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Don Bosco y los Jóvenes que Iban Camino al Infierno (y Nadie Quería Escuchar)

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 23 minutos
  • 3 Min. de lectura
Amó como pocos a los jóvenes, pero no les ocultó la verdad más dura. san Juan Bosco habló del pecado, del Infierno y de la salvación cuando nadie quería escuchar. Misericordia real, sin maquillaje ni permisos falsos.
Don Bosco
Don Bosco, en silencio y mirada firme —pero tierna—, parece advertir sin alzar la voz: educar es amar, pero también corregir; escuchar, pero no callar cuando el alma de un joven está en juego.

Don Bosco (1815-1888) es recordado como el santo de los jóvenes, el educador paciente, el sacerdote de la sonrisa y el juego. Pero detrás de esa imagen amable hay una faceta que hoy muchos prefieren silenciar: hablaba del pecado, del Infierno y de la condenación eterna con una claridad que desarma. No por dureza, sino por amor. No para asustar, sino para salvar.


En una época sin redes sociales ni anestesia espiritual, entendía algo esencial: callar la verdad también puede condenar.









Un amor que no negociaba la verdad

Juan amaba profundamente a los jóvenes pobres, abandonados, delincuentes, huérfanos y marginados de la Turín del siglo XIX. Vivía con ellos, comía con ellos, jugaba con ellos. Pero nunca les mintió sobre las consecuencias del pecado.


Para él, la misericordia no era permisividad. Era una mano firme que levantaba, no una palmada que dejaba caer. Decía con claridad que el pecado grave rompe la amistad con Dios, que el alma no es inmortal “por inercia”, y que la salvación no es automática.

Hoy suena fuerte. En su tiempo también lo era. Pero sus frutos hablan.


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Los sueños que no dejaban dormir

Tuvo numerosos sueños proféticos, documentados por testigos y por sus propios escritos. En muchos de ellos veía a jóvenes que había acompañado… perdiéndose. No como castigo arbitrario, sino como consecuencia de una vida desordenada, sin conversión, sin confesión, sin Dios.


En algunos sueños, relató visiones del Infierno: jóvenes atrapados no por monstruos, sino por sus propias decisiones. El mensaje se repetía: “Creyeron que no pasaba nada”.


Después de contar estos sueños —siempre con prudencia— muchos jóvenes cambiaban de vida, se confesaban, volvían a la oración y al estudio. No huían de Don Bosco. Se quedaban.



Misericordia sin anestesia espiritual

Jamás humilló a un joven por su pecado. Pero tampoco lo justificó. Enseñaba que Dios perdona siempre, pero que el perdón exige arrepentimiento real. Advertía que vivir como si Dios no existiera era un engaño peligroso.


Su famosa pedagogía se apoyaba en tres pilares: razón, religión y amor. La religión no era decorativa. Era central. Y el amor, lejos de ser blando, era exigente.

“Prefiero un joven que tiemble ante el pecado —decía— antes que uno que se ría de él”.


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El Infierno no era su obsesión… era su advertencia

No predicaba el Infierno todos los días. Pero no lo negaba. Sabía que una fe sin consecuencias se vuelve teatro. Para él, el Infierno no era una herramienta de control, sino una realidad que Cristo mismo había revelado.


Y aquí está la clave incómoda para hoy: Don Bosco confiaba tanto en el amor de Dios que no necesitaba mentir sobre la justicia. Sabía que esconder la verdad no hacía a Dios más bueno, sino a los hombres más frágiles.









Un mensaje que hoy pocos quieren escuchar

En una Iglesia tentada por el silencio selectivo, Don Bosco incomodaría a muchos. Hablaría de confesión frecuente. De evitar las ocasiones de pecado. De la responsabilidad personal. De la vida eterna como algo real, no simbólico.


Pero también abrazaría a los jóvenes como pocos. Los acompañaría. Los levantaría una y otra vez. Nunca los descartaría.


Ese es el punto que muchos no logran unir: la verdad sin amor aplasta; el amor sin verdad engaña. Don Bosco unió ambas cosas.



El santo que sigue interpelando

No fue un moralista. Fue un padre espiritual que entendió que amar es advertir, que callar también es una forma de abandono, y que el Evangelio no necesita ser suavizado para ser creíble.


Hoy, cuando muchos jóvenes caminan sin rumbo, confundidos entre discursos vacíos y promesas sin cruz, la voz de Don Bosco vuelve a resonar con fuerza: Dios ama demasiado al hombre como para mentirle sobre su destino eterno.


Y quizá por eso, más de un siglo después, sigue salvando almas. Incluso cuando nadie quiere escuchar.

Don Bosco y los Jóvenes que Iban Camino al Infierno (y Nadie Quería Escuchar)

Don Bosco y los Jóvenes que Iban Camino al Infierno (y Nadie Quería Escuchar)

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