EL REY QUE LUCHÓ CONTRA EL DIABLO EN SUEÑOS: SAN OLAF, EL GUERRERO DEL NORTE
- Canal Vida

- 10 nov
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San Olaf, el guerrero que cambió la espada por la cruz, escuchó voces del más allá que lo llamaron a redimirse. El diablo quiso reclutarlo, pero el cielo lo coronó. Su historia mezcla guerra, fe y milagros del norte.

En las heladas tierras del norte, donde los hombres juraban por los dioses de hierro y los truenos eran oraciones a Thor, nació un príncipe destinado a cambiar la historia de Escandinavia. Se llamaba Olaf Haraldsson, y fue conocido después como san Olaf, el rey que luchó contra el diablo en sueños y conquistó el único reino que no se pierde: el del Cielo.
Su juventud fue una saga de guerras, botines y sangre. Navegó por los mares del norte con las velas rojas del terror vikingo, participó en asedios en Inglaterra y saqueó aldeas en nombre de la gloria. Pero un día —cuentan las crónicas—, tras una batalla especialmente cruel, Olaf cayó gravemente herido. En la fiebre de la noche, vio a un ser envuelto en fuego que le ofrecía poder eterno a cambio de su alma. Sin embargo, en el mismo sueño, una luz blanca en forma de cruz lo envolvió y lo salvó.“Desperté sudando —diría más tarde—, y supe que había combatido al mismo infierno”.
Aquel encuentro cambió para siempre el rumbo del rey.
EL GUERRERO QUE SE ARRODILLÓ ANTE UNA CRUZ
Olaf abandonó los templos paganos y se bautizó en Rouen, en una ceremonia solemne que asombró a sus hombres. Aquel guerrero de mirada dura, forjado en los vientos del norte, lloró como un niño ante el altar. Desde entonces, juró convertir a Noruega a la fe de Cristo, aunque para lograrlo tuviera que enfrentar a su propio pueblo.
“Si antes serví a los dioses del trueno —decía—, ahora sirvo al Dios que hizo callar al trueno”.
Su regreso a Noruega fue el de un rey cruzado, un hombre que ya no blandía la espada por ambición, sino por salvación. En su estandarte, reemplazó el cuervo de Odín por la cruz de Cristo. Pero los viejos señores vikingos no lo perdonaron. Lo llamaron traidor, hechicero y esclavo de un Dios extranjero. Sin embargo, Olaf no temía: sabía que su batalla era espiritual.
“Los demonios no se esconden en los bosques —decía—, sino en los corazones endurecidos”.

EL SUEÑO PROFÉTICO ANTES DE MORIR
En el verano de 1030, mientras se preparaba para recuperar su trono perdido, Olaf tuvo un sueño que marcaría su destino. Vio al mismo diablo que años atrás había intentado reclutarlo, esta vez vestido como un rey, sentado sobre un trono de fuego. Le decía: “Tu Dios te ha abandonado, vuelve a mí, y tendrás poder sobre los hombres para siempre”.
Pero en el sueño, una figura luminosa con un escudo dorado se interpuso. Era Cristo, que le respondió: “Olaf, tú ya has vencido. La espada que te falta está en tu alma.”
Al despertar, el rey comprendió que su muerte estaba cerca. Se confesó, comulgó y preparó a sus soldados no solo para la guerra, sino para el sacrificio. “No teman morir por la verdad —les dijo—, porque los que mueren en la cruz resucitan en la luz”.

EL REY QUE MURIÓ CON UNA CRUZ EN LA MANO
El 29 de julio del año 1030, en la batalla de Stiklestad, las fuerzas paganas rodearon al ejército cristiano. Olaf avanzó en medio del fragor con una cruz tallada en su escudo. Una lanza le atravesó el costado, y una espada lo hirió en la garganta. Mientras caía, levantó su cruz y murmuró: “Jesús, recibe mi espíritu”.
Dicen que una luz celeste cubrió el campo de batalla y que los enemigos huyeron aterrados. Su cuerpo fue enterrado en secreto, pero al poco tiempo, el lugar de su tumba comenzó a emanar un perfume de flores, y los enfermos que oraban allí sanaban.
El monarca que había combatido al infierno se convirtió en el patrono de Noruega, símbolo de un pueblo que cambió los ídolos por el Evangelio. Su tumba en Nidaros (actual Trondheim) se transformó en uno de los mayores centros de peregrinación del norte de Europa.

EL REINO QUE NO SE PIERDE
San Olaf fue canonizado apenas un año después de su muerte. Los noruegos, que antes lo habían perseguido, comenzaron a llamarlo “Rex Perpetuus Norvegiae”, el Rey Eterno de Noruega. Los cronistas aseguran que muchos de sus antiguos enemigos confesaron haberlo visto en sueños, con armadura blanca y espada de fuego, custodiando el cielo del norte.
Hoy, casi mil años después, su historia sigue viva: la del hombre que cambió el acero por la fe, el rugido de la guerra por el silencio de la oración. El diablo lo tentó con un trono terrenal… pero Dios le entregó una corona eterna.









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