León XIV y su clamor contra los abusos: “La Iglesia se arrodilla junto a ustedes”
- Canal Vida

- 17 sept
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El Papa pidió perdón en una vigilia estremecedora en San Pedro. Habló con lágrimas en la voz a quienes sufrieron abusos en la Iglesia y prometió: “Nunca solos”. Su mensaje, un grito de esperanza y justicia.

Roma vivió una de las noches más conmovedoras del Jubileo de la Consolación. En la basílica de San Pedro, abarrotada de fieles, León XIV lanzó un mensaje que retumbó en cada rincón del templo: la Iglesia no puede callar más ante el drama de los abusos.
El Pontífice, con voz quebrada en algunos pasajes, pidió perdón en nombre de toda la Iglesia y recordó que “también a ustedes, hermanos y hermanas que han sufrido la injusticia y la violencia del abuso, María les repite hoy: Yo soy tu madre”. Un silencio sepulcral invadió la basílica cuando añadió: “El Señor les dice: Tú eres mi hijo, tú eres mi hija. Nadie les puede quitar este don personal ofrecido a cada uno”.
LAS LÁGRIMAS COMO LENGUAJE DEL DOLOR Y DE LA FE
Con un tono profundamente humano, el sucesor de Pedro no escondió la crudeza del sufrimiento: “Las lágrimas son un grito mudo que implora compasión y consuelo. No hay que avergonzarse de llorar”. Frente a miles de peregrinos, recordó que esas lágrimas, tantas veces ocultas por miedo o vergüenza, son la llave para que Cristo se haga presente en las heridas más profundas.
Del mismo modo, habló de quienes, víctimas de clérigos y consagrados, quedaron marcados para siempre: “Donde está el mal, allí debemos buscar el alivio que lo vence. En la Iglesia quiere decir: nunca solos”. Y, en un gesto que conmovió hasta a los más escépticos, aseguró que la Iglesia “se arrodilla junto a ustedes” para escuchar, sanar y acompañar.

UN LLAMADO A LA ESPERANZA Y AL PERDÓN HEROICO
El mensaje no se quedó en la denuncia. León XIV trazó un camino de esperanza: “El dolor no debe generar violencia. La violencia no es la última palabra: es vencida por el amor que sabe perdonar”. Una frase que muchos calificaron como la más fuerte de la vigilia: “La violencia padecida no puede ser borrada, pero el perdón concedido es una anticipación en la tierra del Reino de Dios”.
En la basílica, entre cirios y cantos de súplica, se entregó a los presentes un pequeño Agnus Dei bendecido, símbolo de la victoria de Cristo sobre el mal. Muchos lo recibieron con lágrimas, como un recordatorio tangible de que las heridas no son el final, sino la puerta hacia una nueva esperanza.
MÁS ALLÁ DE LA IGLESIA: UN CLAMOR UNIVERSAL
El Papa también extendió su mirada a los pueblos aplastados por la guerra, el hambre y la violencia. Recordó con fuerza el grito de los niños: “Que los responsables de las naciones escuchen particularmente el dolor de tantos inocentes y les garanticen un futuro que los proteja y consuele”.
León XIV no ofreció un discurso político, sino un grito espiritual que resuena como acusación y esperanza. “Donde el mal se multiplica, más abundante será la consolación de Dios”, aseguró, pidiendo a todos los fieles ser “constructores de paz y portadores de ternura”.

LA HERIDA ABIERTA Y EL DESAFÍO PENDIENTE
La vigilia cerró con un clima de recogimiento, pero también de desafío. El Papa dejó claro que la Iglesia no puede continuar su camino sin enfrentar el escándalo del abuso con transparencia, justicia y acompañamiento real.
“Que podamos recibir de María Dolorosa la fuerza de reconocer que la vida no se define solo por el mal padecido, sino por el amor de Dios que nunca abandona”, proclamó entre aplausos y lágrimas.
En una noche de sombras y de luz, León XIV plantó una semilla de verdad y reconciliación. Una semilla que deberá crecer en una Iglesia que, tras décadas de silencio y complicidad, está llamada a caminar junto a quienes lloran, a pedir perdón con humildad y a sanar con gestos concretos.









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