado… y no responder con ira. No porque uno sea débil, sino porque domina su corazón.
Ese es el primer remedio contra la ira silenciosa: no reaccionar automáticamente. No defender el orgullo como si fuera lo más importante del mundo.
EL SEGUNDO REMEDIO: HABLAR CON DULZURA CUANDO EL CORAZÓN ESTÁ DURO
El autor de "Cántico de las criaturas" insistía en algo que sus primeros compañeros veían como una regla dura: hablar siempre con suavidad, incluso cuando el corazón está irritado.
No esperar a “sentirse bien” para ser amable. No esperar a que pase el enojo para tratar bien al otro.
El santo enseñaba que la mansedumbre no nace de la emoción, sino de la decisión. Cuando el corazón arde, la boca puede enfriar. Cuando el interior está en guerra, las palabras pueden traer paz.
Ese ejercicio, repetido día tras día, empieza a transformar también el interior.
EL TERCER REMEDIO: RENUNCIAR A TENER SIEMPRE LA RAZÓN
Gran parte de la ira silenciosa nace de una obsesión: querer tener razón siempre.
Francisco renunció a eso. Renunció a defender su imagen, su prestigio, sus opiniones. No porque no tuviera ideas, sino porque entendió algo profundo: la paz interior vale más que ganar discusiones.
Quien necesita imponerse todo el tiempo vive en tensión permanente. Quien aprende a ceder, empieza a respirar.
LA MANSEDUMBRE QUE DOMINA AL HOMBRE
La imagen popular de san Francisco es la de un santo tierno. Pero detrás de esa dulzura había una fuerza interior inmensa.
Dominar la propia ira requiere más valentía que dominar a otro. Callar cuando el orgullo quiere gritar es más heroico que responder con violencia. Por eso la mansedumbre cristiana no es debilidad. Es poder interior.
Es la capacidad de no dejarse arrastrar por la emoción del momento. Es el dominio de sí mismo. Es la verdadera libertad.

UN REMEDIO PARA EL HOMBRE MODERNO
Hoy muchos varones viven funcionales por fuera y furiosos por dentro. Cumplen, producen, sostienen familias, trabajan sin descanso… pero llevan una tensión constante que los vuelve duros, secos, intolerantes.
San Francisco ofrece un camino distinto: Aceptar pequeñas humillaciones sin reaccionar. Hablar con dulzura incluso cuando cuesta. Renunciar a tener siempre la razón.
Son remedios simples, pero revolucionarios. Porque no cambian el mundo primero: cambian el corazón.
Y cuando el corazón deja de arder en silencio, la vida entera empieza a respirar de nuevo.
LOS REMEDIOS CONTRA LA IMPACIENCIA Y LA IRA SILENCIOSA: SAN FRANCISCO DE ASÍS ENSEÑÓ A VENCER LA VIOLENCIA INTERIOR
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