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La Reina que Encontró la Cruz que Cambió la Historia

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 3 may
  • 4 Min. de lectura
La historia de la Cruz de Cristo no terminó en el Calvario. Comenzó una travesía de milagros, batallas y visiones que involucró a emperadores, reinas y mártires. El hallazgo de la Vera Cruz por Santa Elena en el siglo IV marcó un antes y un después en la fe cristiana. Hoy, 3 de mayo, revivimos esa gesta sagrada… con un giro inesperado: una astilla de aquella cruz está en Paraguay. Esta es la historia del madero que cambió al mundo… y sigue hablándole a los corazones.
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La cruz de Cristo.

Era el año 320. El Imperio Romano comenzaba a inclinar su balanza hacia el cristianismo. En medio de ese cambio de era, una mujer, la emperatriz Elena de Constantinopla, se lanzó a una búsqueda que parecería más propia de un mito: encontrar la Cruz verdadera, el madero en el que habría muerto Jesucristo. Y lo logró.


El hallazgo se produjo en Jerusalén. Según la tradición, Elena no solo encontró el lugar exacto del Gólgota, sino que reconoció la verdadera cruz entre otras dos gracias a un milagro: una mujer enferma tocó una de ellas y sanó instantáneamente. Ahí estaba: la Vera Cruz. Desde entonces, la historia del cristianismo ya no sería la misma.

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BÁSILICA, CONQUISTA Y RESCATE

Elena y su hijo, el emperador Constantino, mandaron construir en ese lugar la majestuosa basílica del Santo Sepulcro. Pero la paz duraría poco. En el 614, el rey Cosroes II de Persia invadió Jerusalén, profanó el templo y se llevó la Cruz como trofeo. La colocó debajo de su trono en señal de burla.


Fue recobrada en 628 por el emperador Heraclio, quien la devolvió a Jerusalén en una ceremonia solemne, cargándola él mismo por las calles. La Cruz había sido redimida, como un anticipo de la victoria de Cristo sobre la muerte.


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Heraclio ingresa con la cruz de Cristo.
UNA FIESTA QUE CRUZA SIGLOS

Desde entonces, el 3 de mayo se celebra la Invención de la Santa Cruz en la tradición católica. Y el 14 de septiembre, la Exaltación de la Santa Cruz. En muchos pueblos de América Latina, esta fiesta se entrelaza con la cultura local: danzas, procesiones, altares floridos, música y rezos. La Cruz se convierte en bandera de esperanza.



LA CRUZ QUE LLORÓ POR EL MUNDO

A lo largo de la historia, surgieron fragmentos de esa cruz que se repartieron por Europa y América. A estas pequeñas astillas se las conoce como Lignum Crucis. Algunas lloraron, otras sangraron. Una, incluso, ardió sin consumirse durante la invasión napoleónica. Son reliquias vivas, testigos de un sacrificio eterno. Y una de ellas está en Paraguay.

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UNA ASTILLA EN EL CORAZÓN DE AMÉRICA

En el Museo Juan Sinforiano Bogarín, en Asunción, se conserva un fragmento auténtico de la Cruz de Cristo. La devoción a esta reliquia crece año a año. Peregrinos, curiosos y creyentes se acercan movidos por la fe o el asombro. Muchos relatan milagros, conversiones, y curaciones frente a esta astilla que parece sangrar con el alma del pueblo.


Durante la Semana Santa, miles de fieles la veneran. Y no pocos afirman haber sentido una paz inexplicable al estar ante ella. No es superstición: es misterio. Es memoria viva de un Dios que no bajó de la Cruz.


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La reliquia de la cruz de Cristo en Paraguay.
EL ESCÁNDOLO DE LA CRUZ

La Cruz escandaliza. San Pablo lo dijo. La Cruz es locura para muchos. Pero es el idioma de Dios. No habría cristianismo sin Cruz. La Resurrección es gloriosa, pero la Cruz es el camino. Nadie quiere sufrimiento. Pero el Hijo de Dios eligió sufrir por amor.


Jesús no explicó el dolor. Lo abrazó. No vino a eliminar el sufrimiento del mundo, vino a llenarlo de sentido. La Cruz es amor clavado. Es redención. Es solidaridad divina con los que lloran, con los que cargan cruces hoy.


El que no sufre, queda inmaduro. El que lo acepta, se santifica. "Sube a mi cruz", decía Jesús a san Juan de la Cruz. "Yo no he bajado de ella todavía".

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ASTILLAS QUE ENCIENDEN EL ALMA

En Paraguay, esa pequeña astilla brilla como fuego invisible. Es una gota del madero del Calvario, pero arde como llama eterna. Ahí está, silente, en el museo de una ciudad tranquila. Pero el Cielo la mira. Y también los que tienen fe.


Es un llamado a no vivir una fe cómoda. A no endulzar el Evangelio. A no bajarse de la Cruz cuando se hace pesada. Porque la Cruz pesa, pero salva.

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SANTA ELENA, LA VISIONARIA

Ella fue madre de emperador. Pero se hizo madre de la fe. Fue peregrina cuando nadie lo era. Buscadora cuando otros huían. Vio la Cruz, la reconoció, y la levantó al mundo. No fundó imperios: fundó devoción.


Hoy, su legado está vivo. En cada cruz del mundo. En cada astilla que sangra. En cada alma que sufre con fe. Porque hay una verdad que no se puede callar: “¡La Cruz salva! Y lo hace, no con poder, sino con amor sangrante. Con madera y clavos. Con llanto y fidelidad”.


El 3 de mayo no es una fecha más. Es la memoria de un hallazgo que marcó el calendario eterno. De una mujer que se animó a buscar lo que nadie se atrevía. Y de un Dios que no bajó de la Cruz… porque allí nos esperó a todos.

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