El Grito del Cielo: León XIV y la Revolución del Amor a los Pobres
- Canal Vida

- 9 oct
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Con la fuerza de un profeta y la ternura de un padre, el Papa presentó Dilexi Te, su primera exhortación apostólica sobre el amor a los pobres. Denuncia la “economía que mata” y llama a la Iglesia a arrodillarse ante el sufrimiento humano.

El aire del Vaticano se llenó de silencio cuando León XIV apareció con un libro entre las manos. No era un texto más: era su primera exhortación apostólica, Dilexi Te, una carta de fuego y compasión que continúa la herencia de Francisco. Pero más que un documento, parecía un clamor del Evangelio vivo, una espada de amor dirigida contra la indiferencia del mundo moderno.
“Te he amado”, dice el Señor en el Apocalipsis, recordando —como cita el texto— a los débiles, los despreciados y los sin poder. Desde esas primeras palabras, el documento respira humanidad. León XIV no escribe como un pontífice encerrado en palacios, sino como un pastor que camina entre los heridos de la historia.
“Dios jamás abandona al más pequeño, al más pobre, al extranjero, a todos”, afirma el Papa, retomando el hilo del pontificado anterior y elevando el amor a los pobres como el corazón ardiente de la fe.
EL ECO DE FRANCISCO Y EL CLAMOR DEL MUNDO
El Santo Padre reconoce que esta exhortación fue un proyecto iniciado por Francisco y que él quiso completar “como herencia espiritual”. En ella, el nuevo pontífice retoma la enseñanza del Dilexit Nos, la encíclica que su predecesor dedicó al amor del Corazón de Cristo, y la transforma en un llamado urgente: la Iglesia debe amar hasta doler, pero sobre todo, debe mirar a los pobres no como destinatarios de caridad, sino como rostros del mismo Cristo crucificado.
El documento se abre con un símbolo poderoso: la mujer que derrama perfume sobre la cabeza de Jesús. León XIV lo explica como el gesto más puro de amor gratuito, aquel que no calcula ni mide, sino que consuela. “Ningún gesto de afecto, por pequeño que sea, será olvidado”, recuerda, porque en el más mínimo acto de ternura hacia quien sufre, “Dios mismo se hace presente”.

EL GRITO QUE ATRAVIESA LA HISTORIA
El Papa no teme usar palabras duras. “Vivimos en una economía que mata”, denuncia, en clara continuidad con la voz profética de su antecesor. “El mundo está lleno de pobres invisibles”, advierte, “porque la riqueza se encierra en burbujas de lujo y las noticias de los que mueren de hambre ya no conmueven a nadie”.
León XIV evoca la escena de Moisés ante la zarza ardiente para describir el corazón de Dios: un corazón que “ve la opresión y escucha el grito del pueblo”. Pero también lanza una advertencia estremecedora: “Si permanecemos indiferentes, el pobre apelará al Señor contra nosotros”.
En esas líneas, Dilexi Te no es solo un documento de fe, sino un manifiesto espiritual contra la apatía del siglo XXI. El Papa habla de “los numerosos rostros de la pobreza”: la material, la moral, la cultural, la de quienes no tienen derechos, ni voz, ni dignidad. “Cada uno de ellos es Cristo en la tierra”, escribe.

DIOS TIENE UNA DEBILIDAD: LOS POBRES
El texto recorre la historia bíblica y teológica con la claridad de una espada. En el centro, brilla una idea simple pero incendiaria: Dios tiene una opción preferencial por los pobres, y eso no es política, sino teología pura.
“Jesús fue pobre y nació sin techo”, recuerda León XIV. “Fue rechazado, perseguido, crucificado fuera de la ciudad. Su pobreza es el idioma con que Dios habla al mundo”. El Papa no presenta la pobreza como una virtud romántica, sino como un espacio de revelación. “Allí donde hay sufrimiento, allí está Cristo”, escribe.
El documento llama a toda la Iglesia —obispos, religiosos, laicos— a ser “una Iglesia de las Bienaventuranzas, pobre con los pobres”. No es una consigna ideológica, sino una revolución espiritual: “El contacto con quien no tiene poder es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia”.

