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Antes de levantar las manos en misa, entendé esto

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 4 horas
  • 4 Min. de lectura
Miles de fieles levantan las manos en misa sin saber por qué. Un gesto repetido por costumbre puede esconder un vacío interior. La liturgia tiene un sentido profundo que muchos olvidaron… y que puede cambiar completamente tu manera de rezar.
Fieles participan de la misa con las manos levantadas en señal de oración, un gesto extendido en muchas comunidades pero que, según la tradición litúrgica, tiene un significado preciso y no siempre corresponde a los laicos durante cada momento de la celebración.
Fieles participan de la misa con las manos levantadas en señal de oración, un gesto extendido en muchas comunidades pero que, según la tradición litúrgica, tiene un significado preciso y no siempre corresponde a los laicos durante cada momento de la celebración.

En muchas parroquias del mundo se repite una escena cada domingo. Llega el momento del Padrenuestro y, casi sin pensarlo, decenas de manos se levantan al mismo tiempo. Algunos imitan al sacerdote, otros siguen a los de al lado. Nadie pregunta. Nadie explica. Todos repiten.


Pero hay una pregunta incómoda que pocos se animan a hacer: ¿sabemos realmente por qué hacemos ese gesto?


La misa está llena de movimientos automáticos. Nos ponemos de pie, nos arrodillamos, hacemos la señal de la cruz, respondemos fórmulas aprendidas de memoria. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos de esos gestos se convierten en reflejos vacíos, repetidos sin conciencia, sin intención y, a veces, sin sentido.


Y ahí aparece el peligro.









Cuando el cuerpo repite lo que el alma no entiende

La liturgia católica nunca fue un espectáculo ni un teatro de gestos improvisados. Cada movimiento tiene un significado profundo. El cuerpo participa porque la fe no es solo una idea: es una experiencia que involucra todo el ser.


Arrodillarse expresa adoración. Golpearse el pecho indica arrepentimiento. Hacer la señal de la cruz recuerda quiénes somos y a quién pertenecemos.


Pero cuando los gestos se vuelven mecánicos, el cuerpo deja de rezar y empieza a distraer. Se transforma en un actor sin guion, moviéndose sin comprender la escena.


En ese punto, la liturgia pierde su fuerza.


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El gesto del sacerdote… y el del pueblo

El gesto de levantar las manos durante el Padrenuestro tiene un significado preciso. Tradicionalmente, es el gesto del sacerdote, que ora en nombre del pueblo y conduce la oración hacia Dios.


No es un movimiento casual ni decorativo. Es un signo de intercesión, de entrega, de mediación.


Cuando todos imitan ese gesto sin comprenderlo, la señal se desdibuja. Ya no comunica lo que debe comunicar. Se transforma en un hábito colectivo sin explicación, una costumbre nacida más de la imitación que de la enseñanza.


Y lo más llamativo es que muchos lo hacen sin saber por qué.



Participar no es copiar gestos

Durante décadas se repitió una idea: “hay que participar más en la misa”.Y eso es verdad. Pero participación no significa hacer más movimientos, levantar más las manos o inventar gestos nuevos. La participación verdadera es interior.


Es escuchar la Palabra. Es ofrecer la propia vida en el altar. Es unirse al sacrificio de Cristo. Es responder con fe, no solo con movimientos.


Una persona puede estar de rodillas y profundamente unida a Dios.Otra puede estar levantando las manos… y pensando en cualquier cosa menos en la oración.


El gesto exterior no siempre revela lo que pasa en el corazón.









El cuerpo también puede distraer

Cuando el gesto no tiene sentido, el cuerpo deja de ayudar y empieza a estorbar.En vez de conducir a la oración, se convierte en un elemento de distracción.


Un movimiento improvisado puede generar confusión. Una costumbre sin explicación puede diluir el significado de la liturgia. Un gesto repetido sin conciencia puede vaciar la oración.

Por eso, la Iglesia siempre insistió en algo simple pero profundo: los gestos deben expresar lo que el corazón cree.


No son adornos. No son coreografías.Son signos de fe.



Redescubrir lo que hacemos

Quizá el problema no sea levantar o no las manos. El problema es hacerlo sin saber por qué.

Muchos fieles crecieron repitiendo movimientos que nadie les explicó. Aprendieron a “seguir la misa” sin comprender sus signos. Y, con el tiempo, esos gestos se volvieron automáticos.


Pero la liturgia no está hecha para ser automática. Está hecha para transformar el corazón.

Cada postura del cuerpo es una catequesis silenciosa. Cada gesto es una enseñanza. Cada movimiento tiene una historia, un sentido, una teología.


Cuando eso se entiende, la misa deja de ser una rutina y se convierte en un encuentro.


Pedro Kriskovich

Una advertencia que vale para todos

Antes de copiar lo que hacen los demás, conviene hacerse una pregunta simple: ¿Entiendo lo que estoy haciendo?


Si la respuesta es no, quizá sea el momento de detenerse, aprender, preguntar y redescubrir el sentido profundo de la liturgia. Porque la misa no necesita gestos inventados. Necesita corazones despiertos.


Y tal vez, la próxima vez que llegue el Padrenuestro, en lugar de levantar las manos por costumbre, alguien decida rezarlo con plena conciencia, con humildad, con silencio interior.

Ese gesto invisible —el del corazón que se entrega— es el que realmente transforma la misa.

Y ese, curiosamente, es el que casi nadie ve.

Antes de levantar las manos en misa, entendé esto

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