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CUANDO EL MUNDO GRITA, ELLOS ENCIENDEN LUZ: LOS CONSAGRADOS, FUENTES DE PAZ EN TIEMPOS DE OSCURIDAD

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • hace 2 horas
  • 4 Min. de lectura
Mientras el mundo grita y se divide, hay hombres y mujeres que siguen sembrando paz en silencio. En la Jornada de la Vida Consagrada, el Papa recordó que los consagrados no huyen del caos: permanecen como signo de esperanza.
Miles de consagrados reunidos ante el altar mayor en la Basílica de San Pedro: una Iglesia que ora, permanece y sostiene al mundo cuando la paz parece ausente.
Miles de consagrados reunidos ante el altar mayor en la Basílica de San Pedro: una Iglesia que ora, permanece y sostiene al mundo cuando la paz parece ausente.

No levantan la voz. No ocupan titulares. No marchan con pancartas. Y, sin embargo, allí donde el mundo se quiebra, ellos permanecen.


En la solemnidad de la Presentación del Señor y en la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, León XIV pronunció una homilía que pasó desapercibida para muchos, pero que encierra una verdad incómoda para nuestro tiempo: los consagrados son hoy fuentes silenciosas de paz en medio del ruido, la violencia y la confusión.


La escena evangélica es sencilla y, por eso mismo, desconcertante. Un bebé entra al Templo. No hay anuncios. No hay milagros visibles. No hay aplausos. Solo dos ancianos —Simeón y Ana— capaces de reconocer lo que nadie más ve. Allí, en ese gesto humilde, Dios se deja encontrar sin imponer su presencia. Y en esa escena, dijo el Papa, se refleja la misión profunda de la vida consagrada.









Dios no irrumpe: se ofrece

Jesús es presentado como hijo de una familia pobre. No conquista el Templo: se somete a la Ley. No exige atención: espera ser reconocido. El Santo Padre fue claro: la salvación de Dios no es coercitiva, sino desarmadamente gratuita. Y esa lógica —la de una fuerza que no violenta— es la que los consagrados están llamados a encarnar hoy.


En un mundo que confunde poder con imposición y éxito con visibilidad, los hombres y mujeres consagrados recuerdan que la verdadera transformación nace del silencio, la oración y el don total de la vida.


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Profetas que despiertan al mundo

Retomando palabras del Papa Francisco, León XIV pidió a los consagrados que no dejen de ser profetas. No profetas de desgracias, sino mensajeros de una Presencia. Personas que anuncian que Dios no se retiró de la historia, aunque muchos lo crean ausente.


Como Simeón y Ana, ellos esperan. Y esperan activamente: consumiendo su vida en la caridad, arraigados en la oración, dispuestos a “vaciarse” para que otros encuentren sentido.


Por eso los comparó con braseros y vasijas: instrumentos humildes a través de los cuales Dios sigue purificando corazones. No desde discursos, sino desde la existencia entregada.









Donde nadie quiere estar, ellos permanecen

Hay una imagen poderosa que atravesó la homilía: la de los consagrados que no huyen, incluso cuando el contexto se vuelve hostil. Permanecen en barrios olvidados, en hospitales saturados, en cárceles, en escuelas pobres, en zonas de guerra.


Allí donde resuenan las armas, su sola presencia proclama que la vida sigue siendo sagrada.


El Papa habló de verdaderos “cuarteles de Evangelio”: comunidades que, despojadas de todo, se convierten en signo vivo de que el ser humano no pierde su dignidad ni siquiera en la miseria más extrema. No son héroes épicos. Son testigos incómodos. Y por eso, muchas veces, signos de contradicción.


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La paz nace del desapego

Uno de los momentos más hondos de la homilía fue cuando León XIV se detuvo en el “Nunc dimittis” de Simeón: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz». Para el Papa, esa oración revela el secreto de la vida consagrada: quien vio la salvación, ya no vive prisionero del miedo.


Los consagrados enseñan, con su vida, que es posible cuidar el mundo sin absolutizarlo. Amar lo terreno sin perder la mirada en lo eterno. Vivir libres incluso ante la muerte. Y esa libertad —afirmó— es una semilla de paz en una humanidad dominada por el temor.



Fermento de paz para un mundo herido

León XIV no idealizó la vida consagrada. La presentó como una existencia exigente, a contracorriente, marcada por renuncias reales. Pero también como una profecía necesaria: la de un amor que no calcula, una entrega que no se negocia, una esperanza que no se apaga.


En tiempos de guerra, odio y fragmentación, los consagrados muestran —sin discursos— que el perdón es posible, que la fraternidad no es una utopía y que la paz comienza en el corazón que se deja habitar por Dios.


Por eso, al final de la celebración, el Papa fue directo: la Iglesia necesita a los consagrados como fermento de paz y signo de esperanza. No mañana. Hoy.


Mientras el mundo grita, ellos encienden una luz. Mientras muchos corren, ellos esperan.Mientras todo parece romperse, ellos siguen ofreciendo su vida… en silencio.

Y quizá, como en el Templo de Jerusalén, solo quienes saben esperar logren reconocerlo.

CUANDO EL MUNDO GRITA, ELLOS ENCIENDEN LUZ: LOS CONSAGRADOS, FUENTES DE PAZ EN TIEMPOS DE OSCURIDAD

CUANDO EL MUNDO GRITA, ELLOS ENCIENDEN LUZ: LOS CONSAGRADOS, FUENTES DE PAZ EN TIEMPOS DE OSCURIDAD

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