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EL PAPA QUE CLAMÓ DESDE EL PURGATORIO: EL GRITO QUE HELÓ A UNA SANTA

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 48 minutos
  • 2 Min. de lectura
El Papa más poderoso de la Edad Media apareció después de muerto… pero no desde el cielo, sino desde el Purgatorio. Su súplica desesperada a una santa heló a toda Europa. ¿Qué dijo? ¿Por qué pidió ayuda? La historia impacta.
Papa
Un Papa atrapado entre las llamas del Purgatorio levanta la mano en un grito silencioso de auxilio. Según la tradición, Inocencio III habría implorado oraciones para escapar de un castigo que —dijo— podía durar siglos.

El rumor sacudió a los monasterios de Europa como un trueno imposible de ignorar: un Papa había pedido ayuda desde el Purgatorio. Y no cualquier Papa. Era Inocencio III, uno de los pontífices más poderosos e influyentes de la Edad Media, el hombre que aprobó a san Francisco de Asís, que convocó el Cuarto Concilio de Letrán y que moldeó el destino espiritual de la cristiandad. Pero ni su grandeza, ni su fama, ni sus glorias lo libraron de una verdad que estremeció a todos: al morir, no entró al cielo. Cayó al fuego purificador.


La protagonista de esta historia sobrenatural es santa Lutgardis de Aywières, una de las místicas más impresionantes del siglo XIII. Mujer de visiones, levitaciones y milagros que ponían en vilo a las autoridades de su tiempo. Una tarde, mientras rezaba en el silencio del monasterio belga, la figura del Papa fallecido se materializó ante ella… y le habló.

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Según los testimonios transmitidos por su comunidad, Inocencio III apareció con el rostro marcado por el sufrimiento y le dijo con una voz que parecía venir de un abismo ardiente:

“¡Ay! Es terrible… y durará siglos si no acudes en mi ayuda. En nombre de María… ¡ayúdame!”.


El Papa le confesó que estaba en el Purgatorio por tres faltas graves de su pontificado. No pidió indulgencias, ni monumentos, ni excusas: pidió oraciones. Un pontífice que había gobernado al mundo cristiano entero ahora dependía, humildemente, de una religiosa escondida en un monasterio.


Lutgardis, estremecida, reunió a sus hermanas y se puso en oración inmediata. No podía permitir que el alma del Papa se consumiera “durante siglos”.


La Iglesia nunca olvidó este episodio: una advertencia viva, un llamado urgente.

Porque si un Papa pidió auxilio desde el Purgatorio, ¿cuánto más debemos rezar por todas las almas que esperan ser liberadas?


“Dales, Señor, el descanso eterno… y brille para ellos la luz perpetua”.




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