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ARTESANOS DE LA ESPERANZA: EL MENSAJE QUE QUEDA CUANDO SE CIERRAN LAS PUERTAS SANTAS

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 10 horas
  • 4 Min. de lectura
El Jubileo terminó, pero el mensaje del Papa quedó resonando. No habló de cifras ni eventos: habló de personas. De manos anónimas. De fe concreta. Y dejó una pregunta inquietante: ¿quién sostiene hoy la esperanza del mundo?
León XIV Jubileo de la Esperanza
León XIV se reunió con los que él llamo los "artesanos de la esperanza". Todos los colaboradores que hicieron posible que se llevara adelante el Jubileo. (Fotografía: Vatican Media)

El 6 de enero se cerraron las Puertas Santas. Las filas de peregrinos se disiparon. Roma volvió lentamente a su pulso cotidiano. Pero para el Papa León XIV, el Jubileo de la Esperanza no terminó: dejó una herida luminosa en la historia. Una marca espiritual que ahora interpela al mundo entero.


Cuatro días después del cierre oficial del Año Santo, el Pontífice recibió en el Aula Pablo VI a quienes hicieron posible uno de los acontecimientos de fe más grandes del siglo: representantes civiles, eclesiásticos, fuerzas de seguridad, voluntarios, técnicos, sacerdotes, organismos internacionales. No fue un discurso protocolar. Fue una lectura espiritual del tiempo que vivimos.


Y dejó una expresión que ya resuena con fuerza profética: “Ustedes han sido artesanos de la esperanza”.









CUANDO LA ESPERANZA NO ES UN ESLOGAN

León XIV no habló de balances administrativos ni de cifras frías. Aunque las cifras impresionan —más de 30 millones de peregrinos—, fue más allá: habló de rostros, de historias rotas que volvieron a caminar, de personas que atravesaron la Puerta Santa con lágrimas, dudas, cansancio… y salieron distintas.


“La esperanza no defrauda”, recordó citando a san Pablo. Pero enseguida aclaró algo incómodo para el mundo actual: la esperanza no es optimismo barato. No es pensar que “todo va a salir bien”. Es seguir caminando cuando no hay garantías.


Citó a san Agustín con una crudeza sorprendente: “Quitadle la esperanza al peregrino y se derrumba la posibilidad de seguir caminando”.


El Jubileo —dijo— fue eso: una escuela para aprender a no rendirse.


CASA BETANIA

ROMA, CASA ABIERTA EN TIEMPOS CERRADOS

En un mundo marcado por fronteras, guerras y desconfianza, Roma ofreció otra imagen: la de una ciudad al servicio del alma. El Santo Padre agradeció con nombre y apellido a quienes hicieron posible que la fe no fuera caos, sino orden; no improvisación, sino cuidado; no ruido, sino recogimiento.


Fuerzas de seguridad, Protección Civil, voluntarios, sacerdotes confesores, organismos civiles: todos fueron parte de una coreografía silenciosa que permitió que millones vivieran una experiencia espiritual profunda sin perder la paz.


Eso también es esperanza: cuando lo invisible se sostiene con manos muy concretas.









LOS JÓVENES: EL SIGNO QUE NADIE PUEDE IGNORAR

Uno de los momentos más intensos del discurso fue cuando León XIV habló de los jóvenes. No como problema. No como amenaza. Como pregunta abierta.


Dijo que fue imposible no conmoverse al verlos rezar en silencio, caminar ordenados, cantar con alegría, confesarse con seriedad. Jóvenes de culturas opuestas, idiomas distintos, heridas invisibles… unidos por algo que el mundo no sabe explicar del todo.


Y lanzó una pregunta que incomoda a adultos, políticos y líderes religiosos:

👉 ¿Qué necesitan realmente los jóvenes para vivir?

👉 ¿Dónde encuentran respuestas verdaderas?


Recordó entonces a dos santos jóvenes recientemente canonizados: Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati. No influencers, no rebeldes de cartón. Jóvenes normales, con una fe radical, silenciosa, concreta.


“Todos somos responsables de su futuro”, advirtió. Porque —dijo— en ellos está el futuro del mundo.


León XIV Jubileo de la Esperanza
Colaboradores de distintos países hicieron posible que se realice el Jubileo de la Esperanza. (Fotografía: Vatican Media)

ARTESANOS, NO FUNCIONARIOS

El Papa eligió una palabra clave: artesanos. No gestores. No burócratas. No engranajes.

Un artesano trabaja con paciencia, con las manos, sin aplausos. Ajusta, corrige, vuelve a empezar. Así fue la esperanza durante el Jubileo: una construcción diaria, frágil, humana.


El Obispo de Roma insistió en que gran parte del trabajo fue oculto. Nadie lo vio. Nadie lo celebró. Pero sin ese servicio silencioso, millones no habrían podido encontrarse con Dios.

Ahí está el corazón del mensaje: la esperanza se construye en lo pequeño, no en los discursos.


León XIV Jubileo de la Esperanza
León XIV muestra la medalla del Jubileo de la Esperanza. (Fotografía: Vatican Media)

CUANDO SE CIERRAN LAS PUERTAS, SE ABRE LA MISIÓN

El Papa retomó una frase clave de Francisco en la bula del Jubileo: “Hagan contagiosa la esperanza”.


El Jubileo terminó, sí. Pero ahora comienza algo más exigente: llevar lo vivido a la vida cotidiana. A las casas. A los trabajos. A los conflictos. A las heridas que no se resolvieron en Roma.


“No fue un paréntesis espiritual”, dejó claro León XIV. Fue un envío. Por eso, al final del encuentro, entregó a cada colaborador una Cruz del Jubileo: una miniatura del crucifijo con Cristo glorioso que acompañó a los peregrinos. No como souvenir, sino como recordatorio incómodo: la esperanza tiene forma de cruz.


Pedro Kriskovich

¿Y AHORA QUÉ?

El Jubileo de la Esperanza terminó oficialmente el 6 de enero. Pero su pregunta queda abierta:

  • ¿Dónde se construye hoy la esperanza?

  • ¿Quién la cuida cuando no hay cámaras?

  • ¿Qué hacemos con lo que vimos, sentimos y rezamos?


León XIV no dio recetas. Dio una misión. Ser, cada uno desde su lugar, artesanos de la esperanza. No con palabras grandes. Con gestos fieles. Con paciencia. Con fe.


Porque cuando se apagan las luces del Jubileo, empieza lo más difícil: vivir lo que se celebró. Y ahí —dijo el Papa—se juega el futuro del mundo.

ARTESANOS DE LA ESPERANZA: EL MENSAJE QUE QUEDA CUANDO SE CIERRAN LAS PUERTAS SANTAS

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