El Obispo que Siguió Predicando con un Ojo Arrancado y un Pie Quemado
- Canal Vida

- 5 may
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Lo torturaron hasta dejarlo lisiado, lo arrojaron a las minas como un criminal, le arrancaron un ojo y le quemaron un pie con hierro candente. Pero ni el dolor ni la persecución lograron silenciar a san Máximo de Jerusalén, un testigo heroico del Evangelio que, después de sobrevivir al infierno, volvió para ser obispo y consolar a su pueblo. Esta es su historia.

En un mundo convulsionado por las persecuciones romanas, Jerusalén era una ciudad marcada por la tensión entre la fe naciente y el poder imperial. Fue en ese contexto que surgió Máximo, un cristiano entregado a la predicación, al servicio de los mártires y al consuelo de los perseguidos. No era un hombre poderoso ni buscaba prestigio. Su fuerza estaba en la oración y en la fidelidad.
Su milagro fue no odiar, no rendirse, y seguir sirviendo. Fue el pastor que no huyó del dolor.
Su historia no comenzó con un milagro, sino con una tragedia. Durante la persecución del emperador Maximino Daya, Máximo fue arrestado junto con muchos otros cristianos por negarse a rendir culto a los dioses paganos. Lo golpearon, lo interrogaron, y cuando no renegó de su fe, comenzaron la tortura.

EL TORMENTO: SANGRE, FUEGO Y CADENAS
Los testimonios de la época relatan que a Máximo le arrancaron un ojo con instrumentos de hierro, y le quemaron un pie con hierros candentes. Le destrozaron el cuerpo pero no pudieron quebrar su alma. Le preguntaban una y otra vez si renegaba de Cristo, y su respuesta era siempre la misma: "Mi vida es de Él. Hagan lo que quieran con mi cuerpo".
Luego de la tortura, lo enviaron a trabajos forzados en las minas, junto a otros confesores de la fe. Allí, en lo profundo de la tierra, sin luz ni aire puro, los cristianos cantaban salmos y compartían la Eucaristía con migajas de pan escondidas. Era la Iglesia oculta, herida, pero viva.

LA LIBERTAD INESPERADA
Contra todo pronóstico, Máximo sobrevivió. El clima político cambió con la llegada de Constantino, y muchos cristianos fueron liberados de las minas.
Su cuerpo estaba destruido, pero su fe había crecido como una roca. Al regresar a Jerusalén, fue recibido con honor por la comunidad, que lo reconoció como un verdadero mártir.
El pueblo lo amaba. No porque hablara fuerte ni hiciera milagros, sino porque era la prueba viva de que la gracia de Dios puede sostener hasta en el infierno. Por eso, cuando hubo que elegir un nuevo obispo, todos miraron hacia él.
OBISPO LISIADO, PASTOR ENTERO
Designado como obispo de Jerusalén alrededor del año 335, san Máximo asumió el cargo con humildad. Caminaba con dificultad, pero su presencia en las celebraciones era conmovedora. La Iglesia necesitaba reconstruirse después de las persecuciones, y él era la persona justa para liderar ese tiempo.
Durante su episcopado, fue parte de importantes debates teológicos. Se opuso con firmeza a las herejías de su tiempo, especialmente al arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo.
Fue amigo y colaborador de grandes figuras como san Atanasio y san Gregorio de Nisa.
Aunque no escribió libros ni grandes tratados, su testimonio silencioso era su mejor predicación. Cuando hablaba del sufrimiento, todos sabían que hablaba desde las cicatrices.

UNA VIDA SEMBRADA EN DOLOR, UNA IGLESIA COSECHADA EN SANTIDAD
San Máximo no fue un santo de leyenda, sino de carne herida. Su historia no está adornada con visiones celestiales ni milagros espectaculares. Su prodigio fue no odiar, no rendirse, y seguir sirviendo. Fue el pastor que no huyó del dolor.
Muró alrededor del año 350, luego de una vida entregada a la Iglesia, al sufrimiento redentor y al anuncio valiente del Evangelio.

POR QUÉ CONMUEVE HOY
En una época en que se valoran la imagen, el éxito y la salud perfecta, san Máximo es un escándalo. Un santo con el cuerpo roto pero el corazón ardiendo. Un testigo de que el dolor no destruye la fe, sino que puede purificarla.
Su figura nos recuerda que la Iglesia no está hecha de perfectos, sino de heridos que siguen caminando. Que hay obispos santos que no buscaron poder, sino que aceptaron la cruz con dignidad. Que la gloria del cristiano no está en evitar el sufrimiento, sino en abrazarlo por amor a Cristo.
San Máximo sigue predicando, con su silencio, con su ojo vacío y su pie quemado. Y nos mira, desde la eternidad, como quien supo que perder el cuerpo no es perder la vida.

LEGADO
La memoria de san Máximo está viva en la Iglesia oriental, que lo venera como confesor de la fe. Su ejemplo inspira a quienes sufren persecución religiosa, enfermedad o discapacidad. Es patrono espiritual de los que son descartados por el sistema, de los que sobreviven a la violencia y no pierden la esperanza.
Su testimonio desafía a una fe cómoda. Nos obliga a preguntarnos: ¿predicaría yo con la mitad de su dolor? ¿Permanecería fiel si me arrancaran el futuro, la salud, la vista?
San Máximo no tiene santuarios imponentes ni peregrinaciones masivas. Pero tiene algo más fuerte: una historia real, dura y santa, que merece ser contada. Y hoy, en Canal Vida, la contamos.










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