EL ARMA INVISIBLE CONTRA EL MAL: EL PODER DE REZAR EL ROSARIO Y PERSIGNARSE FRENTE A UNA IGLESIA
- Canal Vida

- 6 oct
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El gesto que muchos olvidan y la oración que pocos practican pueden cambiar el rumbo de un alma… y del mundo.

En un tiempo donde el ruido, la prisa y el ego parecen dominarlo todo, dos gestos simples resurgen como escudos espirituales olvidados: rezar el Santo Rosario y persignarse frente a una iglesia.
No son costumbres antiguas ni supersticiones, sino actos de poder espiritual real, capaces —según los santos y los sacerdotes— de romper el pecado, espantar al enemigo y traer paz al alma.
Desde San Antero, Colombia, el sacerdote Melson Correa se volvió viral al recordar que el Rosario “no es un adorno para el auto ni una cadena para el cuello”, sino el arma más poderosa después de la Misa. “Cada Avemaría es una gota de agua que rompe el pecado. Cada Rosario rezado cambia una vida, una familia y hasta el rumbo del mundo”, afirmó el sacerdote en un mensaje que ya conmovió a miles de fieles.
CUANDO UN ROSARIO DETIENE UNA GUERRA
Durante siglos, santos, místicos y creyentes comunes contaron milagros atribuidos al rezo del Rosario. Familias reconciliadas, adicciones vencidas, ciudades protegidas, almas convertidas San Juan María Vianney, el Cura de Ars, llegó a decir: “Con esta arma le he quitado muchas almas al diablo”.
San Pío X lo llamó “la oración más bella y rica en gracias”, y san Luis María Grignion de Montfort aseguró que fue dada por el Cielo para convertir a los pecadores más duros y a los herejes más obstinados.
¿Y por qué tanto poder en una oración tan simple? Porque cada misterio es una contemplación profunda de la vida de Jesús a través de los ojos de María. Rezar el Rosario —explica el padre Correa— es entrar en la escuela de la Madre, aprender su silencio, su paciencia y su fortaleza.
“Cuando rezás el Rosario —dice el sacerdote— María te toma de la mano y te enseña a mirar el mundo con los ojos del cielo”.

PERSIGNARSE: EL SALUDO AL REY INVISIBLE
Pero hay otro gesto que muchos olvidaron: persignarse al pasar frente a una iglesia. Ese movimiento rápido, casi automático, encierra un significado celestial. “No es un gesto vacío —aclara el padre Melson—. Es una señal de respeto ante la presencia viva de Cristo en el Sagrario”.
Al hacer la señal de la cruz, el cristiano saluda al Señor que está realmente allí, esperándolo en silencio. Es un acto pequeño, pero cada vez que lo haces con el corazón, te conectás con el cielo. “No saludás a un edificio, sino al Señor mismo, al Rey de Reyes, que está esperándote dentro del templo”, aseguró el sacerdote.
Cada persignación, como cada Avemaría, es una chispa de luz en medio de la oscuridad. Un recordatorio de que, aun en medio del tránsito, el cansancio o la rutina, Dios sigue ahí, esperándonos.
DOS ARMAS, UNA MISMA BATALLA
El Rosario y la señal de la cruz son, en realidad, dos movimientos del alma hacia lo sagrado. Uno es oración; el otro, reconocimiento. Ambos son escudos invisibles que los santos usaron con valentía.
“¿Cuántas batallas se ganaron con el Rosario? ¿Cuántas almas se salvaron por una simple señal de la cruz?”, se pregunta el padre Correa. Y la respuesta resuena en el silencio de millones de fieles que todavía llevan su Rosario en el bolsillo… pero ahora lo vuelven a tomar en la mano.
Porque en un mundo donde el mal se disfraza de indiferencia, cada Avemaría pronunciada es un golpe de amor contra el odio. Y cada vez que un cristiano se persigna ante una iglesia, el cielo se abre un poco más.
UNA LLAMADA DEL CIELO
El llamado está hecho: Dejar el Rosario empolvado, dejar de pasar de largo. Volver a mirar al cielo con el corazón. Rezar con la Virgen. Saludar al Señor al pasar.
Quizás el milagro que el mundo espera no llegue desde los altares, sino desde las manos calladas de quienes rezan en la calle, en el colectivo o frente a una iglesia cerrada. “El Rosario —dice el sacerdote— no solo nos acerca a María. Nos acerca a Jesús”.
Y cada vez que hacemos la señal de la cruz, el alma entera repite sin palabras: “Creo en Ti. Te reconozco. Te espero”.
Así, entre cuentas y gestos, el cristiano libra la batalla más silenciosa y más poderosa del mundo: la del amor que no se rinde.









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