El Santo que Escapó del Diablo en el Desierto
- Canal Vida

- 21 sept
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En las arenas ardientes de Egipto, san Pacomio libró batallas invisibles contra el demonio. Tentaciones, visiones y ataques diabólicos marcaron su camino. Su secreto: la Cruz, que en septiembre la Iglesia celebra como victoria sobre el mal.

En el silencio abrasador del desierto egipcio, donde el viento parecía arrastrar voces invisibles y la soledad se transformaba en espejo del alma, un joven llamado Pacomio decidió emprender la lucha más radical que un ser humano pueda afrontar: el combate contra el demonio.
Era el siglo IV, y el Imperio Romano recién había dado libertad a los cristianos. Pero mientras la persecución cesaba en las ciudades, otra más intensa comenzaba en la arena ardiente: la lucha de los monjes contra las fuerzas de las tinieblas.
El desierto de Tebas se convirtió en escenario de este duelo sobrenatural. Allí, hombres y mujeres que huían del ruido del mundo se enfrentaban a las tentaciones más sutiles, a las visiones más perturbadoras y a los ataques más violentos del maligno. Entre ellos brilló Pacomio, cuyo nombre resonará para siempre como el santo que escapó del diablo en el desierto.
EL JOVEN SOLDADO QUE DESCUBRIÓ A CRISTO
Pacomio había nacido en el Alto Egipto alrededor del año 292. Reclutado a la fuerza como soldado romano, conoció el sufrimiento de la guerra y la soledad de los campamentos. Fue entonces cuando experimentó un gesto que cambiaría su destino: cristianos que llevaban comida y consuelo a los soldados prisioneros. Aquella caridad lo golpeó más fuerte que cualquier lanza.
“¿Quiénes son estos hombres que ayudan sin esperar nada a cambio?”, se preguntó. La respuesta fue clara: los discípulos de Jesús. Allí nació su conversión.

LA ESCUELA DEL DESIERTO
Tras recibir el bautismo, buscó a los anacoretas, aquellos ermitaños que poblaban las dunas egipcias. Aprendió bajo la guía de san Palemón, un anciano de sabiduría feroz, que le enseñó la oración continua, el ayuno extremo y la vigilancia constante.
El desierto no era solo un paisaje físico: era un campo de batalla espiritual. Los demonios, decían los monjes, se escondían en cada tormenta de arena, en cada susurro del viento, en cada sueño perturbador.
Es así que comprendió pronto que el diablo no ataca con cuernos visibles, sino con armas invisibles: el miedo, la desesperanza, el orgullo y la sensualidad.

EL ATAQUE DEL DEMONIO
Uno de los episodios más recordados por la tradición monástica narra cómo Pacomio, tras varios días de ayuno y oración, fue asaltado por una visión diabólica. Una bestia oscura, con forma de dragón, apareció frente a su cueva y rugió con furia. La tentación era clara: huir.
Pero, sosteniendo una cruz improvisada con ramas, gritó: “¡Cristo ha vencido, y yo en Él venceré!”. Al instante, la visión se desvaneció.
Otra vez, el maligno se le presentó en forma de mujer, bella y seductora, intentando quebrar su castidad. Él se arrojó al suelo, trazó la señal de la cruz y permaneció firme hasta que la imagen se deshizo en humo.

LA CRUZ COMO ESCUDO
La Iglesia celebró el 14 de septiembre la Exaltación de la Santa Cruz, y para los monjes del desierto la Cruz no era un símbolo decorativo, sino un arma real contra el demonio.
Pacomio enseñaba a sus discípulos que la Cruz era la muralla infranqueable:
Con ella resistió tentaciones de desesperanza.
Con ella expulsó visiones demoníacas.
Con ella recordaba que el sufrimiento tenía sentido.
No es casual que sus batallas más intensas coincidan con el tiempo en que la liturgia exalta el poder del madero santo. Septiembre es, pues, el mes del triunfo de la Cruz, el mes en que Pacomio escapó definitivamente del diablo.

NACIMIENTO DEL MONACATO
Tras años de soledad, el "santo del desierto" recibió una revelación: no debía luchar solo. Dios le pedía fundar una comunidad de monjes, donde el combate espiritual se viviera en fraternidad. Así nació el monacato cenobítico, que organizó la vida de oración, trabajo y caridad en reglas precisas que luego inspiraron a san Benito en Occidente.
Miles de hombres lo siguieron. El demonio, que antes lo atacaba en su cueva, ahora se veía enfrentado a ejércitos enteros de monjes que rezaban juntos, ayunaban y construían iglesias.

EL LEGADO DEL QUE ESCAPÓ DEL DIABLO
San Pacomio murió en el año 348, después de haber fundado nueve monasterios y liberado a incontables almas del poder del maligno. Su memoria sigue viva como la del santo que no se dejó atrapar por las trampas del diablo.
Hoy, en un mundo que cambió desiertos de arena por desiertos urbanos, su historia resuena con más fuerza. Porque el diablo no desapareció: sigue tentando con el consumismo, la indiferencia y la mentira.

LA CRUZ COMO ARMA CONTRA EL MAL
¿Qué nos dice Pacomio en este septiembre? Que la lucha contra el mal es real. Que no se libra con armas humanas, sino con la fe, la oración y la Cruz. Que así como él escapó del diablo en el desierto, también nosotros podemos resistir en medio de nuestras batallas diarias.









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