Si te cuesta perdonar: el rencor que te encierra y la libertad que todavía no probaste
- Canal Vida

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El rencor no grita, pero enferma. Perdonar no borra lo ocurrido, pero puede liberar lo que quedó atrapado en el alma. Jesús lo dejó claro: hay una oración que no se escucha si el corazón no aprende a soltar.

Hay heridas que no sangran, pero pesan. Palabras que no se olvidan. Gestos que se clavan como espinas. Y una frase que muchos repiten en silencio: “No puedo perdonar”. No es falta de fe. Es humanidad herida. Pero también es una prisión invisible que, con el tiempo, empieza a enfermar el alma… y la vida entera.
El rencor no es solo un sentimiento: es una forma de permanecer atados al pasado. Cuando no perdonamos, el hecho que nos lastimó sigue gobernando nuestro presente. La persona que nos hirió, incluso ausente, sigue teniendo poder sobre nosotros. Y eso desgasta: roba la paz, endurece el corazón, enfría los vínculos y termina afectando la salud emocional, espiritual y hasta física.
Jesús conocía esa lucha interior. Por eso, en el centro mismo del Padre Nuestro, dejó una frase incómoda, exigente y profundamente liberadora: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. No es poesía piadosa. Es una llave espiritual. Según enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, esta petición tiene una condición: pedimos perdón en la medida en que estamos dispuestos a perdonar. La palabra “como” lo cambia todo.
Y ahí aparece la dificultad real: ¿cómo perdonar cuando duele de verdad?

El rencor: una herida que se vuelve hábito
El rencor suele justificarse. “Con lo que me hicieron…”, “No se lo merecen…”, “Si perdono, gano nada”. Pero el rencor no castiga al culpable: castiga al que lo carga. Se vuelve una repetición mental, una escena que vuelve una y otra vez, una conversación que nunca termina. Poco a poco, la herida se transforma en identidad.
Espiritualmente, el rencor bloquea. No deja avanzar. Endurece la oración, enfría la fe y vuelve pesada la vida interior. No porque Dios se aleje, sino porque el corazón se cierra. Perdonar no borra lo ocurrido. Pero sí rompe el vínculo que nos ata al daño.
Perdonar no es olvidar ni justificar
Aquí está una clave fundamental: perdonar no es negar el dolor, ni justificar la injusticia, ni reconciliarse automáticamente. Perdonar es una decisión interior. Es decir: “No voy a dejar que esto siga gobernando mi vida”. Es un acto de libertad, no de debilidad.
Jesús nunca minimizó el mal. Pero siempre ofreció un camino para que el mal no tenga la última palabra.
Tres pasos prácticos para empezar a perdonar
Perdonar no suele ser un acto instantáneo. Es un proceso. Y como todo proceso espiritual, necesita concreción.
1. Nombrar la herida ante Dios: No se sana lo que se niega. Decile a Dios exactamente qué te dolió, quién te hirió y cómo. Sin censura. Sin frases bonitas. La oración verdadera empieza cuando dejamos de actuar y empezamos a ser sinceros.
2. Pedir la gracia, no la emoción: Perdonar no es “sentir ganas”. Es pedir fuerza. Jesús no pidió que sintamos, sino que hagamos. Decile a Dios: “No puedo perdonar solo. Ayudame”. Esa oración humilde abre una puerta.
3. Renunciar al rencor cada día: El perdón se renueva. A veces hay que perdonar la misma herida muchas veces. No porque falles, sino porque estás sanando. Cada vez que el recuerdo vuelva, elegí conscientemente no alimentar el enojo. Eso es libertad en construcción.
La oración que libera
La Iglesia propone una oración sencilla y profunda, que no fuerza emociones, pero orienta el corazón:
“Dame la fuerza para comprender a mis hermanos y perdonar a quienes me han ofendido, tal como Jesús me perdonó a mí. Elijo actuar con misericordia y olvidar el rencor.”
No es magia. Es camino.
La verdad final
Perdonar no cambia el pasado. Pero cambia el futuro. El rencor promete protección y entrega encierro. El perdón parece una pérdida, pero es una liberación silenciosa. No te devuelve lo que te quitaron. Te devuelve algo más grande: la paz que creías perdida.
Y eso, en un mundo herido, es una victoria profunda.
Si te cuesta perdonar: el rencor que te encierra y la libertad que todavía no probaste
Si te cuesta perdonar: el rencor que te encierra y la libertad que todavía no probaste









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