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En un Mundo sin Dios, el Papa Lanza un Llamado Inesperado: Volver a la Alegría de Evangelizar

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura
En un mundo donde Dios parece haberse vuelto invisible, León XIV pidió no retirarse, no endurecerse, sino redescubrir la alegría de evangelizar. Un mensaje que interpela a creyentes, tibios y alejados.
León XIV Dicasterio de la Doctrina de la Fe
El Papa León XIV se dirige a los miembros del Dicasterio para la Doctrina de la Fe en la Sala Clementina y les recuerda que la Iglesia no atrae por estrategias ni protagonismos, sino cuando deja pasar la fuerza silenciosa de la caridad que brota del corazón de Cristo. (Fotografía: Vatican Media)

El Papa puso palabras a una inquietud que muchos creyentes sienten en silencio: vivimos en un mundo donde Dios dejó de ser una referencia vital para millones de personas. No por odio abierto, sino por olvido. Un mundo donde la fe ya no se hereda, donde las nuevas generaciones crecen sin Evangelio, sin Iglesia y, muchas veces, sin preguntas sobre Dios.


Durante su discurso a los participantes de la Sesión Plenaria del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, habló con una claridad que incomoda, pero también con una esperanza que desarma. Reconoció sin rodeos que en las últimas décadas se produjo una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana, especialmente en los países de antigua evangelización.


No se trata de una crisis estadística. Es una crisis espiritual.









Jóvenes sin Dios, una herida que duele… pero que despierta

León XIV no ocultó el dolor que esto provoca en la Iglesia. Dijo claramente que son muchos los jóvenes que hoy viven sin ningún vínculo con Dios ni con la Iglesia. Una realidad que interpela, sacude y obliga a revisar caminos.


Pero no se quedó en el lamento. Dio un giro profundo al mensaje: este tiempo oscuro no debe llevar al repliegue ni al miedo, sino a redescubrir la “dulce y confortante alegría de evangelizar”, una expresión tomada del corazón mismo de la misión cristiana.


En un mundo que parece haber perdido el sentido de lo sagrado, propone algo radical: volver a anunciar el Evangelio con alegría, no como una carga, sino como un don.


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Una Iglesia que no se mira a sí misma

El Obispo de Roma fue contundente al definir el tipo de Iglesia que sueña y promueve: una Iglesia que no se encierra, que no se contempla a sí misma, que no se obsesiona con conservar estructuras, sino que sale al encuentro de los otros.


“No queremos una Iglesia que se mire al espejo”, dejó claro. Queremos —dijo— una Iglesia misionera, abierta, capaz de mirar más allá de sus propios límites.


En esa línea, recordó una idea clave que ya habían señalado Benedicto XVI y Francisco: el Evangelio no se impone, atrae. No convence por fuerza, sino por la belleza de una vida transformada.









No es la Iglesia la que atrae, es Cristo

Uno de los pasajes más profundos del discurso fue cuando León XIV aclaró algo esencial: no es la Iglesia la que atrae a las personas, sino Cristo.


Si una comunidad cristiana genera atracción, no es por su estrategia, su marketing o su protagonismo, sino porque por ese “canal” fluye la caridad que brota del Corazón de Cristo. Cuando Cristo está en el centro, la fe se vuelve creíble.


Por eso el Santo Padre advirtió contra todo protagonismo personal, contra los particularismos y las luchas internas. En la Iglesia —recordó— cada uno debe reconocerse solo como “un humilde trabajador en la viña del Señor”.


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Doctrina firme, corazón abierto

El vicario de Cristo también destacó el trabajo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, subrayando la importancia de custodiar el depósito de la fe en tiempos de grandes transformaciones culturales: inteligencia artificial, dignidad humana, matrimonio, fenómenos sobrenaturales, devoción mariana.


Pero dejó claro que la doctrina no está al servicio del control, sino de la evangelización auténtica. Una doctrina viva, que ilumina, orienta y protege la fe del Pueblo de Dios en medio de un mundo confuso.



Evangelizar en tiempos de vacío

El mensaje final del sucesor de Pedro fue tan simple como desafiante: en un mundo sin Dios, la respuesta no es el endurecimiento, sino la alegría del Evangelio.


Una alegría que no niega el dolor, pero lo atraviesa. Una alegría que no rebaja la verdad, pero la comunica con amor. Una alegría que no grita, pero ilumina.


León XIV dejó una consigna clara para la Iglesia de hoy: cuando la fe parece apagarse, no es tiempo de retirarse… es tiempo de evangelizar con alegría.


Y esa alegría, recordó el Papa, no nace de estrategias humanas, sino de Cristo vivo, presente y actuante en su Iglesia.

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