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Renunciar a la Cultura de la Muerte: El Grito del Papa que Sacudió a los Fieles

  • Foto del escritor: Canal Vida
    Canal Vida
  • 30 jul
  • 3 Min. de lectura
El Papa León XIV lanzó un mensaje que incomodó y conmovió: renunciar a la “cultura de la muerte” es urgente. Frente a cientos de jóvenes, pidió una fe auténtica, viva y encarnada. Un discurso que puede cambiarte la vida.
León XIV
Ante ochocientos neófitos y catecúmenos franceses, León XIV exhorta a vivir la fe con radicalidad y entrega, destacando que el bautismo no es una etiqueta, sino un llamado a ser luz del mundo. (Fotografía: Vatican Media)

León XIV acaba de encender una llama que muchos querían apagar. Frente a 800 neófitos y catecúmenos franceses, en plena Aula de la Bendición del Vaticano, lanzó ayer una advertencia que resonó como un trueno: “¡No se conformen con una fe de comodidad! ¡Renuncien a la cultura de la muerte!”. No fue un discurso. Fue un grito del alma. Un llamado urgente, incómodo, necesario.



¿QUÉ ES ESA "CULTURA DE LA MUERTE"?

El Pontífice no dudó en nombrarla con claridad profética: la indiferencia, el desprecio por el otro, las drogas, la banalización del sexo, la cosificación del cuerpo humano, la búsqueda de una vida fácil, la injusticia como norma. “Nos convertimos en cristianos auténticos solo cuando nos dejamos tocar por la gracia de Dios, en lo cotidiano, en lo difícil, en lo incómodo”, advirtió con voz firme.

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EL BAUTISMO ES EL COMIENZO

La audiencia no fue cualquier evento. Estos 800 jóvenes y adultos, peregrinos jubilares, se acercaron al Santo Padre en busca de consuelo y orientación. Recibieron mucho más: una revolución interior.


El sucesor de Pedro les recordó que el camino de la fe no termina con el bautismo. Que es solo el comienzo. “Si el Evangelio no transforma tu vida, entonces es solo una etiqueta”, les dijo. Y esa frase se clavó como una espada.


“No nacemos cristianos: nos convertimos en cristianos cuando la gracia de Dios nos toca y cambia”, insistió. Pero esa gracia —aclaró— no se recibe por costumbre ni por tradición familiar, sino por una decisión personal. Porque ser cristiano hoy no es moda: es resistencia. Es nadar contra la corriente de una sociedad que se anestesió con placeres vacíos y olvidó la belleza de amar, servir y sacrificarse.


León XIV
El Papa León XIV saluda personalmente a jóvenes catecúmenos franceses en la Sala de la Bendición del Vaticano, durante una audiencia marcada por el llamado a renunciar a la “cultura de la muerte” y abrazar una fe auténtica. (Fotografía: Vatican Media)
JESÚS SANA

El vicario de Cristo no habló solo de valores. Habló del alma. Del combate espiritual. “Cristo es el médico de tus heridas. La justicia que te restaura. La esperanza que te sostiene”, proclamó. Les pidió no vivir una fe teórica, sino encarnada: que se confiesen, que oren, que vuelvan a la Eucaristía, que perdonen, que se unan a comunidades vivas. Les pidió, en pocas palabras, ser la sal de la tierra. Luz del mundo. Testigos que brillan.


Citando a san Ambrosio —“Todo para nosotros es Cristo”—, el Papa volvió a lo esencial. “No se trata de saber mucho. Se trata de amar mucho”, insistió. Y ese amor solo se vuelve creíble cuando se vive, no cuando se predica. Por eso les pidió que su cristianismo no fuera de “etiqueta”, sino de testimonio.

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COMBATIR LA CULTURA DE LA MUERTE

La cultura de la muerte está viva. Y no es un fantasma. Se disfraza de indiferencia, de comodidad, de distracción. León XIV no la combatió con palabras suaves. La desenmascaró. Y pidió a estos jóvenes que fueran antorchas, no espectadores. Guerreros de la luz en una era de sombras.


“Cristo no vino a darnos una vida fácil. Vino a darnos vida verdadera”, dijo cerrando la audiencia. Y mientras muchos aplaudían, otros lloraban. Porque entendieron que no era solo un mensaje para los nuevos cristianos. Era un llamado urgente para todos.


Renunciar a la cultura de la muerte no es dejar de lado la alegría. Es elegir la verdadera. Esa que nace del amor, del perdón, del compromiso. De la Cruz que no aplasta, sino que salva.


León XIV no predicó solo un cambio. Predicó una conversión. Y su voz —su grito— sigue resonando, en cada alma que se atreva a vivir el Evangelio con el corazón ardiendo.



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