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La Copa de la Fe: cuando el fútbol se convierte en evangelio

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 19 sept
  • 2 Min. de lectura
En Colombia, 640 sacerdotes dejaron el altar para calzarse los botines: la Copa de la Fe celebró su décima edición en Armenia. Un torneo único donde el fútbol se convierte en oración, misión y fraternidad entre naciones.
Colombia
No es solo una copa, es la fraternización a través de la evangelización en el deporte.

En Colombia, el balón rodó con fuerza celestial. Del 8 al 12 de septiembre, la diócesis de Armenia fue escenario de la décima Copa de la Fe, un torneo insólito que reunió a 640 sacerdotes de 28 delegaciones —incluyendo Ecuador, Venezuela y México— que cambiaron el púlpito por la cancha para demostrar que la fe también se juega a pura pasión futbolera.


La ciudad cafetera se vistió de fiesta: calles repletas, banderas ondeando y un desfile de sotanas que parecían camisetas de selección. No era solo fútbol: era evangelización con botines. La iniciativa “Callejeando la fe” llevó a los curas a misionar en barrios, visitar enfermos, confesar en plazas y repartir esperanza entre los más pobres. Fue una comunión que no terminó en los estadios, sino que se expandió como una procesión viva.


El torneo fue intenso. Jugadas rápidas, goles inesperados y un fervor que no distinguía entre hinchada y asamblea. En la final, la Arquidiócesis de Popayán levantó la copa tras un duelo vibrante contra la delegación de Guadalajara (México), demostrando que la fraternidad entre naciones también puede escribirse con goles.

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Pero lo que más marcó fue el mensaje: el deporte como puente de paz y unidad, en un continente atravesado por divisiones y conflictos. Monseñor Carlos Arturo Quintero Gómez lo resumió con voz profética: “El fútbol aquí no divide, une. La cancha se convierte en altar, el balón en símbolo de comunión”.


La Copa de la Fe se consolidó como el campeonato eclesial más grande de América. Y el eco quedó claro: en cada pase, en cada gol, en cada abrazo tras el pitazo final, los sacerdotes gritaron al mundo que el Evangelio también puede predicarse con un balón.


Una copa que no solo levantó trofeos, sino también almas y corazones.

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