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La Última Caricia de un Pueblo Roto: El Adiós Popular a Francisco en Santa María la Mayor

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 27 abr
  • 2 Min. de lectura
Miles de fieles inundaron Santa María la Mayor en una despedida estremecedora. Entre lágrimas, rezos y flores, el pueblo rindió tributo eterno a Francisco. Los cardenales, de rodillas ante su tumba, sellaron un homenaje que quedará grabado en la historia.
Papa
Un adiós interminable. Esperas de hasta cuatro horas para honrar al Papa en su última morada.

Desde el amanecer, una multitud incontenible desbordó la colina del Esquilino. Más de 20.000 corazones formaron una marea humana para despedir al Papa Francisco en Santa María la Mayor, donde reposa su cuerpo bajo un mármol blanco.


Papa
Un pueblo que ya lo extraña.

Entre la gente, emergió una figura emblemática: Carmelina Mancuso, la eterna “señora de las flores amarillas”. Con los ojos bañados en lágrimas y un ramo apretado en sus manos, cruzó el cordón de seguridad que hasta la rigidez vaticana no pudo sostener. Se acercó a la tumba, colocó sus flores y, en un gesto cargado de amor y dolor, acarició con la mirada el nombre "Franciscus" grabado en piedra.

Pedro Kriskovich
UNA BASÍLICA LLENA DE AMOR Y REZOS

El flujo de fieles no cesaba. Cada paso, cada oración, era un latido compartido. No era un silencio de muerte: era un clamor de vida. Niños, ancianos, inmigrantes, madres jóvenes, todos repetían un mismo susurro: "Gracias, Francisco". La Basílica se transformó en un río de fe, donde la tristeza se mezcló con la esperanza, como Francisco lo enseñó.


Mancuso
Carmelina, la señora de las rosas amarillas, emocionada frente a la tumba del Papa que siempre acompañó con una flor o con su presencia en una audiencia o rezando en el Hospital Gemelli.
EL HOMENAJE DE LOS CARDENALES

Al caer la tarde, los más de 110 purpurados llegados de todo el mundo rindieron homenaje. Uno a uno, algunos arrodillados, otros persignándose con lágrimas contenidas, desfilaron ante la tumba.


Papa

Las Segundas Vísperas, presididas por el cardenal Rolanda Makrickas, cubrieron de canto y oración el aire espeso de emoción. Desde la Salus Populi Romani, el icono mariano que Francisco visitaba antes y después de cada misión, los cardenales encomendaron el alma de quien supo ser "pastor con olor a oveja".


papa

Francisco partió, pero su pueblo, de rodillas y de pie, prometió caminar para siempre tras sus pasos.

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