¿ESTAMOS PERDIENDO EL SENTIDO DE LO SAGRADO?
- Canal Vida
- hace 2 horas
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Profanaciones, ruido en los templos y banalización del altar: algo está cambiando en nuestra relación con lo sagrado. ¿Estamos perdiendo el asombro ante Dios? Una alerta cultural que incomoda… y obliga a mirar hacia adentro.

Hay algo que se está rompiendo. Y no es un muro. No es una estructura de piedra. Es algo más profundo, más invisible… más grave.
En los últimos años se multiplicaron las noticias de templos vandalizados, imágenes destruidas, altares profanados y sagrarios violentados. Pero la herida no termina ahí. Hay otra forma de profanación más silenciosa, más cotidiana, que casi no denunciamos: la banalización de lo sagrado.
¿Estamos dejando de percibir que una iglesia no es un salón más?
PROFANACIONES QUE DUELEN
Las imágenes de hostias consagradas tiradas al suelo, tabernáculos forzados o grafitis en paredes centenarias estremecen. No solo por el daño material. Sino porque tocan el corazón de la fe: el lugar donde millones de personas creen que habita la Presencia Real de Cristo.
Cuando un templo es atacado, no es solo una noticia policial. Es una señal cultural.
Es el síntoma de una sociedad que ya no comprende —o no quiere comprender— que hay espacios destinados exclusivamente al encuentro con Dios.
Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué ocurre cuando la falta de reverencia no viene de afuera… sino de adentro?
EL TEMPLO COMO ESCENARIO
En muchas parroquias el silencio es cada vez más raro. Conversaciones en voz alta, celulares encendidos, selfies frente al altar, aplausos que reemplazan la adoración.
La misa convertida en espectáculo. El templo convertido en sala de eventos.
No se trata de nostalgia. Se trata de conciencia.
Durante siglos, el silencio en las iglesias no era una formalidad. Era una pedagogía espiritual. Enseñaba que se estaba ante algo infinitamente mayor.
Hoy, en cambio, parece que necesitamos llenar cada espacio de ruido. Como si el silencio nos incomodara. Como si temiésemos lo que puede surgir cuando callamos.

LA PÉRDIDA DEL ASOMBRO
El filósofo Romano Guardini advertía que la crisis moderna no era solo moral, sino espiritual: el hombre dejó de asombrarse. Y sin asombro no hay adoración.
Cuando el sagrario se vuelve “un objeto más”, cuando el altar se percibe como un simple mueble, cuando el templo es tratado como un lugar neutro, estamos ante una transformación profunda de la cultura.
No es solo un problema litúrgico. Es antropológico. Porque si nada es sagrado… entonces todo es utilitario.
ENTRE LA LIBERTAD Y LA IRREVERENCIA
Algunos dirán que la informalidad es signo de cercanía. Que Dios no necesita solemnidades. Que la espontaneidad es auténtica.
Pero hay una diferencia entre cercanía y trivialización.
El Evangelio muestra a Jesús cercano… pero también vemos a Moisés descalzándose ante la zarza ardiente. Vemos a Isaías cubriéndose el rostro ante la gloria divina. Vemos a Pedro cayendo de rodillas ante el milagro.
La experiencia de Dios siempre produjo reverencia.
Cuando esa reverencia desaparece, algo se altera en nuestra percepción de lo trascendente.
UNA SOCIEDAD SIN LÍMITES SAGRADOS
El debate no es solo eclesial. Es cultural. Cuando lo sagrado se diluye en el templo, también se diluye en la vida. La familia pierde su carácter inviolable. La vida humana se relativiza. La verdad se negocia. El cuerpo se cosifica.
Lo sagrado funciona como frontera invisible. Cuando esa frontera cae, todo se vuelve discutible.
Por eso el tema incomoda. Porque no se trata solo de modales dentro de una iglesia. Se trata del corazón de nuestra civilización.
¿HAY VUELTA ATRÁS?
La buena noticia es que el sentido de lo sagrado no muere: se adormece.
Basta entrar a una capilla en silencio, arrodillarse unos minutos, apagar el celular y dejar que el espacio hable. El templo tiene una pedagogía que todavía respira. La arquitectura, la luz, el incienso, el eco… todo está diseñado para elevar.
Pero requiere disposición interior.
Recuperar el sentido de lo sagrado no es volver al pasado. Es recuperar la conciencia de que hay realidades que no se manipulan, no se trivializan y no se consumen.
UNA PREGUNTA INCÓMODA
Tal vez el verdadero debate no sea si el mundo perdió lo sagrado. Tal vez la pregunta sea: ¿yo lo perdí?
¿Entro al templo como quien entra a cualquier edificio?¿Me arrodillo con conciencia?¿Guardo silencio?¿Enseño a mis hijos que allí habita Algo —o Alguien— infinitamente mayor?
La cultura no cambia con decretos. Cambia con gestos.
Un silencio recuperado. Una genuflexión hecha con intención. Una conversación postergada hasta salir del templo. Pequeños actos que reconstruyen lo invisible.
Porque cuando el hombre pierde el sentido de lo sagrado… no solo pierde un rito. Pierde la brújula.
Y quizás esta alerta no sea un grito de alarma exagerado, sino una invitación urgente: volver a mirar el altar con asombro. Antes de que el ruido lo cubra todo.
¿ESTAMOS PERDIENDO EL SENTIDO DE LO SAGRADO?
¿ESTAMOS PERDIENDO EL SENTIDO DE LO SAGRADO?





