Las Estigmas de Asís: ¿Milagro, autosugestión o un signo divino?
- Canal Vida

- 4 oct 2025
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Durante 600 años, el cuerpo de San Francisco guardó un secreto que estremeció a la Iglesia: las estigmas, heridas idénticas a las de Cristo, que nunca cicatrizaron. ¿Milagro divino, misterio médico o un signo del cielo? Descubrilo en esta nota.

El 17 de septiembre de 1224, en lo alto del monte Alvernia, un silencio cargado de misterio envolvía a Francisco de Asís. Allí, en medio de una intensa experiencia de oración y ayuno, ocurrió lo que la historia de la Iglesia nunca había registrado antes: un hombre recibió en su propia carne las llagas de Cristo crucificado.
Las estigmas marcaron para siempre la espiritualidad cristiana y dieron inicio a uno de los mayores enigmas de la fe: ¿milagro, autosugestión… o la huella visible de lo divino?
EL DÍA QUE EL CIELO SE ABRIÓ
Francisco no buscaba grandezas, pero sí quería conocer el dolor de Cristo en toda su profundidad. Según los relatos, en medio de su oración, apareció ante él un serafín ardiente con la figura de un hombre crucificado. Del resplandor celestial surgieron rayos de fuego que impactaron en su cuerpo, atravesando sus manos, pies y costado.
El hermano León, uno de sus compañeros más cercanos, dejó escrito en su testimonio: “Las manos y los pies de Francisco estaban atravesados como si hubieran sido clavados con clavos de hierro, y de su costado brotaba sangre como de una herida de lanza”.
Era el inicio de un misterio que dividiría opiniones durante siglos, pero que la Iglesia reconoció como una señal extraordinaria de identificación con Cristo crucificado.

EL ESCÁNDALO DE LAS HERIDAS
Francisco regresó del monte con las llagas visibles. No se trataba de meros rasguños: las heridas sangraban, no cicatrizaban y se mantenían abiertas sin infectarse. Los testigos afirmaban que parecían clavos formados de su misma carne, y que del costado manaba sangre fresca.
¿Podía alguien fingir semejante fenómeno en pleno siglo XIII? La ciencia médica de entonces no tenía explicación. Los propios enemigos de Francisco, lejos de acusarlo de fraude, quedaban sobrecogidos por lo inexplicable. Para sus hermanos franciscanos, era la confirmación de que el “Poverello” se había convertido en un alter Christus, otro Cristo en la tierra.

LOS MÉDICOS MODERNOS: ¿PSICOSOMÁTICO O SOBRENATURAL?
Con el paso de los siglos, los científicos intentaron dar una respuesta. Algunos especialistas en psicología sugirieron que se trataba de un fenómeno psicosomático extremo: la mente de Francisco, obsesionada con la pasión de Cristo, habría inducido en su cuerpo lesiones reales.
Otros médicos alegaron que las heridas podrían explicarse por autolesiones en un estado místico de éxtasis. Pero estas hipótesis chocan con un hecho clave: las estigmas nunca se infectaron, se mantuvieron frescas hasta su muerte en 1226 y fueron veneradas por quienes lo prepararon para la sepultura.
En 1982, el médico francés Imbert-Gourbeyre recopiló más de 350 casos de estigmatizados posteriores a Francisco, concluyendo que la ciencia no podía explicar el fenómeno sin recurrir a lo sobrenatural.

UN SIGNO QUE DIVIDE
El misterio de las estigmas de Asís se transformó en un campo de batalla entre creyentes y escépticos. Para algunos, es el testimonio más radical de la unión entre un hombre y el Crucificado. Para otros, es un caso de sugestión colectiva y fervor religioso.
Sin embargo, los documentos de la época —cartas, testimonios y bulas papales— dejan constancia de que algo extraordinario ocurrió en el cuerpo de Francisco. Tanto es así que fue canonizado apenas dos años después de su muerte, un récord en la historia de la Iglesia.

LAS ESTIGMAS COMO MENSAJE AL MUNDO
Más allá de las explicaciones, las heridas de Francisco siguen hablando. En un mundo que huye del sufrimiento y oculta las cicatrices, el santo mostró que el dolor, asumido por amor, puede convertirse en signo de redención.
La Iglesia no invita a imitar literalmente las llagas, sino a comprender su sentido: Francisco fue marcado por Cristo para recordarnos que la fe no es una teoría, sino una entrega total. Sus heridas son la confirmación de que, en medio del dolor humano, Dios deja huellas de amor.
¿MILAGRO O SECRETO DEL ALMA?
Hoy, ocho siglos después, las estigmas de Asís continúan generando debate. ¿Fue un milagro divino? ¿Una autosugestión capaz de modificar la biología? ¿O el sello misterioso de un amor llevado hasta las últimas consecuencias?
La respuesta, quizá, no esté en los bisturís de los médicos ni en las plumas de los historiadores, sino en la mirada de fe. Como escribió Benedicto XVI sobre Francisco: “Él no quiso otra cosa que reflejar en su carne el amor ardiente del Crucificado”.
Y tal vez, en el fondo, ese sea el verdadero milagro: que las heridas de un hombre se convirtieran en el recuerdo eterno de que el dolor puede transformarse en gloria.









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