LA MONJA QUE HABLABA CON JESÚS Y EL DIABLO A LA VEZ
- Canal Vida

- 5 oct
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Santa Faustina Kowalska, la mujer que vio los dos rostros del mundo invisible.

En una celda silenciosa del convento de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, en Cracovia, una joven monja de mirada serena y voz temblorosa comenzó a escribir lo que ningún ser humano se atrevería. No eran pensamientos suyos, decía. Eran palabras que escuchaba dentro del alma. Y no venían todas del mismo lugar.
Algunas veces la visitaba Cristo, con un resplandor que no la cegaba sino que la consumía en paz. Otras veces, la sombra tomaba forma, y el aire se volvía pesado: el demonio mismo se le aparecía, burlándose, atacándola, exigiéndole silencio. Su nombre era Faustina Kowalska, y su historia no es la de una simple religiosa, sino la de una mujer que habló con el Cielo… y resistió al Infierno.
UN LLAMADO DESDE EL MISTERIO
Nació en 1905, en una familia campesina polaca. No tenía riquezas, ni estudios, ni influencias. Solo una voz interior que desde niña le pedía: “Ve al convento”. Sus padres se negaban. Pero un baile cambió su destino: mientras danzaba, tuvo una visión de Cristo flagelado, cubierto de sangre. Esa noche escapó de su casa, sin dinero ni permiso, y viajó a Varsovia.
Golpeó puerta tras puerta hasta que fue aceptada en el convento de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia. Allí comenzó su vida oculta: oraciones, limpieza, cocina, silencio.
Pero en el silencio, Dios le hablaba. “Pinta una imagen según el modelo que ves, con la inscripción: Jesús, en Ti confío”, le ordenó una noche una voz que no era de este mundo. Faustina tembló. No sabía dibujar, no comprendía por qué se lo pedía a ella. Y entonces comenzó el gran misterio: las visiones de la Divina Misericordia.

EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA
En 1931, Cristo se le apareció vestido de blanco, con una mano levantada en bendición y la otra tocando su pecho, del cual brotaban dos rayos, uno rojo y otro pálido: sangre y agua. “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. Defiendo como mi gloria la misericordia de mi corazón”, le dijo.
El cuadro fue pintado por el artista Eugeniusz Kazimirowski bajo su dirección. Ella lloraba mientras lo describía: “No es tan hermoso como el que vi con mis ojos del alma…”
Lo que nadie imaginaba era que aquella pintura se convertiría en uno de los íconos más venerados del mundo, símbolo de esperanza para millones de personas. Desde Polonia hasta Filipinas, desde México hasta Paraguay, la Imagen de la Divina Misericordia es hoy una bandera espiritual contra la desesperación.
EL INFIERNO EXISTE… Y ELLA LO VIO
Pero no todo en la vida de Faustina fue luz. Las mismas puertas que se abrían hacia el Cielo se abrían también hacia el abismo. El demonio la perseguía, le hablaba, la empujaba, le gritaba. Testimonios de sus hermanas relatan cómo la encontraban arrodillada, exhausta, con marcas inexplicables. Y entonces, una noche, Dios la llevó al Infierno.
Ella misma lo escribió en su Diario, ese testamento místico que conmueve hasta la actualidad: “Hoy fui llevada por un ángel al abismo del Infierno. Es un lugar de grandes tormentos. Vi la pérdida de almas sin fin, vi el odio hacia Dios y el sufrimiento sin esperanza. Si los pecadores lo vieran, cambiarían de vida en un instante”.
Faustina no fue al Infierno para temer. Fue para advertir. Su voz se convirtió en una trompeta celestial que denuncia el olvido del alma. Y su misión, en una súplica urgente al mundo: “Jesús, en Ti confío”.

