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Ser testigos de la verdad y defenderla

"No podemos ser tibios, o vivimos o no la fe", asegura el padre Rafael de Tomás Ferrer en su reflexión del Evangelio de Hoy (Mc. 6, 17-29).
 

En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.


"Mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre."

El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.


Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.


La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré».


Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».


Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?».


La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista».


Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».


El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.


Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.





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