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  • Foto del escritorCanal Vida

Una escoba y un santo

Martín de Porres llega a los altares tres siglos después de su muerte por un prodigio que involucra a Paraguay, Perú y Argentina. Vida del protector de los enfermos y padre de los pobres.
 

Las calles de Lima se transforman en una marea de fieles en la tradicional procesión del "santo mulato".


Hablaba con los animales, levitaba y una icónica imagen con su hábito y una escoba es popularmente conocida en mundo. Sin duda alguna san Martín de Porres, el primer santo negro de América, es uno de los más conocidos en el planeta: tiene más de 20 patronazgos y 10 hermandades llevan su nombre. Cuando Juan XXIII lo canonizó resaltó que el freile peruano —fallecido el 3 de noviembre hace 383 años— es el claro ejemplo de que se puede llegar a la salvación y santidad por el camino que enseño Cristo: “amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todo nuestro ser; y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos”.

 
 

BARBERO

El venerable mulato fue el primer hijo del español Juan de Porres y de la negra panameña Ana Velásquez. Fue bautizado en la iglesia de San Sebastián, en la misma pila, por el mismo párroco que había bautizado a Santa Rosa de Lima.


La madre lo educó como pudo, más bien con estrecheces, porque los importantes trabajos de su padre le impedían atenderlo como debía. De hecho, reconoció a sus hijos sólo tardíamente; los llevó a Guayaquil (Ecuador), dejando a su madre acomodada en Lima, y les puso maestro particular.


Martín regresó a Lima, cuando a su padre lo nombraron gobernador de Panamá. Comenzó a familiarizarse con el bien retribuido oficio de barbero, que en aquella época era bastante más que sacar dientes, extraer muelas o hacer sangrías; también comprendía el oficio disponer de yerbas para hacer emplastos y poder curar dolores y neuralgias; además, era preciso un determinado uso del bisturí para abrir hinchazones y tumores. Martín supo hacerse un experto por pasar como ayudante de un excelente médico español. De ello comenzó a vivir y su trabajo le permitió ayudar de modo eficaz a los pobres que no podían pagarle.




VIDA RELIGIOSA

En 1594 y por la invitación de fray Juan de Lorenzana, famoso dominico, teólogo y hombre de virtudes, entró en la orden de santo Domingo de Guzmán bajo la categoría de "donado", es decir, como terciario por ser hijo ilegítimo (recibía alojamiento y se ocupaba en muchos trabajos como criado).


Así vivió nueve años, practicando los oficios más humildes. Fue admitido como hermano de la orden en 1603. Perseveró en su vocación a pesar de la oposición de su padre, y en 1606 profesó los votos de pobreza, castidad y obediencia.

 
 

ENTREGADO A LOS ENFERMOS

Los superiores de san Martín, pronto advirtieron sus cualidades y caridad, por ello le confiaron, junto a otros oficios, el de enfermero.


Sus habilidades y el ardor con que cuidaba a los dolientes atrajo incluso a los religiosos de otras comunidades que llegaban a la actual capital del Perú sólo para atenderse con el santo.


San Martín fue muchas veces despreciado y humillado por ser mulato, pero nunca se rebeló contra los insultos que le inferían.


Su abnegación, modestia y paz que irradiaba impresionaban a cuantos conocía. En la enfermería y en la portería del convento del Rosario (Santo Domingo) atendía con acogedora bondad y amor a los pobres y enfermos. Realizó numerosos milagros y curaciones.


Durante la epidemia de peste curó a cuantos acudían a él y milagrosamente a los sesenta cohermanos. Los frailes se quejaban de que Martín quería hacer del convento un hospital, porque a todo enfermo que encontraba lo socorría y hasta llevaba a algunos más graves y pestilentes a recostarlos en su propia cama cuando no tenía lugar para atenderlos.


San Martín de Porres, patrono de la Justicia Social, murió el 3 de noviembre de 1639.


Su veneración comenzó casi inmediatamente y los relatos de sus milagros como hombre santo circularon por todo el país.

El santo moreno recién fue beatificado en 1837 por Gregorio XVI.



Una de las hermandades de san Martín de Porres lleva en andas por las calles de Carabayllo al "santo de la escoba".


