La Oración que Casi Nadie Reza el 31… y que la Iglesia Recomienda
- Canal Vida

- 31 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Mientras el mundo brinda, la Iglesia propone una oración casi olvidada que puede cambiar tu año. No es larga, no es mágica… pero toca lo más profundo del alma. Pocos la rezan. Y eso lo cambia todo.

Mientras el mundo se prepara para brindar, contar los segundos y celebrar el cambio de calendario, hay un gesto silencioso que casi nadie hace… y que la Iglesia, desde hace siglos, recomienda profundamente. No aparece en los festejos. No se enseña en la escuela. No suele estar en las redes. Pero tiene un poder espiritual enorme: la oración de cierre del año.
No es una fórmula mágica. No es superstición. No es una tradición vacía.
Es, según la espiritualidad cristiana, el acto más importante que una persona puede hacer antes de comenzar un nuevo año.
El momento que casi todos ignoran
El 31 de diciembre no es solo el final de un calendario. Para la Iglesia, es un umbral espiritual. Un momento en el que la historia personal se encuentra con la eternidad.
Por eso, desde los primeros siglos del cristianismo, se reza el Te Deum, una oración de acción de gracias que reconoce algo fundamental: nada de lo vivido fue casualidad.
El problema es que hoy casi nadie se detiene a mirar el año con honestidad. Se brindan los logros, se esconden las caídas, se tapa el dolor con ruido.
Pero el alma —aunque nadie la escuche— sabe que necesita algo más.

El examen que incomoda (pero libera)
La Iglesia propone algo simple y profundo: un breve examen de conciencia antes de que termine el año.
No para castigarse. No para culparse. Sino para ordenar el corazón.
Preguntas que casi nadie quiere hacerse, pero que sanan:
¿A quién herí y no pedí perdón?
¿A quién debí amar más y no lo hice?
¿En qué me alejé de Dios este año?
¿Qué me robó la paz?
¿Qué gracia no supe agradecer?
Este examen no busca generar culpa, sino verdad interior. Y la verdad —aunque duela— libera.
La oración que la Iglesia recomienda (y casi nadie reza)
No es larga. No es complicada. Pero es profunda:
“Señor, te doy gracias por todo lo que viví este año: por lo bueno y por lo difícil. Perdona mis errores, sana mis heridas, y recibe lo que no supe hacer bien. Pongo en tus manos el año que comienza. Guíame. No me sueltes. Confío en Ti.”
Eso es todo.
No hay fórmulas mágicas. No hay promesas vacías. Solo un corazón que se entrega.
El poder espiritual de agradecer
El Papa León XIV lo recordó en su mensaje de fin de año: Dios ama esperar con el corazón de los pequeños.
Es decir, con un corazón que confía, que reconoce su fragilidad y que no pretende controlarlo todo.
Agradecer —incluso por lo que dolió— cambia la manera de empezar el año. Porque cuando uno agradece, deja de pelear con el pasado y se abre a la gracia.
Y eso, espiritualmente, lo cambia todo.
Entregar el año nuevo: el gesto que marca la diferencia
La tradición cristiana enseña algo muy concreto: el año no se “estrena”, se entrega.
Entregar el año a Dios significa decir:
“No sé qué vendrá, pero confío”.
“No controlo el futuro, pero no camino solo”.
“No todo será fácil, pero no tengo miedo”.
Es un acto pequeño… pero poderoso.
Muchos santos enseñaban que quien comienza el año en oración, camina distinto los meses siguientes.
No porque no tenga problemas. Sino porque no los enfrenta solo.

Un cierre que es un comienzo
Mientras el mundo mira el reloj, la fe invita a mirar el corazón. Mientras suenan los fuegos artificiales, el alma puede hacer silencio. Y mientras todos desean “feliz año”, hay una oración que dice algo más profundo: “Señor, quédate conmigo. Eso me basta”.
Porque a veces, la oración más sencilla…es la que más cambia la vida.
La Oración que Casi Nadie Reza el 31… y que la Iglesia Recomienda
La Oración que Casi Nadie Reza el 31… y que la Iglesia Recomienda









Comentarios