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El Papa advierte: cuando el carisma se congela, la misión se apaga

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 1 hora
  • 3 Min. de lectura
En un mundo que cambia sin freno, León XIV lanzó una advertencia silenciosa pero decisiva: cuando el carisma se congela, la fe se apaga. ¿Puede la Iglesia sobrevivir si deja de fluir lo que el Espíritu encendió?
León XIV
El Santo Padre indicó que el carisma debe estar siempre en movimiento para difundir la Palabra del Dios. (Fotografía: Vatican Media)

En una Iglesia que lucha por no volverse irrelevante en un mundo que cambia a velocidad vertiginosa, León XIV lanzó una advertencia tan clara como profunda: el carisma no puede convertirse en una reliquia del pasado. Debe ser una fuerza viva, creativa y en movimiento. Lo dijo ante los miembros del Regnum Christi, pero su mensaje atravesó a toda la Iglesia.


ā€œEl carisma no es algo estĆ”ticoā€, afirmó. No es una etiqueta, ni un recuerdo glorioso, ni una fórmula que se repite sin alma. Es un don del EspĆ­ritu Santo que, si no fluye, se marchita. Cuando deja de generar vida, deja tambiĆ©n de evangelizar.


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EL PELIGRO DE CONSERVAR SIN TRANSMITIR

El Sumo Pontífice puso el dedo en una herida silenciosa: instituciones y comunidades que conservan fielmente su identidad, pero ya no la transmiten. El carisma, explicó, no fue dado para ser protegido como un objeto frÔgil, sino para encender la misión y atravesar generaciones.


ā€œHoy mĆ”s que nunca es necesario saber quiĆ©nes somosā€, dijo el PontĆ­fice, porque solo una identidad viva puede dialogar con la sociedad sin ser absorbida ni diluida. Cuando el carisma se vuelve rutina, pierde su capacidad de atraer, de interpelar y de transformar.









UNA ENERGƍA QUE DEBE RECORRER TODO EL CUERPO

Con una imagen potente, comparó a las Sociedades de Vida Apostólica con un cuerpo vivo: el carisma es la energía que atraviesa cada célula. No pertenece solo a los fundadores ni a los documentos, sino a cada persona que lo recibe y lo encarna.


Cada hermana y cada hermano, subrayó, estÔ llamado a mantenerlo vivo en su propia vida, para que se exprese de manera nueva frente a los desafíos culturales, sociales y espirituales actuales. La fidelidad verdadera no consiste en repetir el pasado, sino en dejar que el Espíritu lo vuelva a decir hoy.


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GOBERNAR PARA QUE EL ESPƍRITU CIRCULE

El Obispo de Roma no evitó un tema delicado: el gobierno. Afirmó que cuando la autoridad no estÔ al servicio del carisma, lo asfixia. Gobernar en la Iglesia no es controlar, sino acompañar procesos, discernir juntos y abrir caminos.


Un gobierno autĆ©nticamente evangĆ©lico —dijo— es aquel que ayuda a cada miembro a configurarse con Cristo y a vivir su vocación con libertad y responsabilidad. Por eso animó a no temer nuevas formas de gobierno, siempre que broten del discernimiento comunitario y fortalezcan la comunión.









COMUNIƓN: DONDE EL CARISMA SE MULTIPLICA

El tercer eje fue la comunión. El sucesor de Pedro recordó que la diversidad de vocaciones no divide, sino que enriquece cuando estÔ unida por el mismo Espíritu. La comunión no uniforma: hace crecer.


En una frase cargada de consuelo y esperanza, recordó que el Reino de Dios no hace ruido, pero crece silenciosamente en todos los rincones del mundo. Y cuando el carisma estĆ” vivo, incluso las comunidades mĆ”s pequeƱas escuchan una promesa inesperada: ā€œEn verdad no eres la menorā€.



UNA IGLESIA QUE NO SE CONGELA

El mensaje fue claro y desafiante: una Iglesia que congela sus carismas se vuelve estéril. Una Iglesia que los deja fluir, se renueva. León XIV no llamó a cambiar la esencia, sino a dejar que el Espíritu la mantenga joven.


Porque cuando el carisma respira, la fe camina. Y cuando la fe camina, la Iglesia vuelve a sorprender al mundo.

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