El Don de la Paz que el Mundo No Puede Fabricar
- Canal Vida

- hace 13 horas
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El Papa advirtió que la paz no se fabrica con discursos ni tratados. Nace del Evangelio o no existe. En un mundo roto por guerras y miedos, su mensaje incomoda: la paz verdadera no se impone, se recibe… y se vive.

No habló de tratados ni de equilibrios políticos. No citó estrategias ni acuerdos internacionales. León XIV fue directo al corazón del problema: la paz no se construye solo con manos humanas. En una carta que sacudió suavemente a la Iglesia —pero con una profundidad inquietante— recordó que la verdadera paz nace del Evangelio o no nace.
Al evocar a san Francisco de Asís, a 800 años de su muerte, no lo presentó como una figura romántica del pasado, sino como una respuesta viva a un mundo roto. Francisco no proclamó la paz como consigna, sino como experiencia. Su saludo —“El Señor te dé paz”— no era una cortesía piadosa, sino una confesión radical: la paz es “la suma de todos los bienes de Dios” y no puede ser fabricada por el esfuerzo humano.

El Obispo de Roma fue claro: pensar que la paz puede construirse solo con fuerza, técnica o diplomacia es una ilusión peligrosa. La paz auténtica desciende “desde lo alto”, como el saludo del Resucitado en la noche de Pascua: “La paz esté con ustedes”. No es una palabra amable. Es el anuncio de que la muerte fue vencida.
En un mundo atravesado por guerras interminables, divisiones sociales y fracturas interiores, el Pontífice señaló que san Francisco sigue hablando hoy no porque ofreciera soluciones técnicas, sino porque su vida mostró la fuente verdadera de la paz. Una paz que no huye del conflicto, sino que lo atraviesa desarmada.
Pero hay algo aún más incómodo en el mensaje: la paz no se limita a las relaciones humanas. Francisco la extendió a toda la creación. Llamó hermano al sol y hermana a la luna, recordándonos que no puede haber paz con Dios si hay violencia contra el hombre, ni paz entre los hombres si la creación es devastada.
Por eso el vicario de Cristo lanzó un llamado silencioso pero exigente: volver a la raíz. No a una idea, sino a Cristo. Y convertirse, como pidió en su oración final, en “testigos desarmados y desarmantes de la paz que viene de Él”.
En tiempos de ruido, el Evangelio vuelve a decirlo sin gritar: la paz no se impone, se recibe. Y después, se vive.
El Don de la Paz que el Mundo No Puede Fabricar









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