top of page

El Santo que Sobrevivió a su Ejecución… y Volvió para Enfrentar al Emperador

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 20 ene
  • 3 Min. de lectura
San Sebastián no murió cuando todos lo creyeron. Sobrevivió a su ejecución, sanó en silencio y tomó una decisión imposible de entender: volver. Esta es la historia del santo que eligió enfrentar al poder sabiendo que lo matarían.
San Sebastián
San Sebastián no murió donde debía. Acribillado por flechas y dado por muerto, sobrevivió en silencio. Y cuando todos creían que había desaparecido, regresó para enfrentar al emperador, sabiendo que esta vez no habría salvación. Su cuerpo herido se volvió desafío y su fe, una acusación viva contra el poder.

Hay santos que mueren una vez. Y hay otros que, misteriosamente, eligen morir dos veces.

San Sebastián (255-287) pertenece a ese segundo grupo inquietante. No porque buscara el martirio, sino porque cuando la muerte lo dejó con vida, volvió a ofrecerse. Y eso incomoda. Mucho.


La escena es conocida solo a medias: un soldado romano, atravesado por flechas, atado a un tronco, dado por muerto. Pero lo que casi nadie recuerda —o prefiere olvidar— es que no murió allí. Su cuerpo quedó herido, sangrante, casi sin vida… pero no muerto.


Y ahí comienza la parte más perturbadora de su historia.









El martirio que no funcionó

Sebastián no era un cristiano anónimo. Era capitán de la guardia imperial, hombre de confianza del emperador Diocleciano, uno de los perseguidores más feroces de la Iglesia naciente. Su fe era un secreto peligroso, y cuando fue descubierta, la condena fue inmediata.

La orden fue clara: ejecución pública, ejemplar, sin palabras, sin juicio. Flechas. Muchas. Que el cuerpo hablara por sí solo.


Y así fue.


Las flechas atravesaron su carne hasta cubrirlo de heridas. Los verdugos cumplieron. El imperio quedó satisfecho. El cuerpo fue abandonado, convencidos de que nadie podía sobrevivir a eso... Pero Sebastián respiraba.


casa betania

El cuerpo que volvió del umbral

Una mujer, Irene, lo encontró aún con vida. Lo desató. Lo curó. Lo escondió. Durante días, Sebastián permaneció entre la vida y la muerte. Cada respiración era una victoria silenciosa. Cada herida cerrada, un desafío.


Cualquier lógica humana indicaría que, al recuperarse, debía huir. Desaparecer. Agradecer el milagro y no tentar nuevamente al poder.


Pero San Sebastián hizo lo contrario.









Volver sabiendo que esta vez no habría escape

Cuando estuvo lo suficientemente fuerte, Sebastián volvió a presentarse ante el emperador. No armado. No escondido. No pidiendo clemencia.


Volvió para hablar. Volvió para denunciar la persecución. Volvió para decirle al poder que estaba equivocado. Volvió para recordarle que matar cuerpos no apaga la verdad.


No fue un acto impulsivo. Fue una decisión consciente. Sabía que esta vez no saldría con vida. No había flechas que fallaran dos veces. No habría milagro visible. Solo muerte.

Y aun así, volvió.



El martirio definitivo

La reacción de Diocleciano fue brutal. No hubo juicio. No hubo diálogo. El emperador no podía tolerar que un hombre que ya había sido ejecutado regresara vivo y libre a enfrentarlo.

La orden fue inmediata: muerte total. Sin símbolos. Sin imágenes heroicas. Golpes. Hasta el final.


El cuerpo de Sebastián fue destrozado y arrojado como basura. Así debía terminar la historia, según el imperio. Pero no terminó ahí.



La fe sin cálculo

Lo que hace único a san Sebastián no es solo que sobrevivió a su ejecución. Es que no interpretó su salvación como un permiso para cuidarse, sino como una llamada a entregarse del todo.


Su fe no fue estratégica. No fue prudente. No fue negociable. Fue una fe sin cálculo.


Sebastián no midió riesgos. No pensó en su reputación. No buscó preservar su vida como trofeo del milagro. Volvió porque su conciencia lo exigía, aunque eso significara morir de la peor manera.


Por eso su figura sigue inquietando siglos después.


Pedro Kriskovich

Un santo incómodo para todos los tiempos

San Sebastián no encaja en una fe cómoda. No sirve para justificar el silencio frente a la injusticia. No avala el cristianismo discreto que no molesta a nadie.


Su historia plantea una pregunta que sigue doliendo: ¿qué hacemos cuando la fe nos devuelve la vida… pero nos pide entregarla de nuevo?


San Sebastián no fue solo un mártir. Fue un testigo que regresó del borde de la muerte para incomodar al poder, sabiendo que no habría segunda oportunidad.


Y por eso, cada 20 de enero, su memoria no celebra solo el martirio, sino algo más inquietante todavía: la valentía de quien, pudiendo salvarse, eligió no callar.


Porque hay flechas que no matan. Pero hay verdades que el poder nunca perdona.

El Santo que Sobrevivió a su Ejecución… y Volvió para Enfrentar al Emperador

El Santo que Sobrevivió a su Ejecución… y Volvió para Enfrentar al Emperador

📖También te puede interesar:

Comentarios


bottom of page