EL SANTO GAUCHO QUE MURIÓ COMO UN LINYERA
- Canal Vida

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El Cura Brochero, ciego, leproso y pobre… pero más vivo que nunca.

Murió sin ver, sin oír y sin poseer nada. Murió enfermo, marginado, casi como un linyera del Evangelio. Murió rodeado de los mismos pobres a los que nunca quiso abandonar.
Así se fue José Gabriel Brochero (1840-1914), el Cura Gaucho, el santo argentino que eligió perderlo todo para no perder a su gente. Este 26 de enero, al cumplirse un nuevo aniversario de su partida a la Casa del Padre, su figura vuelve a incomodar, sacudir y fascinar a América Latina.
Porque Brochero no encaja. Nunca encajó.
UN SANTO QUE PODRÍA HABERLO TENIDO TODO… Y LO RECHAZÓ
Pocos recuerdan que Brochero nació en una familia acomodada. Tenía estudios, contactos, prestigio y futuro asegurado dentro de la Iglesia. Podía ser un sacerdote de sacristía, un canónigo respetado, un nombre importante en la Córdoba culta del siglo XIX.
Y lo fue… por un tiempo.
Pero cuando la peste azotó la ciudad, eligió lo que nadie quería: los enfermos, los moribundos, los cuerpos abandonados. Allí empezó su verdadero camino. No predicando desde el púlpito, sino tocando la miseria con las manos.
Ese gesto —que hoy llamaríamos imprudente— lo marcaría para siempre.

EL CURA QUE HABLABA MAL… A PROPÓSITO
Brochero entendió algo que muchos todavía no comprenden: si hablás como rico, no te escuchan los pobres.
Por eso se hizo gaucho entre gauchos. Tomaba mate, insultaba cuando hacía falta, usaba poncho y montaba mula. No para “hacerse el cercano”, sino porque ya no sabía vivir de otro modo.
Predicaba con palabras rústicas, imágenes fuertes, ejemplos directos. Para algunos, era escandaloso. Para su gente, era auténtico.
Decían que no parecía cura. Y justamente por eso, lo escuchaban.

EL SANTO DE LOS CAMINOS… Y DE LAS FRUSTRACIONES
Lo llaman el “Santo de los Caminos”, pero casi nadie cuenta su gran fracaso: el tren que nunca llegó. Brochero luchó años para que el ferrocarril uniera Traslasierra con el resto del país. Golpeó puertas, pidió favores, usó contactos políticos. Soñaba con sacar a su pueblo del aislamiento.
No lo logró.
Murió sin ver ese sueño cumplido. Décadas después, la región floreció. Pero él no lo vio. Como tantos santos, sembró para otros.
LA LEPRA: EL PRECIO DE ABRAZAR A LOS NADIE
Brochero no se contagió por casualidad. Se contagió por abrazar.
Visitaba a un leproso abandonado. Lo tocaba. Lo acompañaba. Lo trataba como persona cuando ya nadie lo hacía. La lepra avanzó lentamente: primero el cuerpo, luego la vista, después el oído.
Al final, quedó casi aislado del mundo. Pero nunca de su gente.

MORIR COMO VIVIÓ: SIN NADA, ENTRE LOS SUYOS
El hombre que fue influyente, respetado y escuchado, murió pobre. Sin honores. Sin poder. Sin salud.
Murió en Villa del Tránsito —hoy Villa Cura Brochero— ciego, leproso y humilde, sostenido por quienes lo amaban. El pueblo no solo lloró su muerte: lo sintió presente. Tanto, que dos años después le puso su nombre al pueblo.
No era marketing. Era fe popular.

UN SANTO INCÓMODO PARA UNA IGLESIA CÓMODA
Brochero sigue molestando porque no es prolijo. No es de vitrina. No es silencioso.
Es el santo que recuerda que el Evangelio no se huele a incienso, sino a oveja. Que la santidad no siempre es limpia. Que a veces enferma, cansa y duele.
Por eso sigue vivo. Por eso América Latina lo entiende. Y por eso, cada 26 de enero, vuelve a preguntar sin decirlo: ¿Hasta dónde estás dispuesto a ensuciarte por amor?
EL SANTO GAUCHO QUE MURIÓ COMO UN LINYERA
EL SANTO GAUCHO QUE MURIÓ COMO UN LINYERA









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