EL HOMBRE QUE HIZO LLORAR A HEREJES Y CORONÓ A MARÍA COMO MADRE DE DIOS
- Canal Vida

- 27 jun
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Murió el 27 de junio del año 444. Fue odiado por muchos… pero también cambió la historia. San Cirilo de Alejandría enfrentó a emperadores, filósofos y herejes para defender una sola verdad: que María era la Madre de Dios.

Murieron imperios, se levantaron doctrinas, cayeron obispos. Pero aquel 27 de junio del año 444, la historia de la Iglesia lloraba la muerte de uno de los santos más temidos, amados y discutidos del cristianismo: San Cirilo de Alejandría.
Un obispo que no supo de tibiezas. Un doctor que escribió con fuego. Un santo que, con una sola palabra, hizo tambalear tronos e hizo llorar a herejes.
EL DEFENSOR INCANSABLE DE LA VERDAD
Cirilo nació hacia el año 370 en Alejandría, Egipto, cuando la ciudad era uno de los centros intelectuales más importantes del mundo. Desde joven, se formó bajo la tutela de su tío Teófilo, patriarca de Alejandría, y heredó de él el amor por la ortodoxia y la firmeza doctrinal. Al morir su pariente, Cirilo se convirtió en patriarca y, con ello, en una de las voces más potentes de la Iglesia.
No era un santo de sonrisa suave ni diplomacias vacías. Era una espada teológica. Su mayor batalla fue contra el hereje Nestorio, patriarca de Constantinopla, quien negaba que María fuera Madre de Dios, sosteniendo que sólo había dado a luz a la naturaleza humana de Cristo.
Cirilo, horrorizado, lanzó toda su artillería espiritual y teológica para combatir esta herejía que partía en dos a Jesús.

EL CONCILIO QUE CORONÓ A MARÍA
En el 431, se celebró en Éfeso el Tercer Concilio Ecuménico. Fue una guerra doctrinal. Cirilo, como legado papal y jefe de los obispos ortodoxos, presentó doce anatemas contra Nestorio. No hubo medias tintas: María era Theotokos, Madre de Dios, o el cristianismo se derrumbaba.
Cuando finalmente el concilio proclamó solemnemente que María era verdaderamente Madre de Dios, los fieles de Éfeso salieron en procesión nocturna con antorchas, alabando a Cirilo como un nuevo Moisés. Había nacido oficialmente la devoción mariana que llevaría a las advocaciones que hoy veneramos en todos los rincones del mundo.

LA IRA DEL IMPERIO
Pero su valentía tuvo precio. Durante un tiempo fue arrestado, humillado y acosado por los aliados de Nestorio. Sus enemigos lo acusaron de soberbio, autoritario, fanático. Pero su fe no se quebró. Su carácter fuerte era el escudo de una doctrina pura. Sabía que la verdad del Verbo encarnado estaba en juego.
A lo largo de los años, escribió obras monumentales que hoy siguen siendo estudiadas. Fue declarado Doctor de la Iglesia y su legado doctrinal sobre la encarnación, la Eucaristía y la Virgen María es piedra angular del catolicismo.

EL DÍA QUE EL CIELO SE ABRIÓ
Murió un 27 de junio del 444. Algunos decían que se fue en paz, otros que se fue solo, traicionado por aquellos que no comprendieron la magnitud de su lucha. Pero la historia le dio la razón. Sin Cirilo, no existiría el dogma de María Madre de Dios. Sin Cirilo, tal vez la fe hubiera tomado un rumbo herético e irreconocible.
Ese día, el cielo se abrió para recibir a un hombre que había gastado su vida defendiendo a Cristo y a su Madre. Un hombre que no se dejó seducir por la política ni por el miedo. Un obispo que sabía que el precio de la verdad era alto, pero que valía cada gota de sangre y cada noche de soledad.

HEREDERO DE FUEGO
Hoy, en medio de un mundo fragmentado, relativista y desconcertado, san Cirilo de Alejandría resuena con fuerza. Su legado es una lámpara encendida en medio de las tinieblas. Nos recuerda que la fe no se negocia, que María no es un accesorio, sino el corazón mismo del misterio de la Encarnación.
En cada rosario que rezamos, en cada advocación que veneramos, está la semilla que él plantó. Su ejemplo es advertencia para los pastores que callan y consuelo para los laicos que resisten. Es la prueba viva de que un solo hombre, con fe ardiente, puede cambiar el rumbo del mundo.
San Cirilo no fue perfecto. Fue humano. Pero fue fiel. Y por eso, su muerte abrió el cielo.









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