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La Señal que Aparece Cuando la Fe se Vuelve Costumbre

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 2 horas
  • 3 Min. de lectura
Ir a misa, rezar y cumplir no siempre significa creer de verdad. Cuando la fe se vuelve costumbre, algo se apaga por dentro. No es pecado, pero sí una señal espiritual que muchos ignoran… hasta que el vacío empieza a doler.
Cuando la fe se vuelve costumbre
Cuando la fe se vuelve costumbre, el cuerpo está en la iglesia… pero el corazón ya no escucha.

Hay un momento —silencioso, casi imperceptible— en el que la fe deja de ser encuentro y empieza a convertirse en hábito. No hay escándalo. No hay ruptura. Nadie “deja” la Iglesia. Todo sigue igual por fuera. Pero por dentro, algo se apaga. Esa es la señal: cuando la fe se vuelve costumbre.


No hablamos de pecado. No hablamos de abandono. Hablamos de una transformación sutil que muchos creyentes atraviesan sin darse cuenta: seguir yendo, seguir rezando, seguir cumpliendo… pero sin esperar nada. Cuando la fe ya no sorprende, no incomoda, no despierta preguntas, se vuelve un gesto repetido. Correcto. Ordenado. Vacío.









Ir “por cumplir”: la señal más común

La señal más visible aparece los domingos. Personas que llegan a misa como quien marca asistencia. Se sientan siempre en el mismo lugar. Responden las oraciones con precisión. Se levantan, se sientan, comulgan. Todo está en regla. Pero el corazón no se mueve.


No hay expectativa. No hay escucha real. No hay riesgo interior. La misa deja de ser un acontecimiento para convertirse en una rutina. Y cuando la fe se vuelve costumbre, el alma entra en modo automático.


Muchos dicen: “Voy porque siempre fui”, “Voy para no perder la costumbre”, “Voy por las dudas”. No es mala intención. Es algo más peligroso: la fe reducida a un hábito social o cultural.


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Cuando Dios ya no sorprende

Otra señal aparece cuando Dios deja de sorprender. Cuando ya creemos saber todo lo que va a decir. Cuando el Evangelio “ya lo escuchamos mil veces”. Cuando una homilía no molesta ni consuela: simplemente pasa.


La fe viva siempre tiene algo de riesgo. Algo que desarma. Algo que incomoda. Cuando eso desaparece, cuando todo es previsible, la relación con Dios empieza a parecerse más a un trámite que a un encuentro.


La costumbre anestesia. No hace ruido. No duele. Pero va vaciando.









Rezar sin esperar respuesta

También se nota en la oración. Se reza, sí. Pero sin esperar nada. Palabras que salen de memoria, fórmulas repetidas sin tensión interior. Oraciones dichas “porque hay que decirlas”, no porque se necesiten.


Cuando la fe está viva, la oración tiene urgencia. Tiene hambre. Tiene incluso torpeza. Cuando la fe se vuelve costumbre, la oración se vuelve correcta… y distante.


No es que Dios no escuche. Es que el corazón dejó de hablar de verdad.


Pedro Kriskovich

La fe como objeto del pasado

Otra señal inquietante: cuando la fe se convierte en recuerdo. “Antes sentía”, “Antes me emocionaba”, “Antes tenía más fe”. El creyente sigue estando, pero vive espiritualmente del pasado.


La fe no es un museo. No es una herencia que se conserva intacta sin tocarla. Es una relación viva. Y toda relación que no se cultiva, se enfría.



No escandaliza, pero alerta

Esto no escandaliza. No genera titulares. No provoca debates. Justamente por eso es peligroso. Porque la fe-costumbre no hace ruido. No rompe nada. Simplemente se apaga despacio.


No es pecado mortal. No es traición. Es una alerta espiritual. Una luz amarilla que avisa: algo esencial se está perdiendo.



El Evangelio como espejo incómodo

El Evangelio nunca fue pensado para ser solo “correcto”. Siempre fue incómodo. Cuando deja de incomodar, algo falla. Jesús no llamó a “cumplidores”, llamó a discípulos. Y el discípulo no vive de la costumbre, sino del encuentro.


La fe auténtica siempre tiene algo de temblor. Algo de pregunta sin respuesta. Algo de silencio que duele y atrae al mismo tiempo.



Volver al asombro

La salida no es abandonar, sino volver a mirar. Volver a escuchar como si fuera la primera vez. Volver a entrar a la iglesia no “porque toca”, sino porque se necesita. Volver a rezar sin fórmulas, aunque sea con torpeza.


La fe no muere cuando se duda. Muere cuando se da por sentada.


Si alguna vez sentís que todo sigue igual, pero algo adentro está apagado, prestá atención. No es condena. Es invitación. Porque cuando la fe se vuelve costumbre, todavía hay tiempo de volver a convertirla en encuentro.

La Señal que Aparece Cuando la Fe se Vuelve Costumbre

La Señal que Aparece Cuando la Fe se Vuelve Costumbre


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