EL MILAGRO DE LOS TRES PAÍSES

El camino a la santificación tardó casi tres siglos, con la aprobación de un prodigio ocurrido en 1948 que tuvo como protagonistas a una anciana, Perú, Argentina y Paraguay.


A una señora de 89 años de edad que vivía en Paraguay le dieron unas pocas horas de vida tras un bloqueo intestinal y un infarto. La familia entonces inició los arreglos de su funeral para el día siguiente. Su hija, que estaba en Buenos Aires (Argentina), muy desconsolada, rezaba incansablemente al peruano Martín de Porres por la salud su madre.


La noche siguiente, sin poder dormir, se levantó a las dos de la mañana a rezar el santo rosario, pidiendo por encima de todo volver a ver a su madre. Al regreso encontró su hogar lleno de felicidad.


Su mamá había mejorado milagrosamente en el momento preciso de sus plegarias y rezo del rosario en la madrugada. En dos o tres días, la anciana Dorotea estaba de pie y sana como si nada hubiese pasado.


Juan XXIII, que sentía una verdadera devoción por Martín de Porres, lo canonizó el 6 de mayo de 1962 con las siguientes palabras: "Martín excusaba las faltas de otro. Perdonó las más amargas injurias, convencido de que el merecía mayores castigos por sus pecados. Procuró de todo corazón animar a los acomplejados por las propias culpas, confortó a los enfermos, proveía de ropas, alimentos y medicinas a los pobres, ayudo a campesinos, a negros y mulatos tenidos entonces como esclavos. La gente le llama 'Martín, el bueno'".

 
 

A LA PANTALLA

La vida de san Martín de Porres fue llevada al cine en muchas oportunidades. Entre las realizaciones más destacadas sobresalen "Fray escoba" (1961), dirigida por el español Ramón Torrado y guión de Jaime García Herranz; y "Fray Martín de Porres" (2006) del mexicano Raymundo Calixto Sánchez y protagonizada por Aroldo Betancourt, Dad Dager y Pedro Telémaco interpretando al santo.


Convento Santo Domingo (Lima).


AMOR POR LOS ANIMALES

Los documentos del proceso de beatificación narran que fray Martín "se ocupaba en cuidar y alimentar no sólo a los pobres sino también a los perros, a los gatos, a los ratones y demás animalejos, y que se esforzaba para poner paz no sólo entre las personas sino también entre perros y gatos, y entre gatos y ratones, instaurando pactos de no agresión y promesas de recíproco respeto".


No es extraño que en el convento, los perros, gatos y ratones comieran del mismo plato cuando Martín les ponía el alimento.


Se cuenta que iba un día camino del convento y que en la calle vio a un perro sangrando por el cuello y a punto de caer. Se dirigió a él, le reprendió dulcemente y le dijo: "Pobre viejo; quisiste ser demasiado listo y provocaste la pelea. Te salió mal el caso. Mira ahora el espectáculo que ofreces. Ven conmigo al convento a ver si puedo remediarte".


Acostó al perro en una alfombra de paja y le aplicó sus medicinas. Después de permanecer una semana en la casa, le despidió con unas palmaditas en el lomo, que él agradeció meneando la cola.


Asimismo, algunos historiadores narran que el convento estaba infestado de ratones y de ratas, los cuales roían la ropa y los hábitos, tanto en la sacristía como en las celdas y en el guardarropa.


Después que los frailes resolvieran tomar medidas drásticas para exterminarlos, Martín de Porres se sintió afligido por ello y sufrió al pensar que aquellos inocentes animalitos tuvieran que ser condenados de aquella manera. Así que, habiendo encontrado a una de aquellas bestias le dijo: "Pequeño hermano rata, óyeme bien: ustedes ya no están seguros aquí. Ve a decirles a tus compañeros que vayan al albergue situado en el fondo del jardín. Me comprometo a llevarles allí comida, a condición de que me prometan no venir ya a causar estragos en el convento". Después de estas palabras, según se cuenta, el "jefe" de la tribu ratonil rápidamente llevó el aviso a todo el ejército de ratas y ratones, y pudo verse una larga procesión de estos animalitos desfilando a lo largo de los pasillos y de los claustros para llegar al jardín indicado.

