LEÓN XIV: “LA EDUCACIÓN DEBE FORMAR SANTOS, NO ÍDOLOS”
- Canal Vida

- 1 nov 2025
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En una homilía que estremeció a miles en la plaza San Pedro, el Papa proclamó a san John Henry Newman Doctor de la Iglesia y pidió redescubrir la santidad como misión humana: “La educación cristiana no forma ídolos, forma santos”.

Bajo el sol de Roma y entre miles de fieles, maestros y estudiantes, León XIV presidió hoy la Solemnidad de Todos los Santos en la plaza de San Pedro, en el marco del Jubileo del Mundo Educativo, proclamando además Doctor de la Iglesia a san John Henry Newman, el pensador inglés que transformó la educación católica moderna.
La homilía, cargada de simbolismo y emoción, fue una de las más poderosas de su pontificado. Desde el altar mayor, León XIV lanzó un mensaje que resonó como un grito de esperanza en tiempos de confusión: “La educación, desde la mirada cristiana, no forma competidores… forma santos”.
LA LUZ ENTRE LAS TINIEBLAS: UNA LLAMADA A LOS EDUCADORES
El Papa comenzó recordando que la santidad no pertenece a unos pocos elegidos, sino a todos. “El mundo necesita educadores que brillen como haces de luz, que enseñen con amor, con coherencia y con fe”, dijo, citando la carta de San Pablo: “Brillen como luces en el mundo”.
Mientras las campanas de San Pedro resonaban sobre la multitud, León XIV se dirigió especialmente a los docentes y padres presentes: “Cada niño que educan es una chispa de eternidad. No les enseñen sólo a pensar, sino a amar la verdad y a creer que su vida tiene una misión”.
La frase fue recibida con aplausos y lágrimas. Para muchos, fue el eco de su discurso inaugural como Papa, cuando habló de “reencender el fuego interior de una generación cansada”.

NEWMAN, EL MAESTRO QUE CONVIRTIÓ LA DUDA EN FE
El momento más esperado llegó cuando el Pontífice declaró oficialmente a san John Henry Newman como Doctor de la Iglesia y compatrono del mundo educativo junto a santo Tomás de Aquino.
“Newman —afirmó León XIV— fue un hombre que caminó entre la razón y la fe, que enseñó a buscar la verdad con corazón humano y mente encendida. Su lema fue simple: ‘Guíame, Luz amable’. Esa es también la súplica del mundo actual, perdido entre pantallas y oscuridades”.
El Papa recordó que Newman veía la educación no como un cúmulo de datos, sino como una preparación para el Cielo: “Dios me ha creado para hacerle algún servicio definido… Tengo una misión.”
León XIV agregó con fuerza: “Cada vida tiene un propósito divino. No nacimos para producir, sino para servir; no para acumular, sino para iluminar. El fracaso de una sociedad que olvida esto no es económico, es espiritual”.

LOS NUEVOS SANTOS DE LAS AULAS
En una imagen que conmovió a los presentes, el Papa se refirió a los “santos de las aulas”: maestros agotados, madres que educan en silencio, jóvenes que enseñan sin ser reconocidos. “Ellos —dijo— son los verdaderos constructores del Reino. La santidad no se enseña, se contagia”.
Con tono firme, denunció los efectos de la cultura digital que “aísla y enfría el alma”: “El algoritmo no puede escribir tu historia. La educación no es una máquina, es un encuentro entre corazones”.
Pidió a los educadores “enseñar con alegría”, porque “los verdaderos maestros no imponen, sino que despiertan sonrisas en el alma de sus alumnos”.

SANTIDAD: EL DESTINO DE TODOS
En el momento más profundo de la homilía, León XIV recordó que la vocación universal a la santidad proclamada por el Concilio Vaticano II no es una teoría, sino el mapa de la vida cristiana: “Ser santo no es ser perfecto; es dejar que Cristo te perfeccione desde dentro. La santidad no está reservada a los claustros, sino también a los hospitales, a las aulas, a las fábricas, a las redes”.
Con voz pausada, advirtió contra una educación vacía de alma: “Si la escuela deja de enseñar a mirar al Cielo, formará técnicos, pero no hombres; especialistas, pero no hermanos”.

UNA REVOLUCIÓN DE LUZ Y HUMANIDAD
Cerrando su mensaje, el Papa pidió a los presentes ser “constelaciones que orienten a los demás”, y a los jóvenes les dijo: “No teman ser diferentes. El mundo necesita santos que piensen, estudien, amen y sueñen alto. No se conformen con sobrevivir: ustedes nacieron para brillar”.
Mientras el coro entonaba el “Santo, Santo, Santo”, el Papa levantó la mirada hacia el cielo romano y concluyó: “La educación cristiana tiene una sola meta: conducir a la santidad. Y la santidad no es una meta imposible… es la vocación de cada uno de nosotros”.
La multitud respondió con un aplauso que se mezcló con el repicar de las campanas. Así terminó una misa que muchos ya llaman “la homilía de la esperanza”, una lección inmortal sobre la verdadera educación: aquella que enseña a amar, a servir y a buscar la Luz amable que guía hacia Dios.









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