GUERRA EN EL ALMA
Mientras Polonia se hundía en la oscuridad de los años treinta, Faustina libraba su propia batalla interior. Enferma de tuberculosis, con fiebre y visiones, era incomprendida incluso dentro de su convento.
Algunas hermanas creían que deliraba; otras la evitaban. Solo su confesor, el padre Michał Sopoćko, entendió la magnitud del mensaje. Fue él quien difundió la devoción y publicó el Diario, que años más tarde sería llamado “El Evangelio de la Misericordia”.
Faustina murió el 5 de octubre de 1938, con apenas 33 años. Sus últimas palabras fueron un suspiro: “Jesús, te amo…”.
EL LEGADO DE UNA MUJER INCOMPRENDIDA
Pasaron décadas hasta que su voz fue escuchada. Durante la ocupación nazi, el cuadro de la Divina Misericordia fue escondido. Luego, en tiempos del comunismo, fue prohibido. Pero las imágenes siguieron multiplicándose clandestinamente. Y un joven sacerdote polaco, Karol Wojtyła, que había leído su Diario, llevaría su mensaje hasta el corazón del Vaticano.
Convertido en Juan Pablo II, aquel sacerdote canonizó a Faustina el 30 de abril del año 2000 y declaró el Domingo de la Divina Misericordia, el primer domingo después de Pascua, como fiesta universal.“Esta es la chispa que saldrá de Polonia y preparará al mundo para la Segunda Venida de Cristo”, dijo el Papa con voz quebrada.

LOS MILAGROS QUE NO CESA
Desde su canonización, miles de testimonios recorren el planeta: enfermos que sanan, adictos que dejan sus vicios, presos que lloran al ver la imagen, familias que se reconcilian tras rezar la Coronilla.
En Filipinas, una mujer declaró haber visto la luz del cuadro moverse sobre su hijo en coma, que esa misma noche abrió los ojos. En México, una cárcel organizó una capilla improvisada con su imagen, y la violencia bajó casi por completo. En Paraguay, cada Viernes Santo, multitudes recorren templos llevando su retrato como si cargaran el rostro mismo de la esperanza.
La Divina Misericordia se volvió una fuerza viva.
EL DIÁLOGO ENTRE CIELO Y ABISMO
Santa Faustina vivió una tensión que pocos podrían resistir: escuchar la voz de Dios… y, a la vez, sentir el aliento del enemigo. “Las tinieblas me rodean —escribió—, pero sé que la luz es más fuerte. Aunque el demonio me grite que soy indigna, mi alma sabe que Jesús no miente”.
Este testimonio no pertenece solo a una época mística. Es un espejo de lo que el mundo actual vive: el combate entre el amor y la desesperanza, entre el ego y la misericordia, entre la luz y el ruido. Faustina entendió que el mayor milagro no es ver visiones, sino creer cuando todo parece perdido.

EL ROSTRO QUE CAMBIÓ AL MUNDO
El cuadro que un día fue pintado en secreto se reproduce hoy en millones de hogares. Algunos lo tienen en el living, otros lo guardan en el celular. No importa el formato: cada imagen es una oración silenciosa.
Los rayos que brotan del pecho de Cristo —rojo y blanco— simbolizan la sangre y el agua que brotaron de su costado. Son la pureza y la redención. Faustina decía que cada rayo es una oportunidad para volver a Dios.
Juan Pablo II lo entendió mejor que nadie: “En la Divina Misericordia —dijo—, el mundo encontrará la paz y el hombre encontrará la felicidad.”
EL CIELO HABLA A TRAVÉS DE LOS HUMILDES
Santa Faustina nunca buscó fama. Fue una monja silenciosa, desconocida, enferma, ignorada. Pero precisamente por eso fue elegida. Dios suele hablar por las bocas que el mundo no escucha.
Su Diario, escrito con faltas de ortografía y lágrimas, hoy se traduce a más de 30 idiomas. Y su tumba, en el santuario de la Divina Misericordia en Cracovia, recibe peregrinos que llegan de los cinco continentes.
Cada 5 de octubre, miles repiten su súplica: “Jesús, en Ti confío”.

UN GRITO CONTRA LA DESESPERANZA
En tiempos donde el mundo parece rendirse al odio, Faustina Kowalska sigue siendo la voz que advierte y consuela. El Cielo le permitió ver el Infierno… para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. Y su mensaje sigue vigente: ningún pecado es tan grande como la Misericordia de Dios.
Su vida fue un puente entre dos realidades invisibles: el resplandor y la sombra. Habló con Jesús y con el Diablo. Y eligió escuchar al Amor.









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