LOS REMEDIOS DE UN SANTO GUERRERO: IGNACIO DE LOYOLA ENSEÑÓ A VENCER LA ANGUSTIA Y LA CONFUSIÓN
- Canal Vida

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Cuando la mente se llena de angustia y las decisiones paralizan, un santo guerrero dejó reglas claras para no perderse. San Ignacio de Loyola enseñó cómo discernir en medio del caos interior y resistir pensamientos que apagan la esperanza.

Hay momentos en los que la vida se vuelve una tormenta interior. La cabeza no se calla, el corazón se aprieta, las decisiones paralizan y todo parece urgente… menos Dios. A esa experiencia hoy la llamamos ansiedad, angustia, confusión existencial. San Ignacio de Loyola la conoció antes de que tuviera nombre. Y no desde un escritorio, sino desde la guerra.
El fundador de los jesuitas fue un soldado herido, inmovilizado durante meses, obligado a enfrentar el ruido más peligroso: el de sus propios pensamientos. De esa lucha nació uno de los mayores tesoros espirituales de la Iglesia: las reglas del discernimiento, verdaderos remedios para el alma confundida.
CUANDO EL CORAZÓN NO SABE QUÉ CAMINO TOMAR
Ignacio descubrió algo decisivo: no todos los pensamientos vienen del mismo lugar, aunque todos suenen dentro de la cabeza. Algunos dan paz, otros inquietud; unos fortalecen, otros desgastan; unos llevan a la vida, otros al encierro interior.
A eso lo llamó consolación y desolación.
Consolación: cuando el alma se siente atraída hacia Dios, aun en medio del dolor. Hay claridad, esperanza, deseo de bien.
Desolación: cuando todo se oscurece, crecen el miedo, la tristeza, la confusión y la tentación de abandonar.
Ignacio fue tajante: no se discierne desde la desolación. Y esta regla, ignorada por muchos, explica por qué tantas decisiones se toman mal.

PRIMER REMEDIO: NO DECIDIR EN MEDIO DE LA TORMENTA
Uno de los errores espirituales más frecuentes es tomar grandes decisiones cuando el alma está agotada, herida o asustada. San Ignacio lo prohibía claramente:
“En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza.”
Cuando la angustia gobierna, no es Dios quien habla, sino el miedo. Cambiar de rumbo, romper vínculos, abandonar vocaciones o cerrar caminos en ese estado suele traer más daño que alivio.
El santo guerrero enseñó a esperar, resistir, sostener lo que ya estaba bien decidido en tiempos de paz. No huir. No precipitarse. No firmar decisiones con el pulso tembloroso.
SEGUNDO REMEDIO: IDENTIFICAR LOS PENSAMIENTOS QUE DRENAN LA ESPERANZA
Ignacio observó algo que hoy sigue siendo brutalmente actual: los pensamientos que vienen del mal no gritan, susurran.
Empiezan con frases interiores como:
“Ya no tiene sentido”
“Siempre va a ser así”
“Dios no te escucha”
“Mejor soltar todo”
Estos pensamientos no buscan claridad, buscan cansancio. No llevan a la verdad, sino a la resignación amarga.
El remedio ignaciano es simple y exigente: no dialogar con esos pensamientos, no darles espacio, no alimentarlos. Resistirlos como se resiste a un enemigo que quiere ocupar terreno.

TERCER REMEDIO: HACER LO CONTRARIO DE LO QUE PIDE LA DESOLACIÓN
San Ignacio enseñó algo contraintuitivo pero poderoso: cuando la desolación empuja a aislarse, acercarse; cuando invita a abandonar la oración, orar más; cuando incita a la huida, permanecer.
No se trata de forzarse emocionalmente, sino de no entregarle el timón al desánimo. El santo sabía que la desolación se debilita cuando no se la obedece.
EL DISCERNIMIENTO NO ES PSICOLOGÍA BARATA
Ignacio no enseñó técnicas de autoayuda. Enseñó combate espiritual. Para él, la vida interior era un campo real de batalla, donde se decide el rumbo de una existencia entera.
Por eso insistía en tres pilares:
oración perseverante
examen interior diario
acompañamiento espiritual
Nadie discierne bien solo cuando está herido.
UNA MEDICINA PARA LOS QUE NO SABEN QUÉ HACER CON SU VIDA
San Ignacio no prometió una vida sin angustia. Prometió herramientas para atravesarla sin perder el alma. Sus remedios siguen funcionando porque fueron probados en la carne, en la herida y en la duda.
En un mundo que corre, decide rápido y se quiebra fácil, este santo guerrero recuerda algo olvidado: cuando el alma está en guerra, primero hay que ordenar el corazón… y recién después elegir el camino.
Porque no toda urgencia viene de Dios. Y no toda confusión es una señal para huir.
LOS REMEDIOS DE UN SANTO GUERRERO: IGNACIO DE LOYOLA ENSEÑÓ A VENCER LA ANGUSTIA Y LA CONFUSIÓN
LOS REMEDIOS DE UN SANTO GUERRERO: IGNACIO DE LOYOLA ENSEÑÓ A VENCER LA ANGUSTIA Y LA CONFUSIÓN










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