El Santo que Recomendaba Callar… en un Mundo que No Para de Hablar
- Canal Vida

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En un mundo saturado de palabras, hubo santos que recomendaron callar. Lo que antes parecía exagerado, hoy suena profético. El silencio que defendían no era huida, sino una resistencia espiritual que hoy incomoda más que nunca.

Vivimos en una época donde callar parece sospechoso. Donde no opinar es visto como debilidad, y donde el valor de una persona parece medirse por cuánto publica, cuánto comenta y cuántas veces se expone. Sin embargo, siglos antes de las redes sociales, hubo santos que advirtieron algo que hoy suena brutalmente actual: el ruido constante vacía el alma.
Uno de ellos fue san Arsenio el Grande, un hombre brillante, educador de emperadores, que lo dejó todo para retirarse al desierto. Allí, lejos del aplauso y del poder, pronunció una frase que atraviesa los siglos como una advertencia incómoda: “Muchas veces me he arrepentido de hablar, pero jamás de haber callado”.
En su tiempo parecía exagerado. Hoy parece una profecía.
El desierto como respuesta al exceso de palabras
San Arsenio no huyó del mundo por desprecio, sino por lucidez. Había visto cómo las palabras, cuando no nacen del silencio, terminan siendo vanidad, juicio o ruido inútil. En el desierto aprendió que no todo lo que se puede decir, debe decirse, y que el silencio no es vacío, sino espacio para escuchar a Dios.
Los Padres del Desierto —hombres de carne y hueso, no místicos etéreos— advertían que la lengua descontrolada era una de las puertas más rápidas hacia la dispersión interior. No hablaban de mutismo patológico, sino de discernimiento: saber cuándo hablar… y cuándo callar.

La Regla que ordenó el silencio
Siglos después, san Benito de Nursia convertiría esta intuición espiritual en una norma concreta. En su Regla —base de la vida monástica occidental— dedica capítulos enteros al silencio, especialmente en la noche y en los espacios comunes.
Para el Patrón de Europa, el exceso de palabras era enemigo de la vida interior. No porque hablar sea malo, sino porque hablar sin medida desgasta la atención, rompe la comunión y aleja de lo esencial. El silencio, en cambio, ordena, pacifica y devuelve el centro.
En una época sin pantallas ni notificaciones, ya advertía un problema que hoy se volvió estructural: la saturación constante de estímulos.
La noche oscura y el silencio que purifica
Otro testigo incómodo es san Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia y maestro del silencio interior. En su enseñanza, el silencio no es solo externo, sino profundo: una poda del ruido interior que permite a Dios hablar donde ya no llegan las palabras humanas.
El "místico" enseñó que Dios no grita, susurra. Y para escucharlo, el alma debe aprender a callar incluso sus propios discursos interiores, sus excusas, sus autojustificaciones.
En su tiempo fue incomprendido. Hoy sería, probablemente, ignorado por “poco comunicativo”.

Cuando callar se vuelve contracultural
En el mundo actual, callar es ir contra la corriente. Las redes empujan a opinar sobre todo, a reaccionar de inmediato, a exponerse sin filtro. Pero los santos del silencio advertían algo que hoy se confirma a diario: cuanto más hablamos sin pausa, menos sabemos quiénes somos.
El ruido permanente no solo cansa; disuelve la identidad espiritual. La fe se vuelve superficial cuando no tiene espacios de silencio donde arraigar.

No es huir del mundo, es resistirlo
Estos santos no propusieron escapar de la realidad, sino habitarla con profundidad. Callar no es desaparecer. Es elegir con cuidado qué palabra merece ser dicha. Es resistir la dictadura de la opinión constante. Es proteger el corazón.
Lo que ayer parecía exagerado —retirarse, callar, no opinar de todo— hoy se revela como una sabiduría urgente en un mundo que no para de hablar, pero escucha cada vez menos.
La profecía que sigue vigente
Arsenio, Benito y Juan de la Cruz no escribieron para el siglo XXI. Sin embargo, lo describieron con precisión. Un mundo saturado de palabras, hambriento de sentido y agotado de ruido.
Tal vez el verdadero gesto revolucionario de hoy no sea decir más. Tal vez sea volver a aprender a callar.
El Santo que Recomendaba Callar… en un Mundo que No Para de Hablar
El Santo que Recomendaba Callar… en un Mundo que No Para de Hablar









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