Los Hermanos Que Murieron Juntos… y Cuyas Tumbas Lloraron Sangre
- Canal Vida

- 16 jun
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Fueron hermanos de sangre… y de martirio. Los santos Ferreolo y Ferrutio murieron por no negar su fe. Pero siglos después, algo en sus tumbas volvió a estremecer al mundo. ¿Milagro? ¿Advertencia? Descubrilo en este relato impactante.

Corría el siglo III. El Imperio Romano se tambaleaba entre crisis políticas, amenazas externas y un creciente temor al cristianismo. Fue en este contexto que dos hermanos, Ferreolo y Ferrutio, oriundos de Asia Menor, llegaron a la región de Besançon (actual Francia) como misioneros.
Habían sido enviados desde Lyon para llevar la luz del Evangelio a un pueblo que aún vivía bajo la sombra de los ídolos. A pesar de los peligros, no se ocultaron. Predicaban abiertamente, curaban enfermos, bautizaban a escondidas y construían pequeñas comunidades de fe.
EL PRECIO DE LA VERDAD
Pero la paz duró poco. Hacia el año 212, durante una ola de persecuciones ordenadas por el emperador Caracalla, los hermanos fueron capturados. No se les dio juicio. No hubo defensa. Su delito era creer en Cristo, y proclamarlo.
Fueron torturados brutalmente. Las crónicas hablan de azotes, cadenas, abandono en calabozos. Sin embargo, los relatos coinciden en un detalle estremecedor: ninguno de los dos renegó de su fe.

Ferrutio, el menor, era conocido por su voz dulce al rezar los salmos incluso en medio del dolor. Ferreolo, el mayor, sostenía el ánimo de los demás prisioneros.
Finalmente, ambos fueron decapitados a las afueras de Besançon. Sus cuerpos, abandonados, fueron recogidos en secreto por cristianos del lugar y enterrados juntos en una gruta.

LAS TUMBAS QUE SANGRABAN
Durante siglos, la tumba de los hermanos mártires fue lugar de peregrinación. Pero lo que transformó su historia en leyenda fue lo que ocurrió en los siglos posteriores: cada vez que la región enfrentaba una guerra, una peste o una amenaza, se decía que de sus tumbas manaba un líquido rojo. Algunos afirmaban que era sangre. Otros hablaban de un aceite milagroso. Pero el mensaje era claro: los hermanos aún cuidaban a su pueblo.

En 1580, una gran sequía azotó la región. El obispo ordenó abrir la cripta para rezar junto a las reliquias. Los presentes testificaron que un aroma dulzón invadió el lugar, y que del costado del sarcófago de Ferrutio brotó un hilo rojizo.
Cabe indicar que sus reliquias principales –huesos y fragmentos de cráneo– se conservan desde la Edad Media en la catedral de San Juan de Besanzón (Cathédrale Saint-Jean), en relicarios de plata y vidrio expuestos durante celebraciones solemnes. Además, otros restos menores se distribuyeron por diversas iglesias de la región, en especial durante el siglo XIX. Las crónicas aseguran que el aceite rojizo asociado a sus tumbas tenía propiedades curativas y fue cuidadosamente recogido por monjes locales.
Hoy, aunque el flujo de peregrinos disminuyó, el culto permanece vivo en Borgoña y en algunas regiones de Alemania y Suiza, donde los hermanos son invocados como protectores contra las enfermedades repentinas, la sed extrema y los desastres bélicos.

EL CULTO QUE SOBREVIVIÓ A LOS SIGLOS
La devoción a san Ferreolo y san Ferrutio se consolidó en Francia y parte de Suiza. En Besançon se les dedicó una basílica, destruida y reconstruida varias veces. Sus nombres fueron invocados durante las pestes medievales, las guerras napoleónicas y hasta la Segunda Guerra Mundial.
Cada 16 de junio, los fieles celebran su fiesta con procesiones, oraciones por la paz y pedidos de protección. Son considerados patronos contra las divisiones fraternas, las traiciones y las heridas que no cicatrizan.

EL SILENCIO QUE GRITA
Hoy, su historia está casi olvidada fuera de Europa. Pero su mensaje sigue siendo actual. Ferreolo y Ferrutio son ejemplo de unidad fraterna, de entrega silenciosa y de fidelidad hasta el final. No fundaron un monasterio. No escribieron tratados. No buscaron fama.
Murieron por lo que creían. Y, según los antiguos, su sangre sigue clamando cuando el mundo se aparta de Dios.
En tiempos donde la fe se vive a escondidas, su recuerdo es un grito silencioso: todavía hay quienes dan la vida por la verdad. Porque a veces, los hermanos que mueren juntos… se convierten en los únicos que pueden salvarnos.









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