“Mafalda, la Niña que Odiaba la Sopa y Conquistó el Mundo”: 61 Años de una Profecía Dibujada
- Canal Vida

- 29 sept
- 4 Min. de lectura
Mafalda nació odiando la sopa, pero terminó dando al mundo una lección profética. A 61 años de su creación, la niña de Quino sigue interpelando gobiernos, familias y conciencias con preguntas que recuerdan más a los profetas bíblicos que a una simple historieta.

El 29 de septiembre de 1964, en la revista Primera Plana, apareció por primera vez la niña que cambiaría la historia del humor gráfico latinoamericano: Mafalda, creación del mendocino Joaquín Salvador Lavado, “Quino”. Hoy, 61 años después, su eco sigue retumbando en los pasillos de la cultura, la política y, sorprendentemente, también en la reflexión espiritual.
NACIMIENTO DE UNA PROFECÍA EN VIÑETAS
Mafalda no nació como un proyecto literario o cultural elevado. Quino la ideó originalmente para una campaña publicitaria de electrodomésticos que nunca vio la luz. Pero aquella niña irreverente, de pelo negro y mirada inquisitiva, escapó del marketing y se convirtió en la conciencia de una generación.
Desde el comienzo, fue distinta. No era la típica nena obediente de la historieta familiar. Odiaba la sopa —símbolo del autoritarismo doméstico—, cuestionaba a sus padres, se angustiaba por la guerra fría y preguntaba por qué Dios permitía tanta injusticia. Detrás de la ternura de un dibujo infantil, latía una voz profética que incomodaba.
LA NIÑA QUE ODIABA LA SOPA
El odio a la sopa trascendió la gastronomía. Se convirtió en un grito contra todo aquello que se impone sin explicación, contra la falta de libertad. Esa sopa era la metáfora de un mundo que se digería sin pensar, de un sistema que no admitía preguntas.
En clave cristiana, esa resistencia se parece al llamado de Jesús: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Mafalda nos recuerda que no basta con tragar lo que el mundo ofrece: hay que discernir, pensar, elegir lo que da vida.

DEL HUMOR LOCAL AL BOOM INTERNACIONAL
El fenómeno fue explosivo. Las tiras se tradujeron a más de 30 idiomas: desde el inglés y el francés hasta el japonés y el hebreo. En América Latina, se publicó con éxito en Argentina, Chile, México, Colombia, Perú, Paraguay y Uruguay. En Italia, su ironía fue abrazada con fervor; en España, fue censurada en los años del franquismo, pero circulaba clandestinamente como un acto de rebeldía.
Lo curioso es que, siendo tan argentina, logró ser universal. Su miedo a la guerra nuclear, su crítica al consumismo, su ternura hacia los débiles y su fe en un mundo mejor resonaron en cada continente. Quino creó una pequeña profeta laica, pero con una intuición que tocaba el corazón humano en lo esencial.
UNA INFANCIA QUE SE PARECE AL EVANGELIO
Mafalda era una niña que hacía preguntas. Y el Evangelio nos muestra que, muchas veces, son los pequeños quienes revelan la verdad. Jesús mismo lo dijo: “Te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25).
En ese sentido, la nena de cabello oscuro es profundamente cristiana: no ofrece respuestas absolutas, sino preguntas que despiertan conciencia. Es una “niña-profeta” que incomoda a los adultos, como incomodó Cristo a los poderosos de su tiempo.

¿POR QUÉ SE VOLVIÓ ETERNA?
Quino dejó de dibujarla en 1973, apenas nueve años después de su nacimiento. Sin embargo, en esa breve existencia, Mafalda se volvió eterna. Como los santos que mueren jóvenes y se vuelven inmortales, la niña quedó congelada en una infancia eterna que siempre interpela.
Su mensaje fue claro: el mundo necesita cambiar, y los que deben cambiarlo son los que se atreven a hacer preguntas. Esa es también la esencia del cristianismo: el Reino de Dios llega con quienes no se resignan, con quienes dicen “no” a la sopa amarga del egoísmo y la injusticia.
MAFALDA, UNA LECTURA CATÓLICA
Aunque Quino se declaraba agnóstico, su obra conecta con muchos valores cristianos. Mafalda defiende la paz frente a la guerra, la justicia frente a la indiferencia, la solidaridad frente al egoísmo. Incluso su incomodidad con la Iglesia institucional refleja un deseo genuino de autenticidad, de una fe vivida en la verdad y no en el poder.
En cierto modo, es como los profetas bíblicos: no ofrece consuelos fáciles, sino que señala lo que está mal. Es una voz que clama en el desierto moderno, recordando que la vida humana es más que consumo, y que el futuro depende de la conciencia moral.

UNA NIÑA INMORTAL
Hoy, 61 años después, Mafalda sigue viva. Sus tiras circulan en redes sociales, se enseñan en escuelas, aparecen en murales y hasta en misas donde sacerdotes la citan como ejemplo de conciencia social. Trascendió el papel y se convirtió en cultura popular.
En Argentina, la estatua de Mafalda en San Telmo recibe peregrinaciones de turistas como si fuera un pequeño altar laico. Y, paradójicamente, esa niña que odiaba la sopa se transformó en alimento espiritual para generaciones enteras.
LA PROFECÍA DE MAFALDA
Mafalda nació como una tira de humor, pero se convirtió en una parábola. Fue y es la niña que incomoda, que no se calla, que denuncia la injusticia. En ella, muchos reconocen el eco del Evangelio: una voz pequeña que recuerda a los poderosos que no todo está permitido, y que los pobres, los olvidados, los Lázaros de este mundo, tienen un nombre que Dios no olvida.
Quino nos regaló, sin proponérselo, una niña que parece salida de las Bienaventuranzas: pobre en espíritu, hambrienta de justicia, perseguida por decir la verdad. Una niña que odiaba la sopa, pero amaba la verdad.









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