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La Casa Donde Dios Devuelve la Fe: El Lugar Donde Hoy Podés Pedir la Conversión de Quien Más Amás

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura
Rezar por alguien que perdió la fe puede parecer inútil… hasta que recordamos lo que pasó en Damasco. Allí, Dios cambió una vida cuando nadie lo esperaba. Hoy, ese mismo lugar vuelve a ser refugio para una espera silenciosa.
Conversión de San Pablo Conversión
En la casa de Ananías, en Damasco, un gesto silencioso lo cambia todo: manos que bendicen, ojos cerrados, un corazón que empieza a ver. Allí, donde nadie aplaude, Dios vuelve a llamar por su nombre al que parecía perdido.

Hay esperas que duelen. Hay silencios que pesan. Y hay oraciones que se repiten durante años sin ver ningún cambio.


Rezar por la conversión de alguien que amás —un hijo, una hija, un padre, una madre, una pareja, un amigo— es una de las pruebas espirituales más profundas que existen. Porque no se trata de un deseo personal: se trata de un alma. De una historia. De una vida que parece alejarse cada vez más de Dios.


A veces todo parece igual.A veces parece que rezar no sirve.A veces parece que el cielo está cerrado.


Pero la historia de San Pablo grita exactamente lo contrario.









Cuando Dios interrumpe el camino

Antes de ser el apóstol incansable, Pablo se llamaba Saulo. No era un indiferente. No era un tibio. Era un perseguidor feroz de los cristianos. Creía estar haciendo lo correcto. Defendía su verdad con violencia.


Hasta que, camino a Damasco, una luz lo derribó del caballo. No fue una caricia. Fue un impacto. Una caída. Un quiebre. Una voz que atravesó su orgullo:

“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9,4)

En segundos, su mundo se vino abajo. Quedó ciego. Desorientado. Vulnerable. Tres días sin ver, sin comer, sin beber. Tres días de silencio absoluto. Pero en ese silencio, Dios estaba reconstruyendo su corazón.


Porque a veces, para sanar, primero hay que caer.


casa betania

El sitio donde nacen las conversiones imposibles

La conversión de Pablo no se selló en el camino, sino en un lugar preciso: la casa de San Ananías, en Damasco.


Allí, un simple discípulo, obedeciendo una voz interior, impuso sus manos sobre Saulo y pronunció palabras que siguen resonando en la historia:

“Hermano Saulo, el Señor Jesús me envía para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo” (Hechos 9,17).

En ese instante, Saulo volvió a ver. Pero no solo con los ojos. Vio con el alma.

Fue bautizado. Nació de nuevo. Y ese perseguidor se transformó en el mayor misionero del cristianismo.


Por eso, hoy ese lugar no es solo una casa antigua. Es territorio de milagros. Es suelo de conversiones imposibles. Es espacio sagrado para confiar lo que más duele.


Pedro Kriskovich

Rezar cuando no se ve nada

Hay oraciones que parecen caer en el vacío. Pasan los años. Nada cambia. Todo sigue igual. Y el corazón se cansa.


La historia de Lea, del equipo de la plataforma católica Hozana, lo confirma.

Durante años, su abuela rezó por ella. Todos los domingos. Sin falta. Con perseverancia heroica. Aunque Lea no creía. Aunque se mostraba indiferente. Aunque parecía inútil.

La abuela seguía. Cartas. Palabras. Oraciones. Silencio. Lágrimas. Lea no veía nada. Pero alguien veía por ella.


Hasta que un día, la fe volvió. La conversión llegó. Y después, le tocó a Lea rezar por alguien más: un amigo que hoy es su esposo.


La oración no se había perdido. Solo estaba esperando su momento.









Cuando amar es seguir esperando

Rezar por la conversión de alguien es uno de los actos de amor más grandes que existen. Porque implica esperar sin garantías. Confiar sin pruebas. Amar sin recibir.


Es creer que Dios trabaja incluso cuando todo parece quieto. Es sostener una esperanza que no se apoya en los resultados, sino en la fe.


Como Ananías. Como la abuela de Lea. Como tantos padres, madres, abuelos, esposas, esposos y amigos que siguen pronunciando un nombre en voz baja antes de dormir.



Llevar un nombre al lugar donde Dios cambia historias

Hoy, gracias a la plataforma Hozana, es posible enviar una intención para que sea llevada físicamente a la casa de San Ananías, en Damasco.


No es un gesto mágico. No es superstición. Es un acto de fe profunda. Es poner un nombre en el mismo sitio donde Dios transformó un perseguidor en apóstol.


Es decir: “Señor, si lo hiciste con Pablo, también podés hacerlo con él… con ella… con este corazón que amo”.



Porque Dios no deja ninguna oración sin respuesta

Tal vez hoy no veas nada.

Tal vez el silencio duela.

Tal vez el regreso parezca imposible.


Pero Dios nunca abandona una súplica nacida del amor. La fe no muere. A veces duerme. Y un día, como en Damasco, una luz cae del cielo, derriba el orgullo, sana la ceguera interior… y el milagro sucede.



La Casa Donde Dios Devuelve la Fe: El Lugar Donde Hoy Podés Pedir la Conversión de Quien Más Amás

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