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COMULGAR SIN PREPARARSE: EL ERROR QUE MUCHOS CATÓLICOS COMETEN SIN SABERLO

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 6 ene
  • 3 Min. de lectura
La Iglesia advierte que comulgar sin preparación puede convertirse en un error espiritual. Ayuno, silencio interior y estado de gracia no son detalles opcionales. Antes de recibir a Cristo en la Eucaristía, hay verdades olvidadas que cada católico debería conocer.
Eucaristia y el error que se comete al comulgar
La Eucaristía no es un gesto automático ni una tradición social: es el encuentro real con Cristo vivo. Cada comunión exige silencio interior, fe profunda y un alma preparada para recibir al Señor sin banalizar el Misterio.

Cada domingo, miles de fieles avanzan en silencio hacia el altar. La fila de la comunión se mueve casi automáticamente. Pero hay una verdad incómoda que la Iglesia no se cansa de repetir y que muchos olvidaron: recibir la Eucaristía sin la debida preparación no solo es una falta de reverencia, puede convertirse en un grave daño espiritual.


Los Heraldos del Evangelio lo dijeron con claridad en sus redes sociales: por falta de catequesis básica, muchos católicos se acercan a comulgar sin saber realmente a Quién están recibiendo ni en qué condiciones deberían hacerlo. No se trata de un gesto simbólico ni de una costumbre social. En la Eucaristía, la fe católica confiesa que Cristo está real y verdaderamente presente.


Por eso, hay tres condiciones fundamentales que ningún fiel debería ignorar antes de entrar en la fila de la comunión.









PRIMERA CONDICIÓN: EL AYUNO EUCARÍSTICO

La Iglesia establece un ayuno mínimo de una hora antes de comulgar. Durante ese tiempo no se debe ingerir ningún alimento ni bebida, excepto agua o medicamentos. No es un simple requisito formal. El ayuno prepara el cuerpo y el alma, despierta el deseo y recuerda que no vamos a recibir algo, sino a Alguien.


Comulgar sin ayuno, por descuido o despreocupación, banaliza el misterio. El cuerpo se prepara porque el alma también debe hacerlo.


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SEGUNDA CONDICIÓN: RECOGIMIENTO Y PREPARACIÓN INTERIOR

Entrar distraído a la fila de la comunión es uno de los errores más frecuentes de nuestro tiempo. El celular vibra, llega una notificación, la mente está en otra parte. Pero un solo instante de distracción puede arruinar las gracias que Dios quería derramar.


Antes de comulgar, es necesario detenerse interiormente y recordar: es Dios mismo quien vendrá a habitar en el corazón. No se trata de caminar, recibir y volver al banco como si nada hubiera pasado. La Iglesia invita a realizar actos de fe sencillos pero profundos: creer, desear, pedir transformación.


Hablar con Jesús antes, durante y después de la comunión no es devoción opcional: es coherencia espiritual.


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TERCERA CONDICIÓN: ESTAR EN ESTADO DE GRACIA

Aquí está el punto más delicado —y el más ignorado—. La Eucaristía no es un derecho automático por ser católico. Para recibir dignamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el alma debe estar libre de pecado mortal.


Comulgar en pecado mortal no solo no trae fruto espiritual: es un sacrilegio. Por eso, si una persona no está en estado de gracia, debe confesarse antes de comulgar. Y si no puede hacerlo en ese momento, la Iglesia propone otro camino: la comunión espiritual, pero incluso esta exige un corazón reconciliado o al menos un sincero acto de contrición con propósito de confesión.


Los Heraldos del Evangelio respondieron con firmeza a una consulta frecuente: no es recomendable hacer comunión espiritual en pecado mortal, porque la amistad con Dios está rota y debe ser restaurada primero. Sin arrepentimiento verdadero, incluso la comunión espiritual pierde sentido y se vuelve una falta de reverencia.


Comulgar, Hostia
Para comulgar el fiel no debe estar en pecado mortal, siempre en gracia.

UNA ORACIÓN PARA PREPARAR EL CORAZÓN

La tradición de la Iglesia ofrece palabras que acompañaron a generaciones de fieles. Entre ellas, la oración de san Juan Crisóstomo, que recuerda con humildad una verdad esencial, no somos dignos, pero confiamos en la misericordia de Dios: “Que mi participación en tus Santos Misterios no sea para mi juicio o condenación, sino para sanar mi alma y mi cuerpo”.


Antes de comulgar, la pregunta no es si “me toca” o si “todos lo hacen”. La verdadera pregunta es otra, mucho más profunda y exigente: ¿estoy preparado para recibir a Cristo vivo en mi corazón?


Porque la Eucaristía salva, fortalece y transforma. Pero solo cuando se la recibe con fe, con reverencia y con el alma en gracia.

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