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Los Once que Derrotaron al Odio: Los Nuevos Mártires que Desafiaron al Nazismo y al Comunismo

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 24 oct 2025
  • 4 Min. de lectura
Once sacerdotes que no empuñaron armas, pero ganaron la guerra más difícil: la del alma. Fueron torturados, humillados y asesinados por no renegar de Cristo. Hoy, la Iglesia los eleva como mártires que desafiaron el odio con fe y amor eterno.
Jan Świerc, Ignacy Antonowicz, Ignacy Dobiasz, Karol Golda, Franciszek Harazim, Ludwik Mroczek, Włodzimierz Szembek, Kazimierz Wojciechowski y Franciszek Miśka 
En el infierno helado de Auschwitz, nueve sacerdotes polacos sostienen el rosario entre el humo y la nieve. No tenían armas, solo fe. Allí donde la esperanza moría, ellos encendieron la luz de Dios y vencieron al odio.

El Papa León XIV anunció que once nuevos mártires serán beatificados por su testimonio heroico ante los regímenes más crueles de la historia: el nazismo y el comunismo. Nueve de ellos fueron salesianos polacos que murieron en los campos de concentración de Auschwitz y Dachau, y los otros dos, sacerdotes checos, fueron ejecutados bajo la dictadura comunista de Checoslovaquia.


No fueron soldados, ni políticos. Eran pastores de almas, hombres que predicaban el Evangelio en un mundo que había olvidado a Dios. Por eso los mataron. Por eso hoy la Iglesia los llama “vencedores del odio”.







MÁRTIRES DEL HORROR NAZI: SACERDOTES EN EL INFIERNO DE ASUCHWITZ

Entre 1941 y 1942, mientras Europa se desangraba, los nazis desataron una cacería contra la fe. Los sacerdotes Jan Świerc, Ignacy Antonowicz, Ignacy Dobiasz, Karol Golda, Franciszek Harazim, Ludwik Mroczek, Włodzimierz Szembek, Kazimierz Wojciechowski y Franciszek Miśka fueron detenidos simplemente por ser curas. No conspiraban. No portaban armas. Solo predicaban, consolaban, enseñaban, confesaban.


En los campos de exterminio, donde la esperanza moría cada amanecer, ellos se convirtieron en faros encendidos. Rezaban con los prisioneros, bendecían a los moribundos y compartían el último trozo de pan como si fuera el Cuerpo de Cristo.


sacerdotes
En los campos de la muerte, estos 9 sacerdotes se transformaron en amor a Dios y vida eterna.

Uno de ellos, el padre Świerc, fue torturado durante horas antes de morir en Auschwitz, el mismo día en que bendijo a su carcelero. Otro, el padre Golda, se negó a renegar de su fe a cambio de su vida. Le respondieron con una bala en la cabeza.


Sus verdugos los veían como una amenaza porque representaban lo que el régimen no podía soportar: una conciencia libre. Murieron insultados, hambrientos, golpeados, pero sin soltar el rosario. Su sangre, mezclada con el barro de Auschwitz, se convirtió en semilla de fe.

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EL COMUNISMO TAMBIÉN LOS QUISO BORRAR

La segunda mitad del siglo XX no fue menos cruel. Cuando el nazismo cayó, otro poder oscuro se alzó en Europa del Este: el comunismo ateo, que intentó erradicar a Dios de la sociedad.


Los sacerdotes Jan Bula y Václav Drbola, de la diócesis de Brno, fueron víctimas de esa nueva persecución. Jóvenes, valientes y cercanos al pueblo, guiaban comunidades que resistían el adoctrinamiento del régimen. Su delito: seguir celebrando misa, educar a los niños en la fe, hablar de Cristo cuando todo estaba prohibido.


Fueron arrestados bajo falsas acusaciones, sometidos a juicios inventados y ejecutados sin piedad. En las cartas que escribieron antes de morir, dejaron un testamento espiritual estremecedor: “Perdono a los que me matan. No teman. Cristo triunfa incluso en la oscuridad”.


A ambos los ahorcaron en secreto. No hubo flores, ni campanas, ni funerales. Solo silencio. Pero la memoria del pueblo no los olvidó. En las aldeas de Moravia, las madres enseñaban a sus hijos sus nombres como si fueran los de santos escondidos.


 Jan Bula y Václav Drbola
 Jan Bula y Václav Drbola perdonaron a sus asesinos y se entregaron a Dios por amor.
ONCE VIDAS CONTRA DOS IMPERIOS

Los once que el Santo Padre elevará a beatos representan dos mundos enfrentados: el acero de los campos nazis y el hierro de las cárceles comunistas. Ambos sistemas compartían un mismo odio: el odio a la fe, al alma, a la libertad interior que da el Evangelio.


El Papa León XIV dijo en su decreto: “El siglo XX creyó poder matar a Dios. Pero estos hombres, con su muerte, demostraron que la fe no se extingue con la violencia, sino que renace del martirio”.


Ellos no empuñaron armas, pero ganaron la batalla más difícil: la de creer cuando creer era delito.

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DEL HORROR AL ALTAR

La beatificación de estos mártires no es solo un acto de memoria, sino una llamada profética. En un tiempo donde la fe vuelve a ser atacada —aunque con otras máscaras—, sus historias recuerdan que la libertad religiosa se defiende con la verdad y el amor, incluso cuando el precio es la vida.


El cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, definió así su legado: “No murieron por ideología, sino por amor. Fueron testigos de que ninguna fuerza humana puede apagar la luz de Cristo”.


En Polonia, donde el recuerdo de los campos de concentración aún duele, las comunidades salesianas preparan vigilias, procesiones y misas para celebrar su beatificación, ni bien confirmen la fecha. En la República Checa, las parroquias que ellos sirvieron se llenan otra vez de fieles, como si el tiempo les devolviera su voz.



MÁRTIRES DEL SIGLO DEL ODIO

El siglo XX fue el más sangriento de la historia, pero también el más fértil en santos. De sus ruinas surgieron vidas luminosas: hombres y mujeres que prefirieron el martirio antes que traicionar el Evangelio.


Estos 11 sacerdotes se suman a esa multitud silenciosa que convirtió los campos de la muerte en altares. Ellos demostraron que, incluso cuando el mundo se desmorona, la fe puede ser más fuerte que el fuego.


En un tiempo donde las ideologías prometen salvación sin Dios, su testimonio resuena con una advertencia viva: quien elimina la fe, elimina el alma.

CANAL VIDA
EL PERDÓN, INSTRUMENTO DE AMOR

El día en que los nazis los llevaron al paredón, uno de los sacerdotes polacos fue escuchado rezando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.


Ochenta años después, esas palabras vuelven a pronunciarse en voz de la Iglesia universal. Porque mientras haya quienes mueran por amor a Cristo, el mal nunca tendrá la última palabra.



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