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Educar la voluntad

Dar todo servido a los hijos termina siendo contraproducente si se quiere generar hábitos que sirvan para el futuro. El ejemplo es fundamental para "contagiar la voluntad".
 

Alberto siempre dice que no tiene deberes, no colabora en casa y a todas horas está tirado en la cama oyendo música. Si sus padres le mandan hacer algo, contesta: “¡Ahora voy!”, pero no va. Tiene excusas para todo: que está cansado, que estudió en el colegio, que lo hará mañana. Está hecho un “vago profesional”.


Esa imagen ocurre con más frecuencia de lo que se cree. La voluntad es una fuerza que hay que adquirir, por eso es decisiva la intervención de los padres y educadores.


El propósito de todas nuestras acciones debe ser hacer las cosas bien y acabarlas (nada está bien si no está terminado). Así les podremos transmitir la satisfacción por el trabajo bien hecho.

Intervención que debe consistir en ir exigiendo, en saber decir no, en no darles todo hecho… Pocas cosas se consiguen sin esfuerzo.


Para formar la inteligencia no hace falta ser inteligentes; en cambio, para formar la voluntad hay que tener fuerza de voluntad. Aquí se cumple a la perfección eso de que uno no da lo que no tiene. En cierto modo, la voluntad se contagia, pues no hay otro camino para adquirir la fortaleza que ser fuerte, tanto el educando como el educador. Una vez más, el ejemplo es clave.


Si nosotros no nos exigimos, no se exigirán ellos; si nosotros no mostramos afán por hacer bien las cosas, ellos tampoco lo mostrarán; si demasiadas veces dejamos temas sin cerrar, ellos también los dejarán.


El propósito de todas nuestras acciones debe ser hacer las cosas bien y acabarlas (nada está bien si no está terminado). Así les podremos transmitir la satisfacción por el trabajo bien hecho.



Hacerles la cama es más fácil que hacer que se la hagan, ordenar sus cosas cuesta menos que conseguir que las ordenen ellos. Sin embargo, vale la pena perder unos minutos en enseñarles a hacer cosas y a exigirles que las hagan. Toda ayuda innecesaria es una limitación; por eso, no hagamos nosotros aquello que pueden hacer ellos. Aunque les cueste más, irán adquiriendo no sólo la habilidad para hacerlo sino fortaleza suficiente para llevarlo a cabo.



PARA CONSEGUIR SU AUTOEXIGENCIA LES DEBEMOS EXIGIR

Cuantas más cosas hagamos por ellos, menos les quedarán para hacer por sí mismos. Es bueno realizar actividades que exijan disciplina y esfuerzo. Practicar deporte, individualmente o en equipo, dependiendo de cada caso, es el mejor entrenamiento para formar personas disciplinadas y esforzadas.



DIFERIR LA SATISFACCIÓN

A nuestro alrededor se instaló la inercia del “ya”, del tener todo lo que uno desea sin dilación; esto nos obliga, como padres y educadores, a tomar medidas drásticas si no queremos que nuestros hijos y alumnos caigan en la blandura, la apatía y el consumismo. Debemos acostumbrarlos a diferir la satisfacción.


Muchas veces los padres se desviven por satisfacer inmediatamente los deseos y los caprichos de sus hijos. Se esfuerzan para que ellos no se tengan que esforzar, cuando debería ser al revés: proponerles actividades que les supongan cierto esfuerzo, como ayudar en algún trabajo, hacer una caminata, subir la compra… Atendamos a sus necesidades, no a sus caprichos.



De ningún modo debemos utilizar expresiones del tipo “eres un vago”, “no haces nada”… Son mensajes que, en vez de incitarles a obrar, refuerzan su apatía.


La intervención de los padres es decisiva para que sus hijos adquieran esa fuerza que les permita controlar sus necesidades y sus impulsos, y para que sean capaces de poner sus deseos al servicio de sus proyectos personales, no al revés.


(Pilar Guembe y Carlos Goñi)

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