¡El Papa apareció sin aviso en San Pedro… y de civil!
- Canal Vida

- 10 abr
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Francisco conmovió al mundo al presentarse en silla de ruedas, con manta y oxígeno, para rezar ante San Pío X. Más tarde, se reunió en privado con el Rey Carlos III y Camilla.

Eran las 12.50 del mediodía en la basílica de San Pedro cuando los gritos rompieron el murmullo:“¡Es el Papa! ¡Es el Papa!”. Francisco, aún convaleciente, apareció de sorpresa, sin mitra ni capa, envuelto en un poncho, empujado en silla de ruedas por su asistente médico.
No hubo anuncios, ni cámaras oficiales. Solo el silencio de la oración y el temblor de quienes, sin esperarlo, vieron de cerca al Obispo de Roma, sin sotana ni protocolos, pero con el corazón de un pastor humilde que tiene el corazón lleno de amor.

ORACIÓN Y CONTEMPLACIÓN
El Santo Padre fue directo a la tumba de san Pío X, el Papa de la Eucaristía, a quien venera profundamente. Allí permaneció diez minutos en silencio, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada. No dijo una palabra. No hizo un discurso. Pero bendijo con la mirada. Y con su sola presencia, predicó.

AMOR DE LOS FIELES
Un centenar de fieles, turistas y obreros de restauración se acercaron. Algunos lloraron sin consuelo. Otros se arrodillaron sin saber qué decir. “Nos bendijo con los ojos. Y eso bastó”, dijo entre lágrimas una peregrina.
El Papa se mostró de civil, sencillo, casi vulnerable, pero transmitió una fuerza que conmovió incluso a los gendarmes. Al regresar a Casa Santa Marta, no hizo declaraciones. Solo dejó una estela de fe y ternura. Pero no terminó allí.

ENCUENTRO CON LA REALIZA
Horas más tarde, el Pontífice recibió en privado al rey Carlos III y a la reina Camilla, en su aniversario de bodas. El encuentro fue cálido y espiritual. El Papa les deseó salud y esperanza, mientras el rey —también en tratamiento médico— expresó su gratitud y admiración por Francisco.
En un día sin discursos, el Papa habló con su cuerpo enfermo y su alma encendida. Francisco no necesita multitudes para predicar. Hoy, en diez minutos de silencio, sacudió más corazones que mil sermones.









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