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¿DIOS SE TOMA VACACIONES?

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 13 ene
  • 3 Min. de lectura
La polémica que crece cuando las parroquias cierran y el silencio ocupa el altar.
Iglesia cerrada por vacaciones
Las puertas cerradas de una parroquia latinoamericana, con el altar en penumbras y el silencio ocupando el lugar de la comunidad, se convierten en símbolo de un debate incómodo: ¿puede la Iglesia tomarse vacaciones cuando la fe de muchos queda esperando afuera?

En muchas ciudades y pueblos de América Latina está ocurriendo algo que, para no pocos fieles, resulta desconcertante, doloroso y hasta escandaloso: parroquias cerradas por vacaciones. Carteles en la puerta anuncian que el sacerdote se ausentará durante semanas. Templos sin misa dominical. Confesionarios cerrados. Sagrarios a oscuras. Y una pregunta que nadie quiere formular en voz alta, pero que empieza a resonar con fuerza: ¿Dios también se toma vacaciones?


El fenómeno no es aislado. Se repite en barrios urbanos y comunidades rurales, especialmente durante enero y febrero. Algunas parroquias cierran completamente durante dos, tres o incluso cuatro semanas. Otras reducen drásticamente la actividad pastoral. El argumento suele ser el mismo: el sacerdote necesita descanso. Y nadie discute que el descanso humano es necesario. Pero la pregunta va más allá del cansancio físico. ¿Puede una comunidad quedarse sin vida sacramental porque su pastor se va?









La Iglesia enseña que el sacerdote no es un empleado religioso ni un prestador de servicios espirituales. Es un pastor, y el pastor no abandona el rebaño cuando llega el calor. Por eso, históricamente, cuando un párroco se ausentaba, se garantizaba un sustituto. Otro sacerdote celebraba la misa. Se aseguraba la Eucaristía. El corazón de la vida cristiana seguía latiendo.


Hoy, en cambio, muchos fieles se encuentran con puertas cerradas y respuestas evasivas. “No hay quién lo reemplace”. “No se pudo organizar”. “Es solo por unas semanas”. Pero en la fe, una semana sin Eucaristía no es poco. Es una herida.


casa betania

La polémica estalla cuando se escucha a católicos preguntarse, casi con culpa: “¿Tenemos que tomarnos vacaciones de Dios?” Porque el mensaje implícito es ese. Si la parroquia cierra, si no hay misa, si no hay adoración, si no hay confesión, pareciera que la vida espiritual también entra en pausa. Como si la gracia tuviera horario administrativo.


Pero el Evangelio no habla de un Dios estacional. Jesús no suspendió su misión por agotamiento. No cerró el Reino por receso. No dijo “vuelvo en marzo”. Al contrario: “Yo estaré con ustedes todos los días”. Todos. No algunos.









Aquí surge el punto más incómodo: ¿se está instalando una mentalidad donde la parroquia funciona como una oficina y no como una casa abierta? Una oficina cierra por vacaciones. Una casa, no. Una oficina atiende en horarios. Una casa espera siempre.


Muchos fieles aceptan resignados esta situación. Otros migran temporalmente a parroquias vecinas, que suelen verse desbordadas. Algunos, directamente, dejan de ir. Y ese es el riesgo mayor: la fe no se apaga de golpe, se enfría por abandono.


El problema no es el descanso del sacerdote. El problema es la ausencia de previsión pastoral. La Iglesia no carece de soluciones: sacerdotes sustitutos, celebraciones compartidas, coordinación entre parroquias, diáconos, horarios alternativos. Lo que falta, muchas veces, es decisión.


Pedro Kriskovich

Cerrar un templo durante semanas no es un detalle organizativo. Es un mensaje. Y el mensaje que reciben muchos fieles es devastador: “Esperen. Dios no está disponible ahora”. Y eso contradice el corazón mismo del cristianismo.


La polémica no busca atacar a los sacerdotes —muchos de los cuales están agotados, solos y sobrecargados— sino interpelar a una Iglesia que corre el riesgo de normalizar la ausencia. Una Iglesia que, sin darse cuenta, puede estar enseñando que Dios es opcional, intermitente, prescindible.


Tal vez la pregunta no sea si los sacerdotes pueden tomarse vacaciones. La verdadera pregunta es otra, más profunda y más incómoda:¿Puede la Iglesia darse el lujo de cerrar sus puertas cuando el mundo más necesita refugio?


Porque mientras algunas parroquias cierran, el dolor no descansa. La soledad no se toma vacaciones. La angustia no entra en receso. Y Dios, definitivamente, no se va de vacaciones.

La cuestión es si nosotros estamos dispuestos a seguir buscándolo… aunque la puerta esté cerrada.

¿DIOS SE TOMA VACACIONES?



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