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EL SANTO QUE MURIÓ CANTANDO… MIENTRAS SU CUERPO SE APAGABA

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 1 hora
  • 4 Min. de lectura
Murió lejos de su tierra, con el cuerpo vencido por la enfermedad, pero con el alma llena de paz. San Miguel Febres Cordero no gritó ni se quejó: cantó mientras se apagaba. Su final dejó una pregunta inquietante para todos.
El Hermano Miguel Febres Cordero es asistido por sus hermanos religiosos en sus últimas horas, mientras la oración y la luz de las velas acompañan su tránsito hacia Dios, reflejando la serenidad y la fe con la que abrazó el final de su vida.
El Hermano Miguel Febres Cordero es asistido por sus hermanos religiosos en sus últimas horas, mientras la oración y la luz de las velas acompañan su tránsito hacia Dios, reflejando la serenidad y la fe con la que abrazó el final de su vida.

En una habitación humilde, lejos de su patria y sin multitudes alrededor, un hombre enfermo y desgastado por el trabajo y la obediencia comenzó a cantar. No era un canto de desesperación, ni de resignación. Era un canto suave, sereno, casi infantil. Un canto que hablaba de Dios.


Así murió san Miguel Febres Cordero (1854-1910), el maestro ecuatoriano que transformó el sufrimiento en un acto de amor y que conquistó el cielo en silencio.









EL NIÑO FRÁGIL QUE NO PODÍA CAMINAR

Nació en Cuenca, Ecuador, en 1854, dentro de una familia acomodada. Pero su historia no comenzó con triunfos ni privilegios. Desde pequeño sufrió problemas físicos que lo dejaron casi inmóvil. Los médicos dudaban de que pudiera llevar una vida normal. Era débil, enfermizo, torpe para los juegos, y muchos lo miraban con lástima.


Pero aquel niño frágil tenía algo que nadie podía ver: una voluntad de hierro y una fe profunda. Cuando escuchó el llamado de Dios, decidió entrar a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, una congregación dedicada a la educación. Tenía apenas catorce años.


Su familia se opuso. Sus amigos no lo entendían. Y los superiores dudaban: ¿cómo un muchacho débil, casi inválido, podría soportar la vida religiosa? Pero Miguel insistió. Y Dios hizo el resto.


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EL MAESTRO QUE ENSEÑABA CON EL CORAZÓN

Con el tiempo, aquel joven enfermizo se convirtió en uno de los maestros más queridos de Ecuador. Enseñaba literatura, religión, ciencias y valores. Pero sobre todo enseñaba con su ejemplo.


Era dulce, paciente, silencioso. Nunca levantaba la voz. Nunca buscaba protagonismo. Mientras otros soñaban con honores o carreras brillantes, él soñaba con un aula llena de niños pobres y con un cuaderno donde escribir para la gloria de Dios.


Escribió textos escolares, manuales y obras religiosas que se difundieron por toda América Latina. Sus libros formaron generaciones enteras. Pero él nunca buscó fama. Decía que el verdadero maestro no es el que habla más fuerte, sino el que ama más profundamente.



OBEDECER… HASTA MORIR LEJOS DE CASA

Cuando ya era un religioso reconocido, llegó una orden inesperada: debía abandonar su país y viajar a Europa. Era una decisión difícil. Su salud era frágil, su corazón estaba en Ecuador, y sus alumnos lo necesitaban.


Pero Miguel no discutió. No protestó. No pidió excepciones. Simplemente obedeció.

Partió hacia España, lejos de su familia, de su tierra y de todo lo que conocía. Allí continuó trabajando, enseñando y escribiendo, aunque su cuerpo ya no respondía como antes. Las enfermedades comenzaron a multiplicarse. El cansancio se volvió permanente. El dolor era constante.


Sin embargo, nadie lo escuchó quejarse.









EL DOLOR QUE SE VOLVIÓ CANCIÓN

Los últimos días de su vida fueron duros. El cuerpo ya no le respondía. Las fuerzas se iban apagando. La muerte se acercaba sin hacer ruido.


Pero lo que ocurrió en esas horas finales dejó a todos los presentes sin palabras.

Mientras su cuerpo se debilitaba, Miguel comenzó a cantar. Cantaba himnos religiosos, salmos y cantos de alabanza. No gritaba. No lloraba. Cantaba como un niño que regresa a casa después de un largo día.


Los religiosos que lo acompañaban quedaron impactados. Algunos lloraban al verlo. Otros no entendían cómo alguien tan enfermo podía cantar con tanta paz.


Era como si el dolor no lo tocara. Como si la muerte no fuera un final, sino una puerta abierta.

Murió así: cantando.



EL SANTO DE LAS AULAS Y DEL SILENCIO

San Miguel Febres Cordero no fue un mártir sangriento. No murió en una hoguera ni frente a un pelotón de fusilamiento. Su martirio fue más silencioso, más cotidiano, más cercano a la vida de cualquier persona.


Fue el martirio de la obediencia, de la enfermedad, del cansancio, de la soledad. El martirio de levantarse cada día para enseñar, escribir, rezar y amar sin aplausos.


Su vida demuestra que la santidad no siempre grita. A veces susurra. A veces se esconde en un aula, en un libro, en una cama de enfermo… o en un canto que se eleva en medio del dolor.


Hoy es patrono de los educadores católicos y ejemplo para miles de maestros en todo el mundo. Porque aquel niño débil que casi no podía caminar terminó enseñándole al mundo entero cómo se muere como un santo: sin gritos, sin escándalo… y cantando hacia el cielo.

EL SANTO QUE MURIÓ CANTANDO… MIENTRAS SU CUERPO SE APAGABA

EL SANTO QUE MURIÓ CANTANDO… MIENTRAS SU CUERPO SE APAGABA

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