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León XIV Revela Dónde Se Esconde Dios Hoy

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 8 oct
  • 3 Min. de lectura
En una catequesis que conmovió a miles, el Papa reveló que el Resucitado no irrumpe con poder, sino en silencio. Dijo que el fuego de Dios se esconde bajo las cenizas del cansancio… y que puede volver a encenderlo todo.
León XIV
Un mensaje que estremeció el corazón de los presentes. (Fotografía: Vatican Media)

En una mañana radiante pero silenciosa, León XIV volvió a transformar la Plaza de San Pedro en un altar de esperanza. En su nueva catequesis del ciclo jubilar “Jesucristo, nuestra esperanza”, el Papa habló de algo que conmovió incluso a los más escépticos: la humildad del Resucitado. Su tono no fue el del poder, sino el del amor que se agacha para tocar el polvo de nuestras heridas.


“Jesús resucitado no vino con huestes de ángeles ni con discursos triunfales”, dijo el Papa, mirando a la multitud, al tiempo que indicó que el Señor “se acercó como un forastero hambriento… y pidió un pedazo de pan”.







EL DIOS QUE CAMINA ENTRE LOS CANSADOS

El Pontífice reflexionó sobre una escena que definió como el centro de toda la fe cristiana: los discípulos de Emaús. Dos hombres que caminan tristes, convencidos de que todo terminó, hasta que un desconocido les explica las Escrituras y parte el pan ante ellos. “Ahí —dijo León XIV— el corazón empieza a arder sin que uno se dé cuenta. Es el fuego de la esperanza que se enciende cuando el alma toca al Resucitado”.


En un mensaje que pareció hablar directamente a los millones que sienten la fe apagada, el Santo Padre explicó que Dios no llega con relámpagos, sino con silencios, y que el milagro más grande no es ver ángeles, sino descubrir a Cristo en lo cotidiano: en el trabajo, en la enfermedad, en una charla, en una simple comida compartida.

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“LA ALEGRÍA VERDADERA NO BORRA LAS HERIDAS... LAS ILUMINA”

León XIV habló con la serenidad de un padre, pero con la fuerza de un profeta. A su alrededor, miles de peregrinos guardaron silencio cuando pronunció una frase que se volvió titular inmediato en redes sociales: “La resurrección no es un teatro divino… es una transformación silenciosa que llena de sentido cada gesto humano”.


El Papa insistió en que la fe no es anestesia del dolor, sino la capacidad de mirar las cicatrices y reconocer en ellas el amor de Dios. “El Señor —dijo— no nos visita cuando todo está en orden, sino cuando estamos rotos, cansados o perdidos”.


Fue un mensaje que muchos interpretaron como un golpe al corazón del mundo moderno, obsesionado con el éxito, la imagen y el rendimiento. En cambio, habló de una esperanza que nace en medio del fracaso, y de una alegría que no teme a las lágrimas.


León XIV
El Papa indicó que Dios nos espera en nuestros cansancios y problemas. (Fotografía: Vatican Media)
UNA CATEQUESIS PARA LOS PERDIERON LA FE

“Quizás hoy —dijo el Pontífice— camines con la mirada baja, como los de Emaús. Pero Cristo sigue a tu lado, aunque no lo reconozcas. Él no exige ser visto: sólo espera el momento en que tu corazón se deje calentar por su fuego”.


Las palabras de León XIV resonaron con fuerza entre los jóvenes presentes, muchos de los cuales llevaban el símbolo del Jubileo 2025 en sus mochilas. Algunos lloraban, otros sonreían. Todos escuchaban una invitación que parecía personal: “Vuelve a encender tu corazón”.


En un mundo donde la fe suele quedar sepultada bajo el ruido, el Papa ofreció una alternativa radical: la cercanía de un Dios sin espectáculo, pero con ternura infinita.

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“NINGUNA HERIDA ESTÁ DESTINADA A PERMANECER ABIERTA PARA SIEMPRE”

La catequesis culminó con una promesa que encendió aplausos en toda la plaza San Pedro: “No hay historia tan herida que no pueda ser visitada por la esperanza. Ninguna noche es eterna. Ninguna caída es definitiva”.


Con esa frase, León XIV selló un mensaje que atraviesa el alma de la humanidad: la Resurrección no se impone… se insinúa. Llega como un susurro, un pan compartido, un corazón que vuelve a arder después de tanto frío.


Y cuando terminó, mientras el Papa, muchos se quedaron de pie, mirando al cielo, en silencio. Alguien dijo lo que todos sentían: “No sé si vi un milagro… pero mi corazón ardió otra vez”.


En tiempos de guerras, indiferencia y cansancio espiritual, León XIV vuelve a encender lo que parecía apagado: la certeza de que Cristo vive entre nosotros, no en los templos de mármol, sino en las manos que sostienen, en las lágrimas que rezan y en los caminos donde la fe renace paso a paso.



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