 
 

SANTO SORPRENDENTE

A san Martín de Porres se le atribuye el don de la bilocación, sanación, levitación y videncia.


Las historias de los milagros de fray Martín de Porres son muchas y sorprendentes, éstas fueron recogidas como testimonios jurados en los procesos diocesano (1660-1664) y apostólico (1679-1686), abiertos para promover su beatificación. Buena parte de estos testimonios proceden de los mismos religiosos dominicos que convivieron con él, pero también los hay de otras muchas personas.


En dos lugares al mismo tiempo. Se le atribuye el don de la bilocación. Sin salir de Lima, fue visto en México, en África, en China y en Japón, animando a los misioneros que se encontraban en dificultad o curando enfermos.


Mientras permanecía encerrado en su celda, lo vieron llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos o curarlos.


En ocasiones salía del convento a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, siempre respondía: "Yo tengo mis modos de entrar y salir".


Patio del Convento Santo Domingo donde yacen los restos de san Martín de Porres.


“YO TE CURO, DIOS TE SANA”

Se le atribuyó también el don de la sanación, de los cuales quedan muchos testimonios, siendo las más sorprendentes la curación de enfermos desahuciados. "Yo te curo, Dios te sana" era la frase que siempre solía decir para evitar muestras de veneración a su persona.


Según los testimonios de la época, a veces se trataba de curaciones instantáneas, en otras bastaba tan sólo su presencia para que el enfermo desahuciado iniciara un sorprendente y firme proceso de recuperación.


Normalmente los remedios por él dispuestos eran los indicados para el caso, pero en otras ocasiones, cuando no disponía de ellos, acudía a medios inverosímiles con iguales resultados.



SUSPENDIDO EN EL AIRE

Muchos testimonios afirmaron que cuando oraba con mucha devoción, levitaba y no veía ni escuchaba a la gente. A veces el mismo virrey que iba a consultarle tenía que aguardar un buen rato en la puerta de su habitación, esperando a que terminara su éxtasis.



VIDENTE

Otra de las facultades atribuidas fue la videncia. Solía presentarse ante los pobres y enfermos llevándoles determinadas viandas, medicinas u objetos que no habían solicitado pero que eran secretamente deseadas o necesitadas por ellos.


Se contó además entre otros hechos, que Juana, su hermana, habiendo sustraído a escondidas una suma de dinero a su esposo se encontró con Martín, el cual inmediatamente le llamó la atención por lo que había hecho. También se le atribuyó facultades para predecir la vida propia y ajena, incluido el momento de la muerte.




CONVENTO Y BASÍLICA SANTO DOMINGO

En el lugar donde san Martín de Porres tenía la enfermería se construyó una capilla. Tiene un altar donde se venera su imagen, teniendo a sus costados a Santo Domingo y a San Francisco de Asís y en la parte superior la Virgen del Rosario.


Además se encuentra la sepultura donde descansan sus restos y una urna donde se conservan los maderos que componían su cama.


En las paredes se pueden observar cuadros que representan a los milagros de Martín. En la parte posterior de la capilla se ubica su dormitorio. También destaca el oratorio del santo, pequeño ambiente debajo de la escalera donde Martín frecuentemente oraba y era tentado por el demonio. Hoy se observa la gran cantidad de recuerdos que le traen sus fieles devotos a los que él ha ayudado.


En lo alto se observa una cruz de madera con la cual se recuerda que en este mismo lugar San Martín alejó las tentaciones del maligno..



ORACIÓN

Oh San Martín, hermano mío, atiéndeme!

En mis penas y tribulaciones, consuélame.

En mis peligros y adversidades, socórreme.

En mis flaquezas y tentaciones, protégeme.

En mis dolencias y enfermedades, socórreme.

Dame la salud, si me conviene;

y líbrame de cualquier mal del alma o cuerpo. Amén.

Oh benigno y compasivo hermano mío, óyeme!

En las angustias de mi pobreza, confórtame.

En los quebrantos de mi infortunio, sálvame.

En mis agobios y desalientos, ampárame.

Ahora y siempre con tu ejemplo, enséñame

a tomar cada día mi cruz; y alcánzame

la gracia divina y la gloria del cielo.

Amén.

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