UNA IGLESIA POBRE Y PARA LOS POBRES
En una de las secciones más fuertes, León XIV cita el deseo de Francisco: “¡Cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!”. Y añade: “No es una metáfora poética, sino un mandato evangélico. No es posible amar a Cristo sin amar a los pobres, porque en ellos está su rostro”.
La exhortación recuerda que el primer mártir cristiano, san Esteban, era diácono: un servidor de los pobres. Y que otro diácono, san Lorenzo, desafió a los poderosos del Imperio mostrando a los indigentes y declarando: “Estos son los tesoros de la Iglesia”.
Ese episodio, dice el Papa, debe repetirse en cada parroquia, en cada comunidad, en cada corazón. Los pobres no son un apéndice de la Iglesia; son su centro, su alma, su identidad.
LOS PADRES DE LA IGLESIA, TESTIGOS DEL EVANGELIO ARDIENTE
El documento revive con pasión las enseñanzas de los grandes santos: San Juan Crisóstomo, quien gritó desde el púlpito que “si no encuentras a Cristo en los pobres, tampoco lo encontrarás en el altar”; san Ambrosio, que recordaba que “lo que das al pobre no es tuyo, es suyo”; y san Agustín, quien veía en cada limosna una “justicia restaurada” y no un favor condescendiente.
Cada uno de ellos, explica León XIV, comprendió que la caridad no es filantropía ni gesto superficial, sino un camino de conversión. “Las limosnas redimen los pecados del pasado si van acompañadas de un cambio de vida”, cita de san Agustín, con tono de advertencia y esperanza.

LA HERENCIA VIVA DE LOS SANTOS
En la segunda parte del documento, León XIV rinde homenaje a los santos del servicio: Juan de Dios, Camilo de Lelis y a las Hermanas de la Caridad, a quienes llama “las manos maternales de Cristo en los hospitales del mundo”.
“Ellas,” dice, “llevaron medicinas, pero sobre todo ternura; llevaron pan, pero sobre todo dignidad. Fueron la sonrisa de Dios en los pasillos del dolor”.
El Papa cita con emoción las palabras de santa Luisa de Marillac: «Hemos recibido una bendición especial de Dios para servir a los pobres enfermos».
Para León XIV, ese espíritu sigue vivo en cada enfermera, voluntario o médico que toca una herida con amor. “La Iglesia —escribe— se arrodilla junto a los enfermos, los migrantes, los olvidados, y en ellos toca la carne de Cristo crucificado”.
EL LLAMADO FINAL: UNA REVOLUCIÓN DEL CORAZÓN
En las últimas páginas, el Papa escribe con una voz que tiembla entre el amor y la advertencia: “Si la Iglesia deja de mirar a los pobres, dejará de mirar a Cristo. No hay santidad sin compasión. No hay fe viva sin amor concreto”.
Y concluye con una imagen que ya resuena en el alma del mundo: “El Reino de Dios comienza cuando una mano se extiende para levantar a quien cayó. Allí, en ese gesto, Cristo vuelve a nacer”.
UNA EXHORTACIÓN QUE MARCARÁ LA ÉPOCA
Dilexi Te no es sólo un documento: es el manifiesto espiritual del pontificado de León XIV. Su voz, impregnada de fuego y ternura, invita a la Iglesia a volver a lo esencial: a la compasión que transforma, a la pobreza que libera, al amor que no calcula.
El Papa no pide limosnas, pide conversión. No exige discursos, exige lágrimas. No habla de cifras, habla de rostros. Y cuando finaliza, que se lo puede imaginar con voz serena pronunciando: “Los pobres no necesitan que hablemos de ellos, sino que caminemos con ellos”.
Hoy en el Vaticano, la palabra “amor” volvió a tener el mismo brillo que tenía en el Evangelio.









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